El arte y el horror

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László Erdélyi

AL CUMPLIRSE 10 años de los atentados del 11 de setiembre, un equipo de El País Cultural se propuso analizar en forma crítica cómo las artes y letras procesaron los hechos a lo largo de la década.

El cine y la televisión fueron, en mayor o menor medida, los vehículos para apuntalar el discurso "oficial", ese que busca evitar el duelo anunciando que "lo peor está por venir". Cuando tuvieron en sus manos películas o documentales que podían poner en peligro esos consensos, los soslayaron. La literatura dio muchas buenas piezas. Para este Especial se seleccionaron dos novelas, una de Don DeLillo y otra de Jonathan Safran Foer, por su capacidad para conectar con el universo íntimo de los afectados a través del horror y la belleza de cierta imagen. El periodismo tuvo en las páginas del semanario The New Yorker un foro exquisito, crítico y comprometido, que es revisado a modo de crónica. Las artes plásticas, a través de la fotografía de Trevor Paglen, ayudaron a quitarle dramatismo al gigantesco sistema de inteligencia con que se combatió (y se combate) a los perpetradores, y pensarlo en términos de valores democráticos. El foto-reportaje no se quedó en lo simbólico (las torres) y pasó pronto a explorar las miles de historias individuales trastornadas por el 11/S. El cine documental luchó por la verdad con algunas piezas valiosas, en un camino empedrado de mucho pensamiento conspirativo. La arquitectura, a su vez, busca devolver al World Trade Center de Nueva York la majestuosidad que tuvo, aunque dos vacíos simbólicos, los que dejaron las torres, ponen bajo una mirada crítica cualquier solución para ese espacio.

Faltan autores, obras, películas, novelas, algunas excelentes, la mayoría olvidable. La producción en estos diez años ha sido enorme. Pero casi todo lo que importa está.

Fue inevitable poner el énfasis en Nueva York, no sólo por el poder simbólico de las torres destruidas, sino por la idea moral que da carnadura a esa ciudad, la Gran Manzana, la nueva Jerusalén, el caldero donde conviven todas las razas, etnias y religiones como en ningún otro lugar del planeta. Es el símbolo de la diversidad, ese que el integrismo mental no puede tolerar.

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