Fabián Muro
Más o menos una vez por semana, Eustaquio Gadea se sienta a tomar un café y charlar con su barra de amigos en un bar de 8 de Octubre y Batlle y Ordóñez. Ahora que el clima lo permite, el grupo de veteranos -Gadea ya tiene unos 80 años- deja abierta la ventana que da hacia la avenida que todos siguen llamando Propios.
No es para respirar las emisiones de los caños de escape de autos, motos y ómnibus sino para complacer a Gadea, que tiene una afición peculiar: medir el nivel de ruido de la ciudad.
Con un aparato que registra el nivel del volumen que produce la calle, y que se expresa en decibeles, Gadea canaliza un interés que cultiva desde hace más de 40 años. El ex profesor de enseñanza secundaria y perito judicial en accidentes de tránsito llega a registrar niveles de volumen por encima de los 100 decibeles, cuando se sabe que cualquier transgresión a los 80 decibeles es nociva para el oído humano.
El ruido es tan solo uno de los contaminantes de Montevideo: están los residuos que desbordan cualquier instalación pensada para contenerlos, agrotóxicos que impregnan parte de los suelos y las aguas de la ciudad y fluidos industriales que se vierten clandestinamente en arroyos y corrientes.
La calidad del aire que respiramos es de aceptable a buena, aunque algunos atribuyen esa calidad a nuestro subdesarrollo industrial y nuestra privilegiada topografía y situación geográfica. "En lo que hace a nuestro aire, Dios es uruguayo, nos dio y nos sigue dando una gran mano", dijo una experta en el tema.
Más allá de que las odiosas comparaciones relativizan todo (y en ese sentido está "mejor" que otras ciudades), Montevideo sufre bajo el peso de algunos de los agentes contaminantes que se cuelan en la vida de la ciudad. Y será peor si no se toman algunas medidas imprescindibles para asegurar una calidad de vida aceptable.
BAJEN EL VOLUMEN. El ruido es un contaminante particular. Como explica la ingeniera Elizabeth González, de la Facultad de Ingeniería, se trata de un agente que cuando desaparece no deja rastro. A diferencia de una bolsa de plástico, un plaguicida o una batería de litio descartada en la tierra, cuando el ruido desaparece no hay un efecto residual que siga perjudicando.
Sin embargo, desde la Revolución Industrial, el ruido y sus consecuencias son parte indisoluble de la vida urbana. "Sigue habiendo una percepción muy arraigada que asocia al humo negro que sale de las chimeneas y el ruido de las fábricas con el progreso y el avance. Y eso no es así. No es imprescindible, ni por supuesto deseable, vivir en una ciudad ruidosa y con aire contaminado", comenta González, quien también se ha dedicado recientemente al estudio de la contaminación atmosférica y colaboró con la Dirección Nacional de Medio Ambiente (Dinama) en la elaboración del Primer Inventario de Emisiones de Uruguay (ver recuadro). Acaba de regresar de Medellín, donde estuvo asesorando al gobierno colombiano en la elaboración de protocolos para la medición y la gestión de ruido.
La académica agrega que hay una correlación entre el ruido y la agresividad: "cuanto más ruidosa es una ciudad, más violenta es".
El primer estudio sobre el nivel del ruido en Montevideo, conocido como Mapeo Acústico, se hizo en 1999 por parte de la intendencia. Fue el mejor hasta ahora. La calidad de las mediciones de la contaminación sonora no ha vuelto a alcanzar el rigor de ese estudio. Además, durante siete años ese estudio dejó de hacerse.
La oficina encargada de llevar a cabo ese trabajo es el Servicio de Instalaciones Mecánicas y Eléctricas, dependencia de la División de Desarrollo Ambiental. Ahí, un único becario tiene como tarea acudir, cuando puede, a todos los 158 puntos elegidos para -sonómetro en mano- registrar el ruido que produce Montevideo con sus vehículos, fábricas, altoparlantes y otras fuentes. Esa falta de recursos humanos es en buena medida la razón por la que el estudio para este año venga con mucho atraso.
Sandra Vittorino, vicedirectora de la oficina, señala que una vez concluido el estudio 2009, posiblemente arroje un promedio de ruido que ronde los 100 decibeles, medición inaceptable para la calidad de vida. Hay una razón específica para que este año sea particularmente dañino para los oídos: las elecciones. "Trastoca todo. Los parlantes, las marchas, las bocinas, las grandes conglomeraciones de gente. Todo eso hace subir los índices y no es una situación normal".
