Ma. de los Ángeles González
POCAS VECES la novela en primera persona escapa de ser una estrategia que justifique una vida posible. Marthe Robert, apoyada en el psicoanálisis, propuso hace décadas que el género novelesco funciona a menudo como una reelaboración del complejo de Edipo (Novela de los orígenes y orígenes de la novela, 1972). El triunfo del protagonista -un ser inacabado- se cumple como venganza de las figuras paternas y llega cuando él mismo asume el rol adulto de padre. Resulta tentador leer desde este ángulo La tercera mañana, de Edgardo Cozarinsky (Buenos Aires, 1939), también ensayista y cineasta.
ARMARSE UNA HISTORIA. En esta novela, presentada como confesión fragmentaria y elíptica, la construcción de la identidad está ligada desde el inicio al rechazo militante del "lugar del padre", cuando Víctor, con solo trece años, se propone asumir "una vida imprevisible [que] le prometía todas las aventuras" y jura no casarse jamás, ni tener hijos, el más explícito golpe de gracia al tan castigado y convencional modelo familiar burgués de los años cincuenta.
La narración se despliega como un tríptico en que cada secuencia corresponde a distintas épocas y geografías, tres momentos que pretenden resumir una vida: la niñez porteña, una temporada juvenil en París, y el presente asumido por un narrador sesentón retornado a Buenos Aires. Ciertas coincidencias sugieren un débil pacto autobiográfico que, por eso mismo, desliza el relato hacia una zona incierta entre verdad y ficción que es uno de sus puntos más fuertes. Cozarinsky, como Víctor, se radicó de joven en París y hoy alterna su residencia con Buenos Aires. Como su personaje, padece desde hace unos años de un cáncer que, según sus propias declaraciones, dio lugar a una cierta urgencia por escribir y publicar su obra.
Nada, al parecer, liga los tres momentos de la novela, aunque no sería del todo inverosímil suponer que una historia conecta secretamente con otra, pero eso quedará a la opinión del lector, como otros cabos que Cozarinsky deja deliberadamente sueltos. De todos modos, la narración oscila entre la primera y la tercera persona, disociando cada vez el yo adulto que recrea esas breves escenas desde el presente, de los sujetos en tránsito que protagonizan los dos primeros tramos. El cambio de nombres pauta también los esfuerzos por intentar identidades. El narrador, que para sí mismo no tiene nombre, remite siempre al niño llamado Víctor como testigo de fidelidades y traiciones, pero se llamará Pablo durante su etapa parisina, nombre cargado de alusión conversiva. Cada circunstancia evocada se cierra con una mañana que trae una epifanía: si el primer amanecer le arranca el juramento libertario contra la familia, el segundo -muchos años después- pone fin a la experimentación juvenil en París y lo enfrenta a la necesidad de arraigo, al posible retorno a Buenos Aires.
Varios guiños distancian a Cozarinsky de la ambigua nostalgia de los escritores exiliados, de la identificación idealizada con Latinoamérica o de algún tipo de reivindicación política, desmitificando a la vez el pasaje por París. "No iba a exclamar: al fin me encuentro con mi destino sudamericano", como el Francisco Laprida de Borges en circunstancias heroicas. Por eso, huir de la bohemia es también deconstruir la noción de patria. Estudiando alemán, se encuentra en la necesidad de traducir un texto de Heinrich von Kleist: "Cuando estaba en mi patria, estaba a menudo en París, y ahora que estoy en París casi siempre estoy en mi patria". El conflicto al traducir "mein Vaterland" no obedece a razones políticas: "la profesora lo desafió a no tenerle miedo a la palabra «patria», a limpiarla de escorias bélicas y mandatos ajenos para leer en ella, sencillamente, el lugar del padre. Víctor aceptó el argumento sin convicción". Porque el "lugar del padre" también puede estar cargado de mandatos ajenos.
CÓMO CONTARLA. El protagonista de esta historia es un escritor frustrado. Lector y profesor de literatura, hipercrítico, ha dejado correr los años soñando con "grandes proyectos incumplidos". El miedo a la impotencia y la esterilidad es, hacia el final de la novela, paralelo y sintomático de la dificultad para escribir, de la confesión que no fluye, del bloqueo expresivo. En el último tramo, el proceso de escritura se narra simultáneo a los hechos. Y "la tercera mañana" es aquella en que empieza a escribirse la novela que al parecer estamos leyendo.
Uno de los problemas que acompaña la escritura es la dificultad para narrar hechos "verdaderos", contar la vida con una distancia estética que la exima de vulgaridad, sin caer en el lugar común. O ese lugar, resumible en un verso de tango, es el único que expresa lo común de casi todas las vidas. Sin embargo, para abrir el juego le sirve una advertencia de Nabokov, al comienzo de Risa en la oscuridad: "Érase una vez un hombre Albinus que vivía en Berlín, Alemania. Era rico, respetado, feliz. Un buen día abandonó a su mujer por una amante joven. Amó, no fue amado, y su vida terminó en desastre. Ésta es toda la historia y bien podríamos dejarla ahí, si no hubiera algún placer y provecho en contarla, y aunque hay suficiente espacio en una lápida para contener, encuadernada en musgo, la versión abreviada de la vida de un hombre, los detalles siempre son bienvenidos".
Gracias a la cita ingresa, solo en el último tercio del relato, su móvil: el detalle que justifica la vida y la novela, y que la mención de Nabokov encuadra. Alevosamente, el narrador consiente en humillarse y descender a lo explícito ("no hay nada peor que enamorarse de viejo cuando no lo hiciste de joven"), aunque sepa que los rodeos y los datos escamoteados son más productivos literariamente y destaque los gestos, el atisbo de anécdota, los detalles sueltos "aliviados de toda continuidad argumental, o enlazados por una historia hecha del olvido tanto como de la memoria. […]Porque los datos de la experiencia se van borroneando [y] así va naciendo otra ficción, con elecciones y descartes no buscados, una narración cuya economía a veces ni siquiera sospecho". Con esas dos estrategias, en parte muy cinematográficas, se arma La tercera mañana: volver a contar una historia mil veces contada y recortar fragmentos para que pueda nacer otra clase de ficción.
El relato nace a pesar de sí mismo, cobrando forma a partir de apuntes, en parte como resultado de una causa de amor perdida y en parte dando forma a una remota expectativa de paternidad (que paga, además, tributo al motivo literario inagotable de la paternidad dudosa). Aunque al final se anuncia el comienzo de la novela, lo que nace y cierra el libro es un poema inspirado en una declaración de Andrés Calamaro, que afirma que "cada día trae su canción". Esa canción a la que aluden los versos está hecha de materia menos perdurable que la escritura, más bien puede identificarse con el ritmo mismo de la vida, con un dibujo del tiempo. Son estas líneas las que logran trascender la nostalgia por lo no escrito y resolver el conflicto entre vida y literatura, en la convicción de que lo más valioso que esta última puede ofrecer es el rescate de rastros depurados por la memoria. Lo que queda de la vida dicha, contada, cantada, repetida, cambiante.
LA TERCERA MAÑANA, de Edgardo Cozarinsky. Ed. Tusquets, 2010. Barcelona, 126 págs. Distribuye Urano.