Andrea Blanqué
Contra todos aquellos que viperinamente sostienen que Europa, agotada su creatividad, está rescatando muertos para que sus editoriales vendan (Sándor Márai, Irène Némirovsky, etc.), llega al español una nueva publicación de esta última, que demuestra cuán errados están estos partidarios de teorías conspirativas.
Némirovsky merece ser leída no para suplir la supuesta esterilidad de los escritores europeos, sino porque es una demostración de que el arte, en este caso la literatura, puede sobrevivir a las circunstancias extremas de aquellos que la producen. Conjeturar si morir en Auschwitz y alcanzar la gloria literaria en el siglo siguiente es un atractivo marketing, es terrible y a la vez seductor.
Lo cierto es que el azar lo quiso, y desde 2004, en que se editó por primera vez Suite Francesa (cuyo manuscrito guardaron celosamente sus hijas), las reediciones de los libros inéditos y publicados en vida por Irène no se detienen.
Ahora llega El caso Kurílov, muy diferente a la obra más famosa de Némirovsky (Suite Francesa). Es breve e intensa, casi una nouvelle centrada en el alma de un individuo, en lugar de aquel ensamble polifónico, la larga obra nunca finalizada y que sin embargo la llevaría a la posteridad.
Pero no se trata simplemente de extensión o de cantidad de personajes. El caso Kurílov surge de recuerdos, de hipótesis, es un texto escrito muchos años después de los hechos vividos por Némirovsky en Rusia: el ascenso del bolchevismo y de un grupo de jóvenes idealistas, que deriva en una carnicería general. Escrito en Francia, mucho más tarde, tiene ese distanciamiento de lo sucedido en otra vida, en otro mundo, en otra dimensión. En cambio Suite Francesa es in situ: Némirovsky la escribió con letra minúscula en el escaso papel que se conseguía durante la guerra, en la Francia ocupada.
En El caso Kurílov, un hombre enfermo de tuberculosis desde la infancia, que vive solo en Niza, es reconocido en 1931 por otro ruso que lo había perseguido en 1903. El enfermo, que se hace llamar León M., se hace el tonto pero sabe muy bien quién lo ha reconocido. León M. tiene solo 50 años, pero ha estado involucrado con la revolución y el terrorismo desde la cuna. Quien lo reconoce, años después, es un ex policía del Zar. Que un ruso blanco y un ex integrante de la Checa se hallen en Francia en 1931, muestra el absurdo de ciertas masacres históricas, donde víctimas y verdugos aparecen indiferenciados.
Hay comentaristas que ven en esta novela un cierto relativismo. El "Cachalote" Kurílov -siniestro ministro de Instrucción Pública del Zar- visto por el futuro asesino, en su intimidad parece humano. Después de todo está enfermo de cáncer y aún enamorado de su esposa, una posible ex prostituta. Según esto Némirovsky continuaría su línea de mostrar personajes ambivalentes y complejos, usando su talentosa lupa sobre la psicología humana. Pero en verdad el Cachalote merece estallar en pedazos en el atentado que se le perpetra. Es un monstruo: mima a su mujer y sufre dolores del cáncer, pero está sediento de sangre y lleno de odio.
El que verdaderamente es asesinado sin justicia es el propio asesino, chico tuberculoso y enclenque que, al matar, simbólicamente se mata a sí mismo. El hecho de matar es un antes y un después en la vida de un ser humano: así, un muchacho culto e idealista, con esa bomba en la mano, no solo hace estallar al otro sino que estallan para siempre sus propias fronteras. Él también, que era un hombre, se convierte en un monstruo. También entra al país del Mal. Un día un periodista le preguntará a cuántos mató mientras estuvo en la Checa... y no podrá recordar la cifra.
EL CASO KURÍLOV, de Irène Némirovsky, Salamandra, 2010. Barcelona, 155 págs. Distribuye Océano.