Daniel Mella
Philippe-Paul de Ségur fue nieto del ministro de guerra de Luis XVI e hijo de un cortesano y diplomático de Catalina la Grande. Al llegar su adolescencia, su familia se encontraba en la ruina y el exilio debido a la Revolución Francesa. Corría el año 1799 cuando el joven Philippe, pobre y sin trabajo, estaba a punto de resignarse a su destino y convertirse en un humilde copista, cuando un último viaje lo llevó a París.
Arribó a la capital el 18 brumario (9 de noviembre), en el mismo momento en que Napoleón y sus aliados tomaban el poder. No estando en condiciones de ser actor en este nuevo levantamiento, deseaba ser un testigo de él y se dirigió hasta las Tullerías, donde el general Bonaparte, habiendo sido elegido primer cónsul por el Concejo de Ancianos, arengaba a la guarnición de París para asegurarse de que estuviera en contra del Directorio.
Apoyado en la verja del jardín, contempló la escena. Rodeó el cercado probando todas las entradas hasta que llegó a la puerta del puente levadizo y vio que estaba abierta. En ese preciso instante salía un cuerpo de dragones luciendo sus capas y cascos, espada en mano, con "ese aire resuelto y orgulloso que los soldados exhiben al acercarse al enemigo decididos a vencer o morir."
La sangre marcial que corría por las venas de Philippe se agitó, supo que había encontrado su vocación y se alistó como soldado raso. Durante los doce años que siguieron se desempeñó como militar y diplomático. Poco antes de la fatídica expedición a Rusia fue ascendido a general, ocupándose exclusivamente de requisar alojamiento para el emperador y su séquito en cada pueblo o ciudad que la Grande Armée invadía.
LA CIUDAD VACÍA. La historia de la expedición rusa es archiconocida. Ha pasado a convertirse en una lección histórica y moral sobre los desbordes del orgullo y el poder. Napoleón, igual que Hitler casi un siglo y medio más tarde, estaba al frente de un imperio que empezaba a dar señas de vulnerabilidad. Gran Bretaña se negaba a capitular. La armada británica impedía toda invasión directa y Rusia se negaba a participar del bloqueo continental. Napoleón, igual que Hitler, necesitaba un triunfo fulgurante. Someter a Rusia significaría el aislamiento definitivo de Inglaterra y la posibilidad de finalmente negociar la paz en términos razonables.
La Grande Armée de Napoleón contaba con seiscientos mil hombres (poco más de la mitad eran franceses), ciento cincuenta mil caballos y mil cañones. Semejante ejército era como una ciudad voraz y ambulante. La estrategia del zar Alejandro, como la de Stalin años después, será de retirada y tierra quemada. El invasor no podía encontrar ningún alimento ni cobijo. Durante dos meses el ejército ruso no planteó más que alguna escaramuza ocasional; dejaban tras de sí pueblos evacuados y arrasados.
Para cuando llegó la batalla de Borodino, a catorce semanas de haber cruzado el Niemen, Napoleón contaba solamente con una cuarta parte de su ejército. Cuando arribaron a Moscú, eran noventa mil almas. Moscú era el corazón del imperio, la ciudad santa. Con sus trescientas iglesias y quinientos castillos, era la ciudad de las cúpulas doradas, el lugar donde se unía Europa con Asia en el comercio y la cultura. Napoleón quiso creer que los rusos se plantarían a defenderla y se encontró con una ciudad vacía que a la noche empezó a ser sacrificada en el fuego.
Los rusos habían dejado todo dispuesto para que la ciudad ardiera, habían abierto las prisiones y puesto en manos de los criminales parte de la ejecución del plan, y Napoleón y sus tropas se descubrieron en una situación paradójica y terrible: en lugar de tener a la gran capital como un campamento de lujo se vieron obligados a sufrir su destrucción y luego de escapar del fuego a poner sus tiendas a la puerta de la misma, y sin víveres. No habían perdido una sola batalla en toda la campaña y sin embargo era el vencedor el que ponía las condiciones.
El zar Alejandro no responde a las desesperadas misivas del emperador Bonaparte, exigiendo su claudicación y así, a medida que el otoño avanza, Napoleón concibe un último proyecto heroico, de avanzar hacia San Petersburgo, antes de aceptar que ha sido derrotado y de batirse en retirada. Para diciembre, con el invierno ya instalado, la Grande Armée consigue abandonar Rusia. Cuenta con unas pocas decenas de miles de almas.
EL ENEMIGO MÁS PODEROSO. En la pluma de Philippe-Paul de Ségur, esta historia aparece como la de la caída del héroe. Napoleón en todo momento es advertido por sus oficiales más cercanos de los peligros a los que se enfrentan y él decide desafiar al destino confiando en su buena estrella, en el poder que emana de su reputación. Toma todas las decisiones equivocadas y al final debe rendirse ante un enemigo infinitamente más poderoso que él, parecido a un dios: el invierno ruso.
El autor fue acusado por otros testigos presenciales de exagerar ciertos eventos. Por ejemplo, al cruzar el riachuelo Vilia, Napoleón ordena a un grupo de lanceros polacos a que sondeen el vado. En el testimonio de de Ségur, tres de ellos mueren ahogados no sin antes volver la cabeza y aprovechar sus últimas fuerzas para gritar: "Viva el Emperador." Al parecer, sólo uno de ellos murió y no le dio para lanzar ningún vítor antes de dejar la vida.
De Ségur es un bonapartista convencido y es fácil detectar a lo largo del libro su partidarismo. Lo publicó en 1824, doce años después de la expedición y cuatro después de la muerte de Napoleón, pero es evidente que continúa embelesado por la figura de su líder. Por otro lado, la versión con la que hoy contamos fue recortada por el nieto de Philippe-Paul. Dejó fuera todos los detalles de transporte y logística que abundaban en la primera versión, relativos al quehacer del autor.
El efecto es extraño. El autor, por más que estuvo ahí, no aparece en ningún momento. Nunca conversa con el Emperador ni nos dice lo que hace. Sin embargo, ve todo. Ve cómo sus camaradas se abalanzan sobre los caballos que mueren de agotamiento para devorarlos. Ve cómo algunos de sus camaradas se rehúsan a dar un paso más y se abandonan al frío, al costado del camino. Ve todo y nada lo toca, como una mosca en la pared o un novelista. De ahí tal vez provenga parte del encanto de este libro terrible, que sirvió de fuente a Tólstoi a la hora de escribir Guerra y Paz.
La derrota de Napoleón en Rusia, de Philippe-Paul de Ségur. Duomo, 2010. Barcelona, 220 págs. Distribuye Océano.