La relectura sexual

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Mercedes Estramil

SOBRE EL POETA inglés Philip Larkin (1922-1985) se han tejido suposiciones de infelicidad y escasa sexualidad que llevarían a comprender el tono amargo de buena parte de su poesía, centrada en la experiencia de la vejez y el recuerdo de la juventud desaprovechada. Esa es también la idea que suscribe Martin Amis cuando en su última novela, La viuda embarazada (2010), denomina un particular territorio del vacío afectivo como "Larkinlandia". Es el lugar donde vive su protagonista, apropiadamente llamado Keith Nearing (nearing: a punto de), luego de ser abandonado por su novia Lily y por el resto de las mujeres del mundo.

Es la tierra de la escasez sexual, y Nearing llega a ella cuando debiera ocurrir lo contrario, en el epicentro de la revolución sexual de los años `70. Para hacer honor a Larkin (cuya sensibilidad no excluía la crudeza) ya había estado Ian McEwan tres años antes con Chesil Beach, pequeña gran novela que narra la luna de miel prejuiciosa y fantasmal de una pareja de muchachos vírgenes en 1962. Traumática, patética e inolvidable luna de miel. Ahora Amis tira su centro y hay que decir que anota uno de sus mejores tantos, el que lo devuelve a obras como La información o El tren nocturno, o incluso las supera.

La portada de Anagrama (y la de varias ediciones inglesas) dibuja dos chicas, una de ellas en topless y de espaldas, al borde de una piscina, y esa levedad insinuante del retrato es lo que se mantiene y seduce durante el medio millar de páginas de esta novela bendecida, si cabe, con un soplo de magia narrativa. Soplo que no proviene sólo de la anécdota ni de los personajes ni de la ambientación, sino del espíritu con que este trozo de "senectud adolescente" está escrito.

UN CASTILLO EN ITALIA. En rigor, La viuda embarazada es la historia del verano de 1970, cuando el veinteañero Keith Nearing (estudiante de Literatura Inglesa), su novia Lily (estudiante de Derecho) y la amiga de ésta, Scheherazade (estudiante de Matemáticas), viajan a un castillo en Montale (Italia) para pasar sus vacaciones. Habrá más gente: una chica católica y en apariencia pudorosa llamada Gloria Beautyman, una exhibicionista liberada apodada "El Perro" y su compañero Kenrik, el playboy Adriano (de pequeña estatura compensada por su riqueza y ego), una niña adoptada con un secreto a cuestas, un par de novios indolentes que hacen esperar a sus chicas, y gente que no está ahí pero cuyo peso es decisivo (los hermanos de Keith: Nicholas, con quien mantiene correspondencia, y Violet, su hermanita descocada, sobre quien versan las cartas).

En el interior de todos ellos -al tiempo que pasean, nadan, juegan tenis y ajedrez- se dirime una cuestión básica: qué hacer con el propio cuerpo, qué hacer con el sexo, en un momento en que la prerrogativa sexual registra un cimbronazo: las chicas comienzan a "actuar como chicos" (y no sólo porque la píldora se haya impuesto como método anticonceptivo y liberador de conductas), en el sentido de tomar la iniciativa y separar sin remordimiento el sentimiento y la carne.

Sin embargo, no es una historia en tiempo presente. Keith Nearing (o mejor dicho, la voz intrusa y manipuladora de su conciencia tardía, a resguardo parcial en una tercera persona) recuerda ese verano desde una precoz vejez, entre los cincuenta y los sesenta, cuando ya ha pasado por varios matrimonios e hijos y sabe demasiado bien que su educación sentimental se selló en esos días cálidos, mientras leía novelas inglesas, hacía el amor con su novia, planeaba engañarla, y sobre todo, hablaba de sexo.

