Llàtzer Moix
(desde Barcelona)
LA CAÍDA de las torres gemelas de Nueva York comprometió el futuro de todos los rascacielos. Su vulnerabilidad se convirtió en tema de discusión recurrente, y tomó cuerpo la idea de que razones de seguridad impedirían seguir construyéndolos. Diez años después, tal opinión se ha diluido. La zona cero de Nueva York es ahora mismo una de las obras urbanas más activas del mundo, un hormiguero con tres mil obreros trabajando febrilmente entre grúas, montañas de materiales de construcción y camiones de gran tonelaje. Las obras avanzan a ritmo frenético, en particular la torre One World Trade Center, que será el edificio más alto de Estados Unidos.
El 11/S acabó, pues, con las torres gemelas proyectadas por Minoru Yamasaki. Pero no con la tipología de los rascacielos. A poca distancia de la zona cero, en la calle Spruce, junto al ayuntamiento de Nueva York, se ha inaugurado esta primavera el primer rascacielos de Frank Gehry. Es un edificio de apartamentos de 76 plantas, revestido de acero inoxidable ondulado, que evoca la caída de una túnica cincelada por Bernini. Y no sólo Nueva York crece en altura. Londres tiene ya muy adelantado el Shard, un coloso de 87 plantas, diseñado por el italiano Renzo Piano. Con sus hechuras de afilada pirámide se convertirá, cuando se inaugure el año que viene, en el edificio más alto de Europa. Y qué decir de la torre Califa, presentada en 2010 en Dubai, que con sus 828 metros es el edificio más alto del mundo (y, también, un monumento a la insostenibilidad: en zona desértica, gasta un millón de litros de agua diarios).
Dicho todo esto, parece claro que los años que median entre los ataques del 11/S y el segundo decenio del siglo XXI han registrado sus novedades y transformaciones arquitectónicas. La apertura del Guggenheim Bilbao en 1997 marcó el inicio de una época particularmente gratificante para la llamada arquitectura espectacular, o icónica, con obras de considerable ambición firmadas por Gehry, Foster, Herzog & De Meuron y otros grandes de la arquitectura. Sin embargo, la verdadera y más prometedora revolución -o reinvención- arquitectónica es la que está cuajando ahora mismo. Pasados los tiempos de bonanza general, llegados los del ahorro y los recortes, empieza a perfilarse, también en el mundo desarrollado, una arquitectura marcada por el uso más razonable y contenido de los recursos naturales y económicos, la atención a las nuevas necesidades de habitación, la renovación del parque inmobiliario ya construido y el desarrollo de una inteligencia arquitectónica que optimice la relación entre los fines y los medios empleados en su logro. Una arquitectura, en definitiva, que no deslumbre por sus formas y alardes, sino por su prioritaria vocación de servicio al usuario y mejora de sus condiciones vitales.