Dos fotos de Joyce
Rafael Gumucio
TENGO AL LADO de mi escritorio dos fotos de Joyce que me recuerdan la vanidad de toda labor literaria. En la primera postal se ve joven y fuerte, parado frente a un invernadero, en el jardín de su casa de Dublín. Es un tipo lleno de futuro, con una silenciosa sonrisa, la mano en los bolsillos, la cabeza levemente agachada y un jockey blanco en la cabeza. Al lado tengo otra foto, el mismo Joyce unos diez años después. Un anciano achacoso, delgado, con anteojos muy gruesos, el pelo ralo, la boca glacial, los hombros incapaces de levantar hasta su traje, perdido en la terraza de un bar de París.
Entre las dos fotos hay dos libros, Retrato del artista adolescente, la descripción novelada de ese artista capaz de todo, que desafía a la cámara, que podría ser marino, ladrón, traficante o jardinero, y Ulises, donde ese artista adolescente usó y abusó de sus fuerzas, sus ojos, su mente, su cuerpo para hacerlos escritura. El libro donde este hombre perdió su patria y ensayó tantos lenguajes que se quedó sin el suyo. Después vendrá la ilegibilidad de Finnegans Wake, y el silencio que asaltará cada vez más al exiliado irlandés, obsesionado por algunas calles de Dublín y la literatura universal.
Escribir no es bueno para la salud, te obliga a ser tú mismo tantas veces al día que te pierdes. Este joven Joyce de mi foto tenía un mundo a sus pies, y tuvo que concentrarse en una parcela mínima de ese mundo y acumular sobre él sus recuerdos y sus lecturas. Para ver mejor se hizo ciego, para escribir mejor se hizo solo. Sus fuertes hombros, y su arrogancia, fueron golpeados una y otra vez. Profesor de inglés casi miserable, censurado, incomprendido, viviendo de los amigos, muerto de hambre, de frío y de orgullo, convirtiéndose en ese anciano prematuro, lector de empolvados volúmenes que escribe en una lengua inventada una y otra vez el mismo sueño del que ya ha perdido el sentido.
La muerte es el material de todo escritor. Joyce, el arrogante, pensó que podría enfrentar esa muerte y al mismo tiempo huir de sus efectos secundarios. Ahí está el joven del jardín, atrapado en París por sus obsesiones. Miro las fotos y me pregunto si podré yo salvarme, escribir y no agacharme y ser el resultado de mi escritura. Si podré aún en diez años más mirar el lente de la cámara desafiante, después de haber experimentado la impotencia de mi propio arte. Rezo por lograrlo, pero secretamente espero fracasar.
El autor
RAFAEL GUMUCIO nació en Santiago de Chile en 1970. Escribe para distintos medios chilenos e internacionales, es profesor en la Escuela de Literatura de la Universidad Diego Portales, y dirige el Centro de Estudios Humorísticos de la Facultad de Comunicación y Letras. Publicó: Invierno en la torre (1995), Memorias prematuras (2000), Monstruos cardinales (2002), Comedia nupcial (2002), Los platos rotos (2004), Páginas coloniales (2006), La deuda (2009) y Contra la belleza (2010). El texto sobre Joyce pertenece a La situación. Crónicas literarias (2010).