Felipe Polleri
SIEMPRE opiné que a un autor uno tiene que rechazarlo o aceptarlo en bloque. Bueno: mil veces sí a William Faulkner (1897-1962). Pero en este caso voy a traicionarme más de lo acostumbrado porque, pese a mi arrobada admiración, Faulkner siempre me provocó una leve, y a veces no tan leve, molestia. ¿O me molestan sus arrobados admiradores? Resulta que invariablemente se habla del tipo como de una mente maestra que creó un mundo, un mundo que dominaba como un dios omnipotente a su creación. Lo que es yo, sólo encontré la angustia de un hombre sobrepasado por su propio genio. Un hombre angustiado, cercado, acosado. Un hombre de corta estatura, alcohólico, que posaba de terrateniente sureño y experto en caballos (de los que se caía, dicen, borracho). No vi jamás ni por asomo al gran planificador, a la tal mente maestra, sino a una especie de agonista que continuamente se perdía en los vericuetos de su inagotable imaginación y tenía que pegar y coser, con mayor o menor decoro, materiales heterogéneos que podían corresponder a la novela de turno o a la siguiente. Como en la saga de Yoknapatawpha los personajes y lugares se repiten, cualquier cosa puede entrar en cualquier lugar. Engrudo, ¿vio? Y, como es natural, estos cortes provocan una caída de la tensión narrativa y, sí, muchos bostezos porque lo que nos interesaba era el "cuento" anterior. Lo dicho, sumado a larguezas innecesarias, produce… aburrimiento, ¿vio? No fue un novelista en el sentido que lo fueron Dostoievski, Tolstoi, Dickens, Kawabata, Singer o Jim Thompson. O Carson McCullers o Flannery O`Connor para hablar de novelistas sureños y contemporáneos del susodicho. Dicho esto, para fastidiar a los hagiógrafos de Faulkner, agreguemos que lo que no haya sido carece de importancia frente a lo que fue. Y fue un genio del heroísmo espontáneo y de la resistencia frente a la adversidad, encarnados en personajes aparentemente grises y sin valor. Y fue un genio de la fiebre y de la oscuridad, condenado como todos los sureños al infierno por su pasado esclavista y la consiguiente mala guerra bien perdida, por la violación y el linchamiento, por todos esos pecados blancos que el tiempo no mitiga. Y que la prosa torrencial y alucinada de Faulkner evocó mejor que nadie. Escritor agónico, dios cortado en pedazos, torturado por un dios más grande que él, mil veces sí a Faulkner. Mil veces sí a El sonido y la furia, Luz de agosto, Palmeras salvajes, Desciende, Moisés, ¡Absalón, Absalón! Y otras novelas mejor o peor cosidas por ese desgraciado, por ese hombre valiente que entre la pena y la nada siempre eligió la pena.