De minero a escritor

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Guillermo Pellegrino

(Desde Antofagasta)

AL IGUAL QUE 18 y Ejido, la esquina del paseo peatonal Prat y La Torre de Antofagasta es, a las cinco de la tarde, un hervidero. Gente que va y que viene. Gente que entra y sale de los negocios. Gente. Pareciera como si a esa hora los 300 mil antofagastinos se hubiesen puesto de acuerdo en salir de sus casas. Sobre Prat, a pocos metros de la intersección de ambas calles, está el Café del Centro, con su terraza y sus grandes ventanales que, al igual que varios bares de Montevideo o Buenos Aires, invitan a una pausa.

Sentado en una de las mesas que están junto a la puerta, como abstraído del murmullo y con la vista perdida en el exterior, está el escritor Hernán Rivera Letelier, reciente ganador, con El arte de la resurrección, del Premio Alfaguara de Novela, uno de los de mayor prestigio en las letras hispánicas.

"A este café vengo todos los días. Leo y converso, y la mayoría de las veces me siento a mirar a la gente que pasa", dice, y da un sorbo breve a su cortado. "Observar a las personas es algo que me gusta y que hago desde cabro chico. Por eso es que ahora me jacto que con solo verlas, por su actitud y su modo de andar, las conozco bien", añade y al mismo tiempo le retribuye el saludo a una mujer sesentona, humildemente ataviada.

La situación es extraña: porque el escritor mira a la gente, y la gente lo mira a él. Y no solo lo mira: también se le acerca a conversar, a hacerle un comentario sobre algunos de sus libros o simplemente a felicitarlo. Ahora es el turno de dos jóvenes con pinta de estudiantes que se revelan como "fanáticos" de su literatura. Poco rato transcurre para que el entrevistador compruebe que Rivera Letelier ha logrado una distinción esquiva para muchos: la de ser profeta en su tierra, y llegar con su obra a los más variados grupos sociales y etarios. Y se lo comenta. "No es así", dice y suelta enseguida una aguda carcajada, muy suya. "Si yo le pagué a estos dos huevones para que vinieran".

Volver a contar su historia, la de un obrero salitrero que se convierte en un afamado escritor (buen tema, por qué no, para algún otro novelista), puede parecer a esta altura redundante. No así la de los 175 mil dólares del Premio Alfaguara que acaba de ganar.

EL MIEDO A LA POBREZA

-¿Cambió en algo su vida con este premio?

-No, no creo que me haya cambiado en nada… Bueno, en realidad sí: ahora tengo más abultada la cuenta bancaria (se ríe). Y en cuanto a la difusión de mi obra, tampoco creo que este premio cambie demasiado la cosa, porque en los países donde me van a publicar, ya estaban varias de mis novelas. Fíjate que antes de este premio a la última, La contadora de películas, que ya lleva como ocho meses en el mercado, me la compraron para traducirla a nueve idiomas. Puede que lo que ahora cambie sea el hecho de que mi obra esté un poco más a la vista. Pero no lo tengo claro.

-¿Y no le dan ganas de usar el dinero para cumplir algún sueño o comprarse algún bien material de los muchos que no pudo tener de niño?

-No, para ná… -asegura, con esa forma tan chilena de cortar la última sílaba de la palabra.

-¿Y qué hará entonces con esa plata?

- Principalmente asegurar a mi familia y ahorrar mucho. (Hace 36 años que está casado y vive con tres de sus hijas -el varón ya es independiente- y tres nietas). Soy muy austero. Tengo un solo par de zapatos: estos que me compré ayer -los muestra con un dejo de orgullo- . Los anteriores ya no daban más, me duraron años, tuve que botarlos… Es que fui muy pobre, y le tengo un miedo atroz a la pobreza.

-¡Qué tema ese! Me hace acordar a lo que decía El Gitano Rodríguez en su famosa canción "Valparaíso", aquello de que le tenía "un miedo inconcebible a la pobreza".

-¡Es que es así! Yo estuve 45 años de mi vida sumido en esa condición. Andaba con los zapatos rotos; más de una vez me tocó comer pan duro de tres días; y a veces no tenía ni para una taza de té. Dos por tres me asaltan pesadillas de que tengo que volver a trabajar a la mina. Y me despierto sobresaltado.

-Si bien sus novelas se sostienen por sí solas, ¿no cree que su historia personal ha contribuido, de algún modo, para que más lectores se adentren en su literatura?

