Alfredo Alzugarat
ES LO MEJOR y más útil que he hecho en mi vida", afirma el autor en 1900 a propósito de su Diario. Su conclusión no es errónea. Apasionado por la palabra exacta y por la frase mínima, riguroso en su estilo comprometido con la verdad, incapaz de relatar un hecho que no hubiera vivido, Jules Renard (1864 - 1910) parece un escritor condenado de antemano al diálogo consigo mismo y al testimonio de su tiempo. A pesar de la celebridad que le deparara su novela Pelo de zanahoria y de haber incursionado en todos los géneros, existe hoy consenso para afirmar que la mejor demostración de su talento se halla en las observaciones cotidianas y en la agudeza de los pensamientos que estampó en su Diario. La propia literatura, la sociedad, la bohemia parisiense y los balances autocríticos que solía realizar al comienzo de cada año, centraron su atención.
"El talento no se demuestra escribiendo una página, sino escribiendo trescientas. La gloria es un esfuerzo constante", dice en 1887, al comienzo de sus anotaciones. Las pulsiones de su vida interior permiten entrever la distancia que existe entre el aserto y su puesta en práctica, un dilema válido para todo creador: "Yo nací para el éxito en el periodismo, la gloria cotidiana, la literatura abundante; leer a los grandes escritores lo cambió todo. De ahí, la desgracia de mi vida", se dice algunos años después, para concluir en una de sus más célebres máximas: "He construido castillos en el aire tan hermosos que me conformo con las ruinas".
La ironía consigo mismo acabará también acidulando su visión de los demás hasta desembocar en la crueldad: "Hacer un poco de vida social, de vez en cuando, para beber unas copas de bilis", se decía este hombre que, desde su posición privilegiada de primer accionista del Mercure de France, tuvo la oportunidad de conocer a Sara Bernhardt, Valéry, de Banville, Schwob, Goncourt, Zola, Gide y lo mejor de la intelectualidad de su época. Con afán impiadoso dejó, de muchos de ellos, retratos tan grotescos como imborrables: "El horroroso Verlaine: un Sócrates taciturno y un Diógenes sucio; con algo de perro y de hiena.(...) Toulouse-Lautrec: un bolsito con compartimento doble en el que mete sus pobres piernas. A menudo habla de hombres bajitos, como diciendo: ¡Yo no soy tan pequeño! (...) La muerte de los demás nos ayuda a vivir", fue una de las sentencias extremas de Renard.
No menos devastador fue con su vida familiar. El odio a su madre y el suicidio de su padre amargaron su alma. Se cuenta que su viuda censuró y quemó parte sustancial de este Diario por sus exposiciones sexuales y sus sangrantes alusiones a terceros. "La escritura de Renard registra sus turbulencias más íntimas con un estilo cortado a diamante, con aristas de un humor que hace daño", confirma su prologuista, Josep Massot. Su norte, sin embargo, no era una maldad gratuita sino una moral estricta, una sinceridad tan implacable que le impedía toda clase de transacción consigo mismo y con el prójimo. Esa era su perdición. "Mi literatura no es sino la continua corrección de lo que me sucede en la vida", afirmó en otro de sus aforismos. Hoy, la lectura de su Diario aún causa estupor, desacraliza y estimula a la reflexión.
DIARIO 1887 - 1910, de Jules Renard. Mondadori, Barcelona, 2009. Distribuye Random House Mondadori. 300 págs.