La soledad absoluta

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Soledad Platero

LAS DOS ÚLTIMAS novelas de Miguel Vitagliano (Floresta, Buenos Aires, 1961) hablan del amor. O de las imposibilidades del amor, en todo caso. De lo que el amor no consigue, o no permite ofrecer ni reclamar. Bien miradas, hablan de la soledad absoluta en la que viven los que viven en pareja, o los que han dejado de vivir en pareja, o los que creen en la solidez y la eternidad de su pareja. Hablan de familias que se disuelven, de vínculos que se malogran y de esfuerzos tan sinceros como desesperados por volver a empezar.

Y aunque es posible reconocer una perspectiva similar en Cuarteto para autos viejos (2008) y El otro de mí (2010), las estrategias para exponer esa perspectiva son bien diferentes.

PARA QUÉ GUARDAR LO QUE SE TIENE. En Cuarteto… hay varias historias que se cruzan en un momento trágico, pero que estaban tejidas entre sí desde mucho antes. El relato se arma en cuatro partes, y en cada una la narración se enfoca en uno de los protagonistas, pero todos están presentes, de modo explícito o velado, a lo largo de toda la novela. El primer protagonista no tiene nombre. Es, casi siempre, "el hombre que hacía las casitas", aunque el desarrollo de la historia le irá agregando predicados que lo relacionan con los demás personajes. Cuando el lector lo conoce, el hombre de las casitas está en medio del proceso de separación, pero su mujer y él siguen viviendo en la misma casa, a la espera de poder vender el departamento en condiciones ventajosas. El hombre es taxista, matemático aficionado (maníaco de los números sería una expresión más exacta) y dedica todo su tiempo libre a la construcción de la maqueta de una ciudad con fósforos y cartón. No es una ciudad cualquiera: tiene dieciséis manzanas (es un cuadrado hipermágico o diabólico) e incluye todos los lugares que han sido relevantes en su vida.

Pero ese hombre no es el único con manías raras en la novela. Cada uno de los protagonistas mostrará sus rarezas -sus fobias, sus secretos, sus fantasmas, sus fantasías- que no son sino estrategias ingenuas y voluntariosas para seguir marchando hacia delante cuando no se sabe muy bien qué hacer con lo que se deja detrás.

JUEGO DE ESPÍAS. El otro de mí, en cambio, cuenta una única historia, aunque en ese mismo ejercicio, la oculta. El protagonista es un hombre adulto que enviudó cuando su hija era una niña, y que mantuvo con ella una relación de amor y cuidado que sufrió un quiebre el día en que la verdad sobre la muerte de la madre pareció emerger.

Cuando era un niño, ese mismo hombre mostraba cierta preferencia por el padre -le parecía más agradable, más cómplice, más interesante que la madre- y se inclinaba a creerlo involucrado en actividades secretas e importantísimas. El aura de admiración y misterio que lo envolvía se materializó, cierta tarde, con una confesión que marcaría la vida del niño para siempre ("soy un espía", dijo el astuto señor mientras se desenredaba del abrazo de una maestra jardinera que, ciertamente, no era su esposa). Así, padre e hijo establecieron el universo de códigos secretos y pactos silenciosos que los contuvo y los protegió de la siempre sospechosa realidad.

Cuando el niño se hace hombre no es capaz de vivir sino en un mundo atravesado por la lógica de los agentes dobles, de los códigos y de los encubrimientos. El problema es que está solo en ese mundo, y para poder jugar a los espías se necesita la complicidad de otro.

Vitagliano consigue en esta novela una atmósfera incómoda y paranoica, un ámbito espinoso hasta para el lector, a partir de la disociación del personaje, que por momentos habla de sí mismo en tercera persona, o se refiere a "el otro de mí" como a alguien que toma decisiones y elige caminos en su vida, generando cadenas de consecuencias de final incierto.

La mujer del protagonista es una víctima del atentado a la AMIA. Es la víctima número 86 (el atentado tuvo, en la vida real, 85 víctimas. Vitagliano agrega personajes a partir de ese número), y podría decirse con justicia que fue, en términos bélicos, un daño colateral. La mató la onda expansiva mientras se estaba duchando en un departamento cercano a la institución. El hombre nunca le dice a la hija que su madre murió en esas circunstancias. Prefiere hablar de un ataque cardíaco en plena calle. Una fatalidad, de todos modos, pero que exige menos explicaciones. Hasta que un día la hija descubre el nombre de la madre en una lista de víctimas.

MENTIRAS VERDADERAS. Las dos novelas tienen como centro el problema de la verdad y la mentira en las relaciones afectivas, pero Vitagliano encuentra modos muy distintos de lidiar con ese asunto.

La primera novela es una estructura que parece inspirarse en la metáfora de la maqueta: se arma en una figura de cuatro partes y en cada una se va descubriendo la intimidad de los protagonistas al mismo tiempo que se perfila lo que de ellos saben o creen saber los otros. También es cierto que es un relato convencional, y que las cuatro partes elegidas para armar la figura no se corresponden estrictamente con el curso de la narración. La parte tres se llama "El hombre que miraba los elefantes", pero comienza presentando a otro personaje, cuya importancia no es menor a la de los demás, y que sin embargo no tiene una parte propia consignada en la división.

Ese detalle, sin embargo, pierde importancia porque en cierto momento todos los protagonistas (los que sí tienen parte propia) se cruzarán bajo el mismo techo, en circunstancias trágicas, y desde ese centro irradiará la forma mágica del cubo.

La otra novela, en cambio, es polifónica aunque siempre hable el mismo individuo. Es polifónica porque el individuo en cuestión ha partido su vida en pequeñas piezas que no se tocan, o que se tocan con interferencia, y porque ha dado tantas versiones -a los demás y a sí mismo, y al otro de sí- y ha imaginado tantas escenas alternativas a la que en verdad tuvo lugar, que la realidad se le vuelve resbaladiza e inasible.

El mayor logro de El otro de mí es contagiar la paranoia del protagonista a todo el clima del relato, manteniendo un ritmo que impide que el lector se instale con tranquilidad en la anécdota. El dolor de ese hombre que perdió a su mujer y está perdiendo a su hija se esconde y a la vez se expone en su enfermiza obsesión por espiar, anotar, anticipar y codificar todo lo que lo rodea, con la consecuencia lógica de que su mundo esté siempre en peligro, siempre a un paso del derrumbe.

En ambas novelas hay ciertos detalles, ciertas desprolijidades en la escritura, ciertos recursos con algo de forzado que impiden que se las pueda considerar como piezas perfectas. Son inteligentes, sin embargo, en su aproximación al mundo afectivo de los personajes -seres comunes y corrientes tocados por una violencia desproporcionada más cercana a la mala suerte que al destino trágico de los héroes- y recuperan el sencillo drama de la intimidad como una batalla desgastante en la que nunca hay vencedores.

Miguel Vitagliano enseña teoría literaria en la Universidad de Buenos Aires. Ha publicado ensayos, novelas y piezas para radio. La novela Los ojos así, de 1996, resultó ganadora del Anna-Seghers Preis de ese año.

CUARTETO PARA AUTOS VIEJOS, de Miguel Vitagliano. Eterna Cadencia, 2008. Buenos Aires, 176 págs.

EL OTRO DE MÍ, de Miguel Vitagliano. Eterna Cadencia, 2010. Buenos Aires, 192 págs. Distribuye Ediciones del Puerto.

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