Soledad Platero
UNA MUJER RUBIA de aspecto delicado parece dormir. La cabeza, cubierta por una boina, descansa sobre el brazo derecho. Todo el cuerpo, recogido y flojo, se recuesta sobre un mojón en el que se lee P.C. La mujer calza zapatillas chatas y está vestida con algo que parece un uniforme de milicia.
Lo que acabamos de describir es la ilustración de tapa de este libro: una fotografía firmada por Robert Capa y tomada durante la guerra civil española. La modelo, por supuesto, es Gerda Taro. Y aunque la imagen sugiere el cansancio de una miliciana agotada por el combate, un análisis cuidadoso deja en evidencia que se trata de un posado, es decir, de una actuación para la cámara.
Ni la modelo era una miliciana -aunque haya estado en varios frentes y haya muerto durante una acción bélica-, ni se quedó dormida en el camino, ni vestía uniforme. Las letras mal pintadas en el mojón no significan "Partido Comunista", sino que señalan el límite de un partido comunal.
La creencia en la verdad absoluta de lo mostrado en imágenes fotográficas ha venido perdiendo fuerza desde hace décadas. Pero las cosas eran muy distintas en los años `30 y `40. Los avances técnicos de la fotografía, que permitieron la toma de instantáneas y el transporte de equipos livianos hasta el sitio mismo de la acción, habían creado la idea de que la imagen capturada por la cámara reproducía lo real puro, sin mediación y sin relato.
Una nueva forma de registro tuvo su momento de oro en esos años del siglo XX, tan ricos en guerras como en reporteros dispuestos a documentarlas: el fotoperiodismo. Y las estrellas más brillantes de ese cielo fueron Henri Cartier-Bresson, David Seymour (conocido como Chim), Jacob Riis, George Rodger, Maria Eisner y un misterioso norteamericano que se hacía llamar Robert Capa.
UN REPORTERO, DOS FOTÓGRAFOS. Robert Capa fue el nombre inventado por la alemana Gerda Pohorylle (Stuttgart, 1910) para que su compañero, el húngaro André Friedmann, pudiese cobrar más por las fotografías de guerra que vendía a la prensa y a las agencias europeas. Al principio André y ella firmaban con el nombre de Capa los trabajos realizados por cualquiera de los dos, indistintamente. Con el tiempo, ese nombre quedaría asociado para siempre a Friedmann, y Gerda inventaría uno para sus propios trabajos: Gerda Taro.
La historia de Gerda Taro, fotógrafa destacada que murió en el frente de Brunete, en España, en 1937, permaneció durante muchos años opacada por la de su pareja, Robert Capa, fundador de la prestigiosa agencia Magnum Photos y muerto en Vietnam en 1954, cuando cubría la guerra de Indochina.
Gerda Taro no tuvo una larga vida. Nació como personaje muy poco antes de morir en la vida real, pero su encanto y su vivacidad, además del coraje y el empeño profesional puestos en el cumplimiento de su tarea, le aseguraron un sitio preferencial en la imaginación romántica de los reconstructores de historias personales. No hay muchos datos firmes sobre su vida, pero abundan los testimonios y los recuerdos de personas que dicen haberla conocido, y hay también un volumen nada despreciable de elucubraciones acerca de su carácter, sus convicciones, su compromiso político y su talento natural.
Y es precisamente una elucubración -que hasta se permite jugar con la fantasía- este trabajo de Francois Maspero publicado en 2006 por Éditions du Seuil y ahora traducido al español.
Maspero confiesa haberse sentido atraído por la figura de Taro cuando leyó una biografía de Capa escrita por Richard Whelan. Nunca antes había oído hablar de ella, pero la borrosa figura que emergía del texto de Whelan se superpuso inmediatamente a la de Mary Kendale, un personaje creado por él mismo para la novela Le Figuier, de 1988.
ÍCONOS DE LIBERTAD. Hay que decir que Maspero se las arregla con poco para juntar estas cien páginas. Dos o tres anécdotas, unos cuantos testimonios, un puñado de fotos y la fuerte voluntad de plasmar en relato la figura de una heroína de la libertad, la alegría y la femineidad.
Al primer capítulo, de plena ficción, le sigue uno de reconstrucción biográfica de los personajes. Claro que no aporta más que los pocos datos que pueden conseguirse en cualquier resumen disponible en Internet, pero con ellos arma con relativa eficacia el escenario en el que, probablemente, Gerda Pohorylle y André Friedmann se conocieron y se transformaron en Robert Capa, fotógrafo de guerra.
Un escenario cercano al cliché -en una París llena de cafés literarios, exiliados de todos los orígenes, intelectuales unidos contra el fascismo y nombres propios de enorme prestigio- pero no por eso mentiroso o exagerado. Ya se sabe que, en esos días, París era una fiesta.
El tercer capítulo es, podría decirse, la tesis. En él, Maspero intenta explicarse por qué razón la pequeña y vivaz Gerda Taro, la adorable rubia amante de Robert Capa, fue considerada "miembro activo del partido comunista alemán", velada en un funeral solemne lleno de banderas rojas, reivindicada como camarada por los comunistas franceses, reconocida como uno de los héroes del partido en un monumento en Leipzig y alcanzada, luego de su muerte, por la caza de brujas desatada por el macartismo en los Estados Unidos durante la posguerra.
Maspero atribuye a los comunistas la necesidad de contar con una Juana de Arco del proletariado, y a sus colegas fotógrafos exiliados en América la elección de Taro como chivo expiatorio para salvar sus propias cabezas cuando la persecución desatada por McCarthy. A todos les convenía ubicar a Taro entre los comunistas, porque estaba muerta y no podía presentar sus descargos.
Pero para Maspero, la verdad es muy distinta. Él cree que Gerda Taro era, lisa y llanamente, una amante de la libertad. Libre como mujer en un mundo de hombres; libre de cuerpo, como una naturfreunde; libre de pensamiento, lo que la colocaría muy lejos de la disciplina partidaria. Es curiosa la base que da sustento a este encantador razonamiento: "Su llegada a la prisión nazi vestida para ir a bailar constituye ya todo un manifiesto político, con un mensaje mucho más claro que el que contenían los folletos. Era su forma de decirle al mundo que no se dejaría limitar por una sociedad en la que, en una conjunción monstruosa, la alegría estuviese sometida a la fuerza" .
Este es un libro raro. Es un objeto bello, en papel rústico, que incluye fotografías de excelente calidad firmadas por Capa, por Taro y por Fred Stein. Está escrito por el hombre que fundó las revistas Partisans y L`Alternative y que publicó, como editor, a Frantz Fanon, Paul Nizan, Régis Debray y Ernesto Che Guevara, entre otros. Sin embargo, tiene algo de incompleto, de mero capricho, de retrato insustancial. Y aunque parezca increíble en un volumen con tantas marcas convencionales de calidad, la traducción es pésima, y la corrección, inexistente. Baste mencionar horrores como "gravó" (del verbo grabar), "a parte" (por aparte), "más mayor" y "que se suponen que rigen".
GERDA TARO, LA SOMBRA DE UNA FOTÓGRAFA, de Francois Maspero. La Fábrica Editorial, 2010. Madrid, 117 págs. Distribuye Océano.