-Al principio ayudó mucho, sin duda. Recuerdo que años atrás me molestaba el hecho de que los lectores se fijaran más en el personaje que en la obra, hasta que un día me dije: "A ver, si mi historia hace que se acerque más gente a mis libros bienvenida sea". La verdad es que tuve y creo que aún tengo un plus con ella. Pero ojo que cuando me premiaron por La reina Isabel cantaba rancheras nadie sabía quien era, ¿ah? (termina la frase con esa clásica muletilla usada para apoyar una afirmación, que en Chile suena con la letra a y no con la e, como en Uruguay).

CAMBIO DE VIDA. Rivera Letelier comenzó a dedicarse de lleno a la literatura en 1994 cuando, poco después de obtener el premio del Consejo del libro por su novela La Reina Isabel cantaba rancheras, dejó su trabajo en la mina Pedro de Valdivia, en pleno desierto de Atacama, y se compró una casa en Antofagasta adonde se trasladó con su familia. "Pasé de proletario a propietario", recuerda sonriendo. "Ahí mi vida dio una vuelta carnero completa".

-¿Pudo advertir, mientras lo escribía, que ese libro le iba a cambiar la vida?

-Sí, me di cuenta de que estaba haciendo algo muy importante cuando iba por la página 70.

-¿Y qué es lo que lo lleva a pensar eso?

-No lo sé, es difícil explicarlo. Fundamentalmente creo que es intuición, al ver cómo en esa novela se conjugaban el tono, la estructura, la atmósfera y los personajes.

EL DESIERTO. El escritor, nacido en la sureña Talca hace 60 años pero criado en la pampa salitrera, ha ambientado la mayoría de sus textos en el desierto de Atacama. Así sucede en El Fantasista, Mi nombre es Malarrosa, Los trenes se van al purgatorio, Fatamorgana de amor con banda de música, La reina Isabel cantaba rancheras y también en la premiada El arte de la resurrección, que cuenta las andanzas del Cristo de Elqui, un hombre que se creía iluminado. Es que el desierto de Atacama es la geografía que mejor conoce, y de la que poco saben las personas acostumbradas a la vida urbana, que suelen asociar al desierto con la ausencia de vida.

Nada más lejos de eso. El desierto, y en particular el de Atacama -el más árido del mundo- tiene una energía especial. El paisaje es colorido, variado e intenso, muy diferente al que a priori podría imaginarse. Por ejemplo, al ser atravesado por ríos subterráneos se forman pequeños oasis, como el pueblo de Toconao, entre muchos otros, que salpicado de verde ofrece de los más variados frutos a su población. Lo mismo que la gente que lo habita: porque a los atacameños originarios se sumaron personas que llegaron desde distintos puntos de Chile, atraídas por el trabajo en los 300 campamentos mineros que en algún momento llegaron a instalarse. Y cada una, como es de suponer, trajo consigo sus costumbres, sus canciones, sus leyendas.

Entrar entonces en la literatura de Rivera Letelier presupone un viaje a un mundo en el que destacan las más diversas historias y también folklóricos personajes como Cachimoco Farfán, un particular relator de fútbol afecto a usar términos médicos, o el boxeador Oliverio Trébol, que a pesar de su reciedumbre se enamora locamente de un travesti; o la niña Malarrosa, con su particular habilidad para maquillar cadáveres y encontrar cosas perdidas.

-¿Son estos personajes reales o fruto de la imaginación?

-La mayoría existieron, aunque no voy a negar que yo también les agrego ciertos condimentos -explica mientras extiende su mano para responder al saludo fugaz de una pareja- A algunos hasta se los puede ver caminando por Antofagasta, donde eligieron afincarse tras el cierre masivo de muchas oficinas salitreras.

-Cuando empezó a escribir, en los distintos pueblos del desierto donde vivió, no tendría a nadie para mostrarle o compartir lo que estaba haciendo ¿O sí?

-¡No! Estaba absolutamente solo. En los primeros tiempos yo escribía poesía ¿Y sabes lo que hacía? Había encontrado una biblioteca en Pedro de Valdivia (que comparado con otros era un pueblo bastante grande) donde sacaba libros de poetas consagrados, como Nicanor Parra, César Vallejo y otros, para comparar sus poemas con los míos. ¡Putai que te falta!, me repetía cada vez. De alguna forma no fue tan malo estar tan solo… ¿Y sabes lo que fue "muy bueno" (con comillas bien marcadas) para mi carrera literaria?

