En nombre de la revolución

O. B.

EL LIBRO DE Giussani se abre con una dedicatoria, "A Adriana" y con la foto de una joven. Se cierra con una explicación de ella que resulta, al fin de cuentas, la del libro que se acaba de leer. "Adriana murió una tarde de 1977, despedazada por una bomba que le estalló entre las manos mientras se aprestaba a colocarla en una comisaría" escribe Giussani. Ese día cumplía 16 años. "No ignoro -sigue- que esta dedicatoria-denuncia, apuntada a localizar responsabilidades -políticas, culturales, históricas- tras la muerte de Adriana, puede provocar algunas perplejidades, quizá algún reproche. En medio de la gran masacre que padeció la Argentina de los setenta, la muerte de Adriana es una de las pocas, excepcionales, que no alcanzan a incluir entre sus responsables al régimen militar". Pero Giussani aclara que el sujeto de su libro no es la ya identificada, evidente barbarie de la dictadura argentina sino mecanismos y responsabilidades menos visibles, más escamoteados que también alentaron la violencia en ese período. "Las responsabilidades que se esconden tras la muerte de Adriana, en cambio, son más esquivas. (…) Más allá de los montoneros, a los que he sido y soy ajeno, estas reflexiones tienen también por blanco un determinado tipo de cultura política que en cierto modo los ayudó a existir y de la que en un pasado no demasiado remoto fui partícipe y difusor".

Escritas en 1984, apenas restaurada la democracia en Argentina, las palabras de Giussani resuenan vigorosas: "Adriana fue arrastrada a la muerte por un mal que no se ensañó solo con ella. Un mal que diezmó a buena parte de una generación y que todavía acecha a los sobrevivientes. De ahí mi apremio por identificarlo, por ayudar a reconocerlo allí donde asome la cabeza en todo lo que tiene de alienante y de monstruoso". Giussani postulaba que Montoneros era apenas la puntita de un iceberg, "cuyos componentes sumergidos no siempre están presentes en lo que se suele condenar bajo el rótulo de montoneros. Y una condena limitada a la parcela emergente es estéril, no denota conciencias inmunizadas contra una repetición del fenómeno". "La inmunidad -terminaba escribiendo Giussani- depende de que todo el iceberg esté a la vista, y mis reflexiones aspiran a ser un paso en esa dirección".

Giussani murió en 1991. En este libro quedó explícita la lección de osadía de buscar a fondo. También dejó implícita una advertencia: si los montoneros, como él mismo dice, "han quedado atrás en la historia argentina", es tarea de cada momento advertir y desnudar con lucidez el iceberg histórico que le toque vivir.

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