El pasado asume, para Nearing, la forma de "una presencia enorme e insospechada dentro de tu ser, como un continente ignoto". Y el castillo italiano, metáfora de inmediatez y fugacidad del carpe diem, parece tan real como nacido de un sueño. Tenía, naturalmente, que ser un castillo y no un albergue para estudiantes lo que ambientara esta novela "gatopardiana" en términos sentimentales y también de poderío económico: a Amis no se le escapa que detrás de las revoluciones vienen las restauraciones, y que en la ecuación sexo-amor, el poder (económico, religioso, intelectual, social y hasta sanitario) juega un papel dominante. De modo que la autoestima de los personajes pasa por ese registro de la percepción de lo físico que amarga la adolescencia (sentirse feo, bajo, gordo, desproporcionado, etc.: temas que alimentan una y otra vez los diálogos brillantes que gasta Amis), pero también por la percepción de la diferencia de clases. Los ricos: el enano Adriano, el desgarbado Timmy o el desagradable Jorquil, despiden un aire de impunidad que no pasa desapercibido para ninguno de los demás.

EL ACTO INDESCRIPTIBLE. Pero aunque generosa en conversaciones sobre sexo y delectación en su terminología "obscena", La viuda embarazada evita describir el acto sexual, y no es una preservación pudorosa o romántica. Para Keith Nearing, larkiniano al fin, se trata del "acto indescriptible" y traumático por naturaleza. Narrativamente, esa elipsis crece como un vacío real ocupado por metáforas, sobreentendidos y tensión.

Con los libros que el protagonista lee -el canon literario de la (silenciada) sexualidad inglesa de la era victoriana y posterior-, dialoga todo el tiempo esta novela sin estridencias pero mayúscula, lenta en su diagramado visible pero poseída por esa velocidad de fondo de sus personajes y su narrador. Desde las heroínas de novelistas hombres como Samuel Richardson (1689-1761), William Thackeray (1811-1863) y Charles Dickens (1812-1870) a las de novelistas mujeres como Jane Austen (1775-1817), Emily Brontë (1818-1848) o George Eliot (seudónimo de Mary Anne Evans, 1819-1880) y a las del sacudón que supuso el "pornógrafo" D.H. Lawrence (1885-1930), el patrón femenino de conducta social e íntima fue mutando hasta arribar a estas "chicas polla" (en la inevitable traducción española) que escandalizan el atribulado corazón de Nearing.

Como en muchas de esas novelas, también aquí -a modo de referencia y reverencia a la vez- Amis nos hace aguardar cientos de páginas impacientes para develar si el protagonista logra o no conquistar el cuerpo y alma de la virtuosa (¿?) Scheherazade. Que es, vamos a decirlo, lo que menos importa. Si algo no es La viuda embarazada es una novela de amor o de conquista. Por lo menos no sui generis. Sí de pérdidas, de individualismo, soledad y represión. Y de algún modo puritana y conservadora (no habla de los triunfadores sino de las víctimas de la revolución sexual) y a la vez profunda, encantadoramente sentimental. Por algo la mítica y desgraciada historia de la ninfa Eco y de Narciso (rescatada de la versión que el poeta inglés Ted Hughes hace de Las metamorfosis, de Ovidio) planea sobre estas páginas como un señuelo trágico.

Por varios datos, además de la edad de nacimiento de ambos (1949) y la formación literaria, Keith Nearing y Martin Amis tienen algún parecido, lo que ha llevado a hablar de alter ego y novela de corte autobiográfico, y más considerando que este inglés alguna vez radicado en Uruguay es un devoto explorador de sí mismo (su autobiografía Experiencia, publicada a los cincuenta años de edad, es una prueba flagrante). Como sea, el Amis entrado en años que escribe La viuda embarazada consigue ser -libre del ocasional esnobismo y petulancia de su personaje público- el más joven, sabio y genuinamente rabioso de sus narradores. Una novela tan perfecta para ser filmada que ojalá no se filme.

LA VIUDA EMBARAZADA, de Martin Amis. Anagrama, 2011. Barcelona, 494 págs. Distribuye Gussi.

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