Lo uno y lo otro

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Daniel Mella

EL NARRADOR de Los Infinitos, esa voz que habla desde el vacío, es Hermes, hijo del viejo Zeus y Maya la cavernícola, también conocido como Argifonte, el que clarea el cielo, y Logios, el de palabras dulces. Es, por supuesto, omnisciente, aunque en cierto momento nos confiesa que no todo el tiempo y aprovecha para escatimarnos una escena. Hermes presencia el drama que se desarrolla en una casa específica durante todo un día. El estado terminal del anciano patriarca Adam Godley ha hecho gravitar una serie de personajes en torno suyo, entre los que se cuentan su hijo Adam con su esposa Helen, la hija Petra, un tal Roddy Wagstaff y un gordo que en realidad es el dios Pan pero se hace llamar Benny Grace. Y Zeus, que está caliente con Helen y requiere la ayuda de su hijo, nuestro guía, para llegar a ella.

MORTALES E INMORTALES. En Los Infinitos conviven dioses y humanos, padres e hijos, la muerte y el alumbramiento. Es una meditación acerca del lugar en que estas cosas confluyen y de cómo cada una tiende continuamente a la otra. El que narra es una deidad, un guardián de misterios. Describe las acciones, las emociones, los recuerdos y los pensamientos de las personas que por momentos son utilizadas como peones en un juego, con una minucia que se acerca a la digresión y que ayuda a que los hilos de la trama nunca queden del todo claros para el lector.

John Banville (Irlanda, 1945) pone en práctica mecanismos de suspenso, pero en ningún momento somos capaces de predecir qué va a suceder ni de querer que algo particular suceda, en parte porque las posibildades -las leyes- de ese mundo son una incógnita para el lector, igual que la relevancia de los asuntos de cada uno de los implicados en esta delirante puesta en escena.

Banville es ingenioso en la mejor tradición anglosajona del término (al punto que uno se pregunta cuánto pudo haberse perdido en la traducción). Es un virtuoso en el armado de la frase, y la levedad del estilo con que narra esta historia nos coloca a igual distancia de los personajes que la que Hermes guarda con los humanos. Es una distancia abismal.

Puede que Hermes haya tenido algo que ver en la decisión de Banville de escribir de un modo tan abstracto. Hermes anhela ser humano, pero no sabe lo que es serlo. Sólo sabe lo que es no poder morir. No comprende el placer que puede traer una fragancia, por ejemplo, y no es capaz de captarlo ni de evocarlo en nosotros. Las frases muchas veces son largas y fluyen divinamente: Hermes no respira, no acompasa sus palabras a otra cosa que no sea el vacío. Y este dios es más humano de lo que sospecha al intentar encubrir su perfecta ignorancia del tema que lo ocupa con un hilado de palabras preciosas, biensonantes. Son hipnóticas, deparan un placer uniforme y muchas veces el lector las percibe como una trampa. Por más que las palabras traten de describir un sentimiento, ese sentimiento no está ahí. Lo que hay es un intento siempre fallido de capturarlo, un resbalar por la superficie sin poder penetrarla, y la constante vibración de ese anhelo florece en la belleza helada de la escritura.

SIN AMOR. No hay lo que se dice amor en la novela. En la página 42, Hermes diserta sobre aquello que nos hace lo que somos: "En una imaginación deficiente está el secreto de la supervivencia. La incapacidad de los mortales para imaginar las cosas tal como son en realidad es lo que les permite vivir, ya que en un momentáneo vistazo sin reservas al carácter total y absoluto del sufrimiento del mundo los aniquilaría en el acto, como una vaharada de la más mortífera emanación de alcantarilla. Nosotros tenemos estómagos más resistentes, pulmones más robustos, siempre lo vemos todo en su más horroroso aspecto sin amilanarnos; esa es la diferencia; eso es lo que nos hace dioses".

Aunque el texto no haga mención alguna al amor, el amor es su tema. Es verdad que el Hermes de esta novela es una conciencia más amplia que la del resto de los personajes. Ve más cosas, pero no ve más profundo. Del mismo modo que los humanos perciben parcialmente y eso es lo que les permite sobrevivir, de a poco se nos va haciendo evidente que los dioses de este libro sufren la misma limitación, que no es otra cosa que la incapacidad de mirar con actitud amorosa, con la apertura y el calor que disolverían todo juicio positivo o negativo hacia una aceptación total de la vida, del universo o como se lo quiera nombrar.

La ausencia de amor en la mirada de Hermes y en el corazón de los humanos retratados en este libro, que apenas llegan a reconocer a su prójimo, se percibe como falta de alma. La voz de Hermes parece ser, entonces, tan sólo la manera de manifestar su anhelo de mortalidad.

CONFLUENCIA. Lo que lleva a dioses y humanos a buscarse y a no verse ni mostrarse nunca tal cual son es el deseo. Hermes anhela volverse mortal. Zeus desea quién sabe qué de las mujeres humanas. Adam Godsley padre, representante de la línea judeocristiana, desea conocimiento y sus investigaciones lo han llevado a alturas espirituales insospechadas. Esas investigaciones están basadas en el ejercicio del pensamiento, por lo que uno se encuentra repetidas veces con elucubraciones que ya conoce, por haberlas pensado o leído antes, si es que está habituado a la literatura fantástica. Esto produce la sensación agridulce de que transitar el camino del pensamiento significa acabar siempre encontrando la huella de algún predecesor, y que por lo tanto es algo limitado, y que su fundamento es la fascinación. Vemos a Adam Godsley padre al borde de la muerte, y antes de que el narrador lo diga con sus propias palabras, intuimos terriblemente que el erudito desea morir para empezar a conocer realmente.

Ningún otro personaje, aparte de los tres mencionados arriba, vive la vida del deseo tan intensamente y por lo tanto los demás aparecen menos claros, al menos en un primer golpe de vista. La unión de la cultura grecolatina con la judeocristiana está cómica y filosamente planteada a través de las relaciones de los personajes.

Quizás la mayor tragedia que haya en el libro sea el concepto de lo divino y lo humano, donde creador y creación se erigen como opuestos no complementarios. La eternidad queda circunscrita al tiempo y el infinito es un número. A esa especie de lógica capciosa obedecen las palabras de Hermes cuando, hacia el final, dice: "Mira el crepúsculo en el jardín. Gruesos y rojizos rayos de sol corren por el césped, arrastrando sombras puntiagudas a su paso. Los árboles tiemblan, hablando de la noche. Los pájaros, las nubes, el cielo, pálido y lejano. Ése es el mundo mortal. Un mundo donde nada se pierde, donde todo se explica al tiempo que se preserva el misterio de las cosas; un mundo donde podrán vivir, por breve o tenuemente que sea, en el desfalleciente atardecer del yo, solitarios y a la vez juntos en cierto modo, aquí, en este lugar, agonizantes, quizás, pero inmóviles para siempre en un instante interminable y luminoso".

Banville es considerado un maestro de la narrativa en lengua inglesa por críticos y escritores. No es su texto más feliz, pero provoca el deseo de seguir.

LOS INFINITOS, de John Banville. Anagrama, 2010. Barcelona, 296 págs. Distribuye Gussi.

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