Hombre frente al espejo

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LA "BANALIDAD DEL mal" es el concepto que acuñó Hanna Arendt a propósito de las declaraciones del nazi Adolf Eichmann en los juicios de Nüremberg. Responsable de miles de muertes de inocentes, Eichmann era, según Arendt, alguien que podía realizar las acciones más abyectas sin sentir un odio especial por sus víctimas, acatando órdenes con el mismo ánimo con el que podía encarar cualquier otra tarea burocrática, que simplemente debía ser cumplida a cabalidad. Ese concepto sobrevuela, aunque nunca se lo aluda directamente, la novela de Ana Solari, El señor Fischer, ganadora del Premio de Narrativa inédita del MEC en 2010.

El señor Fischer es un ex empleado público que a los setenta años acaba de quedarse viudo. Desde el inicio de la novela se insinúa que en su juventud, durante la Segunda Guerra, había trabajado en la municipalidad confeccionando listas de "nombres de origen polaco, húngaro; algunos alemanes también. Personas, listas interminables de personas que por algún motivo debía registrar. No había preguntado por qué ni para qué". Después se casó y vivió el resto de su vida adulta a la sombra de su esposa, una mujer fuerte y vital, que durante la guerra había servido como voluntaria en la Cruz Roja y que, a diferencia de Fischer, solía estar informada sobre lo que pasaba en el mundo y tenía un sensibilidad despierta ante la injusticia. La pareja tuvo tres hijos, dos varones, Roberto y Oskar, y una mujer, Manuela. Ese mundo familiar, y sus intrincadas relaciones, es en resumidas cuentas el microcosmos en el que se mueve la novela de Ana Solari en sus quinientas treinta páginas.

LEJOS DE CASA. Aunque Solari suele ambientar sus novelas en lugares lejanos o exóticos, puede sorprender el ambiente exclusivamente alemán en el que se mueven los personajes, sin ningún elemento que relacione explícitamente sus historias con el Río de la Plata. Más allá de que la autora tiene un vínculo estrecho con el mundo germano (fue al Deutsche Schule, habla alemán y ha pasado temporadas en ese país europeo), la historia en sí parece elevarse de sus circunstancias concretas para asumir un carácter universal. Se trata, entre otras cosas, de la culpa de una sociedad que no quiso ver, por cobardía, lo que estaba sucediendo. Una sociedad que se propuso olvidar, que se escudó en el "sentido del orden" y permitió que el horror ocurriera. Una sociedad donde un buen ciudadano puede ser como el señor Fischer, un hombre que piensa que es mejor "no meterse", alguien que eligió la ceguera tanto para lo que estaba sucediendo en su país como para lo que sucedería años después a su hijo menor, abusado sexualmente por un adulto. Y sin embargo el señor Fischer es un hombre afable, capaz de ternura con sus hijos, que al quedarse viudo -sin la mano "infalible" y decidida de Lola, su mujer- piensa en ellos con preocupación, en la soledad de la hija divorciada, en la soltería del hijo pequeño. Su pecado ha sido la cobardía, y la novela es la lenta preparación para una anagnórisis (el autorreconocimiento de la tragedia clásica) que lo enfrenta a un espejo que ha vivido para ignorar.

TIEMPOS Y PERSPECTIVAS. Si algo puede reprochársele a la novela de Solari, es la cantidad de páginas empleadas para dar cuenta del moroso desarrollo de ese duelo del señor Fischer luego de la muerte de su esposa, cuando por primera vez se enfrenta a la necesidad de saber quién es, de tener una relación con sus hijos no mediatizada por su mujer, de relacionarse con los vecinos y de mirar dentro de sí mismo. Tal vez eso podría haberse hecho con mayor economía de recursos, sin embargo la novela se salva por la destreza narrativa de la autora, por la fluidez del lenguaje, por el modo como maneja los tiempos -en una estructura que le permite moverse entre el presente y el recuerdo, manejando varios planos a la vez- y por la peculiaridad del punto de vista elegido.

En realidad el presente de la novela transcurre en pocos días, un par de semanas que se suceden esperando el sábado en que todos van a reunirse en un almuerzo familiar. En ese lapso, Solari logra que el relato se deslice casi imperceptiblemente hacia el pasado de cada uno de los personajes, alternando episodios que iluminan la complejidad de las relaciones y las psicologías: Manuela, una eterna adolescente que odia a la madre y ama al padre y se esfuerza en ser auténtica, Roberto, un ambicioso casado con una mujer de dinero, Oskar, introvertido y solitario. (Una frase como esta última es, claro, una simplificación, porque si algo tiene la novela de Solari es el juego de luces y sombras de sus personajes, mucho más complejos que la breve definición que esta frase sugiere). Todos son, en cierta forma, inasibles, y especialmente Lola, que participa de organizaciones solidarias con las lejanas víctimas del apartheid o de las dictaduras latinoamericanas, pero no ve la soledad y el rencor de su hija, que ha sido libre en sus relaciones pero se ha casado con un hombre como Fischer, y que es capaz de salvar de la destrucción a su hijo menor, aunque tiene debilidad con el más grande, al que educa para el éxito. Mirados de cerca, todos los personajes han sufrido sus pequeñas o grandes hecatombes y cada uno necesita perdonar o ser perdonado.

Para conseguir ese caleidoscopio que arma sobre las vidas de los personajes, Solari recurre a un punto de vista cambiante, manejado con extrema eficacia. Si usa un indirecto libre pegado a Fischer en buena parte de la novela, se separa de él en ocasiones para introducir recuerdos de otros personajes, incluso secundarios, como lo hace un narrador omnisciente. Y aún más, alterna los diálogos directos con otros indirectos que consignan, sin solución de continuidad, tanto los pensamientos como las frases efectivamente dichas. El procedimiento funciona bien, no sólo porque da agilidad al relato, sino porque permite reproducir el doble movimiento de comunicación y reflexión de un hombre como el señor Fischer, no acostumbrado a reflexionar sobre sí mismo, y cuyo punto de vista conocemos ahora, -al mismo tiempo que lo elabora en su fuero íntimo- por las conversaciones que tiene con la señora Mayer, una vecina muy mayor, que le pregunta sobre su vida y lo escucha con paciencia y cordialidad. Precisamente en la señora Mayer, una mujer que vivió el efervescente Berlín anterior a la guerra, que fue libre y tuvo una vida plena, parece estar la clave de la postura de Solari frente a la historia que relata. En ella se condensa el espinoso tema de la culpa social y del perdón que esta novela quiere indagar a través de las vicisitudes de un puñado de personajes.

Ana Solari (Montevideo, 1957) tiene ya una larga y premiada trayectoria como narradora. Desde sus primeros cuentos y novelas adscriptos a la ciencia ficción (Zack y Zack estaciones) a los relatos de Tarde de compras donde buceaba en las relaciones afectivas, pasando por las estructuras complejas y de sesgo experimental de El hombre quieto, El collar de ámbar o Scottia, ha mostrado tanto su dominio del lenguaje narrativo como una versatilidad infrecuente. El señor Fischer, mucho más transparente que estas tres últimas novelas, es una muestra más de la cualidad multifacética de su imaginación.

EL SEÑOR FISCHER, de Ana Solari. Alfaguara, 2011, Montevideo, 530 págs. Distribuye Santillana

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