Martes 1 de Agosto de 1967
SIGO LEYENDO los diarios con una suerte de morbosa curiosidad y ligero sentimiento de culpa. [En el terremoto] han muerto algunas personas que conocía indirectamente: la hermana del dramaturgo Isaac Chocrón, que es uno de los talentos dramáticos más originales de América Latina; el escenógrafo uruguayo Ariel Severino que residía en Venezuela hace quince años. Los diarios explotan inevitablemente esa curiosidad. Hay fotos de carnet de las víctimas: fotos horribles por su misma mediocridad y por las alusiones a un contexto trivial. Hay instantáneas rescatadas de los escombros: una primera comunión, unas vacaciones en la playa [...] En la pantalla de televisión del hotel, que veo al pasar hacia mi cuarto o al bajar al comedor, se multiplican las imágenes, los discursos, los sermones. Cadáveres estratégicamente cubiertos son apenas mostrados mientras la voz de un locutor nos consuela y nos excita asegurándonos que esas imágenes no son las únicas, que hay otras demasiado horribles para ser mostradas.
Ésta es solo una cara de la moneda, hay que ser justos. La otra cara, la cara admirable, es el espíritu de valentía con que todo el pueblo venezolano soportó el terremoto. La otra cara es esa solidaridad de todos con todos que ha evitado los males subsidiarios de la violencia y el saqueo. La gente se ha precipitado a ayudar a los necesitados, las casas intactas son campamentos en que se recoge a parientes y amigos. Los estudiantes han corrido a juntar ropas y comidas para los que han debido ser evacuados de edificios que no ofrecían garantías. Y por unos cuantos días la tensión política tan honda que domina a Venezuela se ha aquietado ante una desgracia que no reconoce partidos ni credos. [...]
Miércoles 2
SEGURO que el Congreso habrá de realizarse. En la reunión preliminar que ocurre hoy en una sala de la hermosa Universidad se trazan los planes, modificados por el terremoto pero realizables al fin. Ya están casi todos los congresistas y han llegado las dos estrellas de la novela actual: Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez. Si Mario acaba de obtener el Premio Rómulo Gallegos (unos 22 mil dólares) por La casa verde, García Márquez le viene pisando los talones con el éxito de Cien años de soledad, que agotó en pocos días la primera edición de Sudamericana y que ya anda por la segunda. No se puede concebir pareja más despareja que la de estos dos novelistas que ahora el azar ha reunido en Caracas. No se conocían personalmente pero hace tiempo que intercambian cartas. Mario ha sido uno de los promotores más constantes de Cien años de soledad, desde que el manuscrito empezó a circular en París y que se adelantaron en revistas latinoamericanas algunos capítulos deslumbrantes. Pero verlos juntos es como ver vivos a Tom Sawyer y Huckleberry Finn. Porque Mario no es sólo el más flaubertiano de los narradores actuales, un verdadero stajanovista de la literatura, sino que es también un cumplidísimo caballero peruano que no tiene jamás un pelo fuera de sitio, que está siempre planchado y pulcro, que es la imagen misma de la corrección. Para García Márquez, en cambio, el ideal sartórico es el lejano oeste: su cuerpo anda ceñido en unos blue-jeans que fueron azules, y está siempre coronado por unas camisas a cuadros de colores chirriantes, o por unos inmensos sweaters de boxeador. Encima, García Márquez ostenta una cara de pistolero mexicano, toda llena de arrugas, de pelo enrulado e indócil, de bigotes puntiagudos: una cara de la que emerge la risa chispeante de sus ojos, la mueca triste de su sonrisa. Si Mario es todo ojos intensos y graves, cejijuntos, con una invasora sonrisa de dientes blancos, Gabo o Gabito (como llaman en Colombia a García Márquez) es un nudo de muecas, de pelos hirsutos, de frente acordeonada por el esfuerzo de contener el humor o el dolor. Truculento en su máscara hasta parecer una caricatura de sí mismo, Gabo es sin embargo la sencillez personificada; casi diría el ascetismo. Todo lo compuesto está en la superficie y es una composición de niño solo que juega a los cowboys. Debajo está una irresistible ternura y (ahora) la alegría de haber dado a luz al fin esa inmensa novela que llevó dentro casi veinte años.
Pero Gabo no está dispuesto a modificar su papel de niño travieso e irrumpe en la atmósfera más o menos solemne del Congreso como el más díscolo alumno en la fiesta de fin de curso. Se deja decir que no ha traído corbatas ni traje oscuro; hace circular la voz de que no está dispuesto a hablar en público; a los periodistas que vienen a recoger la sabiduría de sus labios les declara que sus libros los escribe su mujer pero los firma él porque son muy malos. Mario, en cambio, es infatigable en su labor de proselitismo literario. Acepta todas las entrevistas, contesta con la mayor sinceridad, distingue, separa y califica con la precisión de quien ha estudiado Letras en Madrid y se ha doctorado allí en ellas. Los periodistas se dan un festín con él, y las muchachas (periodistas o no) lo asedian como si fuese un galán de cine o un torero. Imperturbable, sonriente, educadísimo, Mario sobrevive a todo y da una lección de fina cortesía.
EMIR RODRÍGUEZ MONEGAL (Melo, 1921-New Haven, 1985) fue crítico literario y ensayista de vasta obra. Esta página está tomada del Diario de Caracas incluido en Obra selecta (Biblioteca Ayacucho, Caracas, 2003).