En Londres

EL VIAJE DE Alvear e Iriarte tenía por destino Estados Unidos, pero Rivadavia les pidió que primero fueran a Londres, por si la cancillería británica intentaba tomar contacto con ellos para impedir la guerra con Brasil por la Banda Oriental. El cálculo fue afortunado, porque a poco de llegar, Alvear fue convocado a una reunión con George Canning.

Tomás de Iriarte

ALVEAR volvió radiante de Downing Street después de haber hablado con el ministro Canning, principalmente sobre las diferencias pendientes entre las provincias del Río de la Plata y el Imperio del Brasil, respecto de la Banda Oriental. El ministro inglés le había entregado ocho preguntas escritas dejando a continuación de cada una de ellas un espacio para la contestación que míster Canning pidió a Alvear le hiciese. Este documento lo conservo original, pero está entre los papeles que he dejado en Buenos Aires; por eso no lo intercalo aquí en este momento. No conservo en la memoria las ocho preguntas, pero expresaré sustancialmente el contenido de ellas. Río de Plata.- Fuerzas marítimas.- Población.- Rentas.- Extensión territorial.- Estado de la hacienda.- Número y nombre de las provincias.- Límites, etc. Alvear me dictó las contestaciones: cuadruplicaba en ellas las rentas, octuplicaba las fuerzas de mar y tierra, y en fin, el número de habitantes los hizo subir a dos millones y medio. "Pero general", le dije, "todo eso es exagerado, todo es incierto, falso". "No importa", me contestó, "es preciso mentir: esto es diplomático. ¿No ve usted que así se nos tendrá en más valer por el gobierno inglés? Éste es mi objeto". "Sí, pero el informe de usted difiere con tanto exceso de la verdad que yo temo que va a producir el efecto contrario, porque es muy fácil que el ministro inglés a favor de otros informes se aperciba que usted lo ha engañado". "No, no tema usted, no saben nada aquí de nuestro país, no lo conocen; y míster Canning se ha de atener a lo que yo le digo". Mal que me pesase tuve que someterme, considerando que otro que yo no podía hacer aquel trabajo, porque Alvear no sabía escribir. Yo no hacía más que redactar, porque Alvear sólo debía firmar. (...)

Era deliciosa la vida que hacíamos en Londres, pero duró poco: volábamos de convite en convite. El ministro Hurtado nos dio uno; otro el cónsul general de Buenos Aires, míster Herbet; otro míster Robertson, y todos espléndidos. A este último asistió el general San Martín, todos los concurrentes eran americanos de diferentes Estados, no había otro inglés que el anfitrión, míster Robertson. Cuando empezaron a circular las botellas se habló de política americana; y al hacer mención de los sucesos del Perú durante el mando del general San Martín, García del Río manifestó su opinión con respecto al sistema de gobierno más conveniente para consolidar el orden en los nuevos Estados: sostenía que ningún otro que el arbitrario, el militar, podría obtener un tal objeto; que la América necesitaba gobiernos fuertes, vigorosos, temibles; que todo lo demás eran teorías pueriles, utopías; que si el general San Martín hubiera dado fuertes palos no se habría visto precisado a salir del Perú. Entonces San Martín dijo: "Es verdad, tuve que descender del gobierno, el palo se me cayó de las manos por no haberlo sabido manejar". Los argentinos que estábamos presente oíamos con disgusto tan antisocial doctrina: en nuestro país dominaba entonces la manía del sistema representativo, y estábamos impregnados de ideas liberales, fanatizados. Así, cuando San Martín concluyó, apoyando a García del Río, Alvear, dirigiéndole la palabra, le dijo con tono muy animado: "¿Con que general se le cayó a usted el palo de la mano por no saberlo manejar?". "Sí, señor", contestó San Martín, y trabó una acalorada discusión con Alvear, que empezó a hacerse tan seria que yo creí que algunos iban a levantarse con las cabezas rotas. Todos tomamos más o menos parte en la disputa. Alvear detestaba a San Martín, y este odio era recíproco. En Alvear obraba un sentimiento de envidia por el nombre glorioso de su adversario. En San Martín tenía otro origen el encono que profesaba a Alvear: era el conocimiento que de él tenía.

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