El regreso completo

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Elvio E. Gandolfo

GORDON JAY LISH nació en 1934 en Hewlett (Nueva York). Fue a la Phillips Academy, sin llegar a graduarse, aunque sí lo logró más tarde en la Universidad de Arizona, donde conoció a su primera esposa, con la que tuvo tres hijos, informa Wikipedia. Después se mudaron a San Francisco, atraídos por la ciudad que había cobijado a buena parte de la "generación beat" (Lish quería ser escritor). Allí fundó revistas literarias de vanguardia en cuyas páginas publicó gente como Neal Cassady, Ken Kesey o Allen Ginsberg. También en California Lish produjo una Gramática del idioma inglés, un libro de entrevistas, y una serie de lecturas grabadas. Mientras vivía en Menlo Park conoció a Raymond Carver, que "editaba" (corregía) material educativo en una oficina que quedaba frente a la oficina de Lish.

Separado de su primera esposa, Lish se mudó con la segunda a Nueva York. Allí entró como "editor" (corrector y guía, en el sentido estadounidense del término) de ficción de la revista Esquire, donde trabajó desde 1969 a 1976. Él mismo se bautizó como "Captain Fiction" (Capitán ficción). Ayudó a lanzar diversas carreras (Richard Ford y Carver, entre otros) y promovió la obra de autores como Cynthia Ozick, Don DeLillo, Reynolds Price, T. Coraghessan Boyle, y Barry Hannah, entre otros.

METIENDO MANO. Cuando dejó la revista Esquire, Lish pasó a ser el "editor" en jefe de la editorial Alfred A. Knopf, donde trabajó hasta 1995. En ambos puestos alentó la narrativa nueva, compiló dos antologías antes de irse de Esquire, y poco después la revista publicó un cuento anónimo, por primera y última vez, precedido por una nota explicativa. Quien esto escribe lo leyó en su momento, hasta la mitad: prometía demasiado, y terminaba siendo hueco. Llegó a especularse que podría haberlo escrito J. D. Salinger. Era de Gordon Lish y se llamaba "Para Rupert... sin promesas".

Lish publicó recopilaciones de relatos cortos y novelas. Organizó también talleres de escritura de un tipo peculiar: duraban entre cuatro y diez horas, y consistían sobre todo en lectura de textos de los alumnos, interrumpidas por Lish, en general para destrozar lo que acababa de oírse. Insistía en emplear realidades personales vergonzosas o difíciles. Un rastreo de testimonios de ex alumnos en Internet cruza ejemplos admirativos con acusaciones de farsante.

El paso a la fama de Lish fue desencadenado por él mismo. En la última década de vida de Raymond Carver, el escritor se separó de su primera mujer, Maryann Burk, y estableció una nueva pareja con la narradora y poeta Tess Gallagher. Su problema más grave en sus primeros cuarenta años de vida, cuando escribió la mayor parte de su obra, fue el alcoholismo. Cuando conoció a Tess, ya había logrado "desengancharse", y siempre agradeció explícitamente esa década final de reconocimiento definitivo y serenidad. Justo en esos años fue cuando se fue tensando la relación con Gordon Lish, hasta terminar en ruptura (ver El País Cultural N° 993, de 21/11/08). Motivo: Lish corregía demasiado. O mejor aún: cortaba demasiado. A partir de entonces el "editor" empezó a comentar verbalmente que quien en última instancia había escrito los cuentos de Carver era en buena medida él mismo.

Para quienes leyeron los libros de Carver en orden de aparición había un caso llamativo. En De qué hablamos cuando hablamos de amor el relato "El baño", de diez páginas más bien pequeñas, se convertía en un relato mucho más extenso y estructurado en Catedral, su última compilación propia. Es más: la mayoría de los cuentos exhibían una captación más matizada de la realidad de sus personajes; en general eran menos cortantes, sintéticos y crueles. En el caso de "El baño" el relato de la muerte de un niño se convertía en redención inesperada en las últimas páginas.

AL DESCUBIERTO. Las declaraciones verbales de Lish llegaron a oídos de D. T. Max, un periodista que publicó en el New York Times, en agosto de 1998, un largo informe, no solo sobre la intervención intensa de Lish en los textos de Carver (que le parecieron excesivas) sino también de las declaraciones irritantes de Tess Gallagher sobre su propia contribución en los cuentos finales de Carver, en especial Tres rosas amarillas. El escritor italiano Alessandro Baricco leyó la nota de Max, y viajó a Estados Unidos. Allí consultó el material de documentos y papeles vendido por Lish a la Biblioteca de Bloomington. Luego empezó a comparar. Y a abrir cada vez más grandes los ojos. Su extenso artículo, "El hombre que reescribía a Carver", fue traducido en el N° 83 de la revista colombiana El malpensante (diciembre-enero, 2008). La diferencia entre lo publicado y los originales era enorme.

Por fin, Tess Gallagher autorizó a dos especialistas para que compulsaran los cuentos de De qué hablamos cuando hablamos de amor con los originales de Principiantes (título original de Carver). Se tomaron un largo tiempo, y dieron a conocer, prolijamente anotadas las diferencias, la edición de los textos originales en un volumen que reúne todos los relatos de Carver, en la canónica colección The Library of America. Ese es el libro que ahora traduce Anagrama como Principiantes.

Su lectura impresiona y fascina, sobre todo con la edición de De qué hablamos cuando hablamos de amor al lado. Como promedio, Lish cortó aproximadamente la mitad de todo (y en dos casos, más del 70 %). El Carver "original" (en realidad el "editado") es un eximio renovador de Hemingway. El "segundo" (sin tocar) se acerca más a Chéjov. Incluso en el hecho de que la dureza de Hemingway a veces era producto del esfuerzo técnico, y la de Chéjov cortaba más hondo, por seca y sutil. En muchos cuentos cambian el sentido, los finales, incluso el nombre de los personajes. En un par de casos es mejor la versión corregida. Pero en la mayoría, Carver respira por fin con sus propios pulmones. Sin resignar nada de su voluntad de mirar con exactitud lo que narra, suena mejor.

Algo hay que reconocer: el olfato comercial de Gordon Lish es atinado (comercial en serio: crear un "autor importante", no un vendedor nato). Como título atrae más De qué hablamos cuando hablamos de amor que Principiantes. Su capacidad de síntesis extrema suena totalmente nueva, e impulsó con energía una supuesta escuela "minimalista" (en principio Carver, Richard Ford y Tobías Wolff) que los propios autores siempre negaron. En el caso de Ford y Wolff era evidente la insensatez porque sus relatos, intocados por Lish, respiraban más largo.

Un resultado inesperado del "caso" Carver ha sido un renovado interés por la obra del propio Lish. Se compiló un tomo con sus relatos completos, y su novela Perú acaba de ser traducida al castellano por el sello Periférica, en España. En cambio era más previsible que el ruido provocara también testimonios a favor y en contra de alumnos de sus talleres "existenciales". Leer unos cuantos va dibujando un perfil de auténtico personaje literario en él. Desde luego: al Gordon Lish real no lo conoce ni él mismo, como nos pasa a todos.

Una de las visiones más equilibradas de todo el asunto, y de la propia vida de Carver, de quien acaba de aparecer una biografía de Carol Sklenicka, es el extenso artículo que Stephen King dedica a ese libro y al volumen de relatos de The Library of America. Escrito para The New York Times fue traducido completo por la revista Ñ del diario Clarín.

PRINCIPIANTES, de Raymond Carver. Anagrama, 2010, Barcelona, 312 págs. Distribuye Gussi.

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