Soledad Platero
EL QUE QUIERA quedar bien regalando un libro debe saber que Antonio Tabucchi es siempre una garantía. Prestigioso, erudito, bienpensante, europeísimo, Tabucchi es una marca de calidad indiscutible para el lector exigente, pero también proporciona claridad y transparencia sin complicaciones a los lectores menos avezados. Su última colección de relatos está lejos de la redonda perfección en tono menor de Sostiene Pereira (1994) e incluso del encanto de libros breves como Dama de Porto Pim (1983) o Nocturno hindú (1984), aunque conserva bastante de la gracia y la soltura por las que Tabucchi ha sido valorado en todo el mundo. El problema, sin embargo, es que el conjunto es pobre.
TEMPUS FUGIT. Son nueve relatos breves (el libro es un homenaje explícito a las Nine stories de Salinger) que dan vueltas en torno al paso del tiempo. El autor dice haberse inspirado un poco en los cuadros de Arcimboldo para componer una figura mayor a partir de figuras singulares acabadas. Aparecen así diversos personajes: una mujer europea descendiente de bereberes, un general húngaro que resistió la invasión soviética, un sobreviviente de los campos de exterminio que todavía siente nostalgias de Bucarest, un funcionario de inteligencia de Alemania Oriental que tuvo como tarea espiar a Bertolt Brecht, un militar retirado veterano de Kosovo, etc. Todos atravesados por un sentimiento de irrealidad respecto al presente y por una nostalgia algo perversa del pasado, como si hasta el más horrible de los escenarios conocidos fuera preferible a ese extrañamiento de un mundo al que ya no se pertenece del todo.
Se ha dicho muchas veces que en literatura siempre se están contando las mismas historias, y que la grandeza de un texto depende menos de la originalidad del argumento que de la habilidad para explotarlo. Seguramente nadie ignora que el asunto del paso del tiempo es una de las tópicas preferidas de Occidente, desde la antigüedad clásica hasta ahora. Tabucchi tampoco lo ignora, por cierto, así que es posible asumir que decidió armar un libro con estos nueve relatos porque tiene mucha confianza en su talento para vestir de profundidad lo que ya roza el lugar común menos inspirado.
Pero también hay que admitir que detrás de la publicación de este libro puede haber algo más que el automatismo despreocupado de un escritor profesional.
Tabucchi ha dicho últimamente, en entrevistas y conferencias, que Europa atraviesa una época atroz que pretende edificar el futuro olvidando el pasado. Que el éxito de los políticos se sustenta en la simplicidad de sus mensajes, y que en Italia la palabra "intelectual" se ha vuelto un insulto. Europa ya no es lo que era, porque la vulgaridad y la grosería, repetidas incansablemente en la televisión, se han vuelto moneda de cambio para los ciudadanos, cada día más indiferentes, consumistas y embrutecidos.
Tabucchi se confiesa decepcionado de los políticos y dice añorar a los "grandes padres" de Europa, esos que, tanto de izquierda como de derecha, pensaban en la política como en el arte de las grandes cosas. Los políticos europeos de hoy sólo usan la calculadora, dice Tabucchi, y han elegido olvidar la Historia.
FANTASMAS DEL PASADO. Lo raro es que los relatos aquí agrupados no se ocupan de las democracias europeas occidentales. Los protagonistas de la mayoría de estos relatos son europeos del Este. Funcionarios grises, oficiales del ejército, burócratas al servicio del régimen, víctimas de la represión, todos con algún grado de nostalgia, algún apego a esa vida anterior llena de sospechas y peligro.
Tabucchi dice que eligió contar historias sobre europeos del Este porque luego de la caída del muro Europa oriental asomó a la realidad como si saliera de un largo paréntesis en el que el tiempo estuvo detenido. Esos recién nacidos al mundo libre no lograron adaptar su ritmo vital a la feroz máquina de la sociedad de consumo del capitalismo tardío, y sus vidas se estiraron en una existencia póstuma, irreal, incomprensible.
Tabucchi suele decir que hay cosas que le pertenecen al periodismo y cosas que son de la literatura. Así, sus críticas al gobierno de Berlusconi se tramitan en artículos de prensa, mientras que su literatura parece operar en parábolas, en relatos simples que dejan ver las grandes cuestiones humanas. Tal vez por eso estos textos no se meten en los asuntos que tanto le preocupan: la grosería, el cinismo, la falta de educación, la ausencia de principios. Se inclinan por la constatación algo azorada de que el pasado, incluso el pasado autoritario y temible de los países del bloque comunista, era un lugar mejor que el limbo sin historia y sin ideales en el que se ha transformado Europa.
"Los muertos a la mesa" es el único verdadero cuento del conjunto; los demás son relatos desprovistos de la tensión narrativa que el género reclama. Se desarrolla en Berlín y su protagonista es un ex funcionario policial que tuvo como tarea, durante años, vigilar a Bertolt Brecht. En los últimos años de su vida, ya viudo, el hombre regresa a la tumba de su antigua víctima para confesarle que lloró su muerte. La fuerza del cuento no está en la obvia melancolía de un hombre viejo cuya vida ha perdido sentido con el cambio de régimen, ni en la también obvia camaradería del cazador con la presa, sino en la confesión desmoralizada de una traición cometida hace años por las personas en las que confiaba ciegamente. La traición, y la imposibilidad de la venganza, son la materia trágica del relato y le dan el espesor que no tienen las otras historias, demasiado apegadas a la alegoría o a la fábula moralizante.
Los relatos son desparejos, más disfrutables por la amabilidad de la prosa -que discurre sin complicaciones y con relativa elegancia- que por las historias. Da la impresión de que el autor recogió anécdotas en sus diversos movimientos por el mundo (Tabucchi es un cultor reconocido de la escritura de viaje) y consideró que bastaría con su oficio para transformarlas en literatura. Puede ser, pero es literatura menor.
EL TIEMPO ENVEJECE DEPRISA, de Antonio Tabucchi. Anagrama, 2010. Barcelona. 173 págs. Distribuye Gussi.