-No, ni idea.

-La dictadura.

-¡¿La dictadura?!

-Sí, porque en esa época escribía poemas contestatarios que por supuesto no podía publicar…

escribir y publicar. Se detiene súbitamente y fija la vista en un hombre que, algo encorvado y con un andar cansino, pasa frente al café. "¿Preguntabas por los personajes? Allí tienes a uno: El Choche Maravilla".

Viejo, pelado y desaliñado, El Choche Maravilla lejos está de ser aquel Casanovas de Coya Sur, descrito en El Fantasista. "Y… el tiempo pasa para todos". La frase oficia como cierre de ese breve impasse.

-... Te decía que, con el tiempo, me di cuenta de lo genial que es eso de escribir como quince años sin poder publicar, porque suele pasar que uno se arrepiente de textos que publicó cuando joven. Lo que me sucedió entonces fue que, cuando pude, elegí qué publicar. Y en el proceso de esa selección varias veces me dije a mí mismo: "menos mal que no publiqué esta hueá" -recuerda con esa típica expresión chilena, en la que vuelve a cortar la última sílaba y una letra de la penúltima.

-Cuando comenzó a escribir incursionó en la poesía y luego en el cuento, pero ambos géneros los abandonó para dedicarse de lleno a la novela. ¿Por qué?, ¿se sintió ceñido? ¿La estructura de esos géneros lo limitó de algún modo?

-No. Me pasé simplemente porque los temas que me fueron surgiendo no daban para cuento: daban para novela. Aunque a veces me pasa que, mientras estoy escribiendo una novela, me asalta una idea que es para cuento. Por ahí tengo guardados varios inéditos.

-No sé si alguna vez se lo puso a pensar: ¿Cuánto tendrá que ver el paisaje de la pampa, el de su crianza, con el escribir sobre todo novelas?

(Se toma un buen rato antes de comenzar a elaborar la respuesta).

-Nunca me lo había puesto a pensar… Pero ahora que usted lo dice creo que tiene mucho que ver, fíjate. Desde cabro chico yo tenía toda la pampa para jugar, era mi gran patio. Es que allí uno alcanza a ver hasta 80 kilómetros de distancia. No hay nada que te enturbie la vista. Luego entré a trabajar en las minas a cielo abierto, en medio de la inmensidad de la pampa, donde también tuve esa sensación de libertad, hasta el éxito de La Reina Isabel… , que fue cuando los jefes decidieron mandarme a trabajar a una oficina. Entre cuatros paredes me sentí preso, eché de menos el trabajo en la mina, la mirada infinita. Y ahora que hago memoria, en esos meses, como "encajonado", escribí varios cuentos. Algo que no se dio con asiduidad después, porque los temas que me fueron asaltando han sido, en general, como la propia pampa.

Cine en el desierto

EL PRODUCTOR francés Vincent Juillerat ya conocía la obra de Rivera Letelier cuando leyó La contadora de películas y se convenció de que esa era la historia que quería contar en cine. Adquirió los derechos de la novela y persuadió al director brasileño Walter Salles (Estación Central, Diarios de motocicleta) de que era un film ideal para él. Salles aceptó no bien conoció el texto de Rivera Letelier: ha dicho que la novela lo impactó por su mezcla de humor y drama y sobre todo por la pasión por el cine de su personaje.

La contadora de películas narra la historia de una niña que en los años de auge de la industria salitrera se hace famosa contando en medio del desierto las películas que ve en el cine. Se las cuenta a su familia, a sus vecinos. y lo hace tan bien que ante la llegada de un nuevo film en el poblado juntan monedas y la envían únicamente a ella a verla. Al principio lo hacía solo para su familia, luego su destreza para narrar la convierte en una figura famosa a la que espera impaciente todo el pueblo, y llega a vivir de ese oficio hasta que la televisión la deja sin trabajo.

La pre-producción se inició a principios de 2010 cuando Juillerat y Salles estuvieron visitando el desierto de Atacama, uno de los posibles lugares de rodaje. La película se rodará en el 2011, luego de que Walter Salles culmine su versión de En el camino, basada en la novela de Jack Kerouac. El director parece estar entusiasmado con las adaptaciones de obras literarias: también tiene en carpeta una versión de la novela del salvadoreño Junot Díaz, La maravillosa vida breve de Oscar Wao, premiada con el Pulitzer.

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