Juan Manuel Torterolo, el becario que hasta ahora lleva el sonómetro a los lugares escogidos para el Mapeo Acústico, explica que el estudio realizado en 1999 fue mucho mejor, por la sencilla razón de que se contaba con mayores recursos humanos y se hacían mediciones que duraban más que los 15 minutos de los que él dispone. "Es complicado comparar dos estudios llevados a cabo en condiciones distintas, pero haciendo esa muy importante salvedad, lo que he notado es una tendencia a la baja en la contaminación sonora, algo que me sorprende".
Vittorino coincide con Elizabeth González en que la contaminación acústica no es una de las urgencias en la agenda ambiental de la ciudad. "Tenemos problemas más acuciantes, sin duda", dice y agrega que por el ruido del tránsito se reciben apenas dos o tres quejas al año. Por ruidos industriales o de boliches, en tanto, el promedio son seis quejas por semana.
El otorrinolaringólogo Milton Rizzi señala una característica peculiar del ruido. "Es algo muy subjetivo. Una persona que deja el escape abierto de su moto disfruta de eso y ese `goce` de alguna manera lo protege del daño. No se sabe muy bien cómo ni por qué".
Y es adictivo. "Como cualquier otra adicción, uno necesita consumir ruido en cada vez mayor cantidad", explica González. "Quien se acostumbra desde temprano a un lugar ruidoso va a requerir un nivel cada vez mayor para sentirse estimulado".
Esto, claro, no es el principal problema de la contaminación sonora. Como cualquiera que se haya movido por la ciudad durante las últimas semanas pudo comprobar, son los ruidos que invaden nuestro espacio los que generan los perjuicios. Los daños, según Rizzi, son muchos. "El ruido intenso provoca muchas cosas: cefalea, alteraciones de la función pupilar, tartamudez, insomnio, nerviosismo y aumento de la presión arterial, palidez cutánea, disminución del rendimiento físico, ataques epileptiformes, trastornos menstruales, entre otros".
Por eso el martes a las cuatro de la tarde, 18 de Julio y Ejido era una esquina insalubre. Allí se acumulaban el ruido de un taladro rompiendo la vereda, el escape de los autos, los ómnibus arrancando de la parada y un par de parlantes con jingles políticos.
Lo que no se pone en duda es que más allá de prioridades y urgencias, la ciudad tiene una deuda con lo que la ingeniera González llama la "gestión del ruido". "Tenemos una ley de prevención de contaminación sonora de 2004 que aún no está reglamentada, porque el ruido sigue siendo algo de competencia departamental. Eso está pendiente". La normativa montevideana en materia de ruidos, según el informe ambiental Geo 2008 -realizado entre otros por Dinama y el Programa de Naciones Unidos para el Medio Ambiente- ya tiene 35 años de antigüedad.
AGUA QUE NO HAS DE BEBER. Ese mismo informe, calificado por varias fuentes consultadas como una adecuada recopilación de los indicadores más relevantes hasta la fecha, indica que 80% de todas las industrias uruguayas registradas por Dinama está concentrada en Montevideo y su área metropolitana. La mitad está ubicada en el casco urbano.
Esa concentración resiente la calidad de las aguas superficiales de la ciudad. El geógrafo y master en Ciencias Ambientales, Marcel Achkar, trabaja en la Facultad de Ciencias y estima que existe un adecuado nivel de conocimiento sobre el estado de las aguas. De acuerdo a su visión, el monitoreo que se hace es bueno y ha sido constante.
Eso no necesariamente significa que se esté más cerca de subsanar alguno de los problemas más graves que afectan a los arroyos montevideanos. "Los principales problemas son los vertidos clandestinos de algunas empresas y la cantidad de residuos sólidos que van a parar a los arroyos".
Para Achkar, los arroyos Miguelete y Pantanoso siguen siendo los problemas más graves. "No se ha logrado suprimir las fuentes que contaminan a esos arroyos. Y es impensable pensar que con los niveles de inversión que actualmente manejamos vamos a poder recuperarlos pronto".
Si la ciudad de Montevideo dispusiera de mil millones de dólares, el académico estima entre risas que sería posible poner a punto el Miguelete y el Pantanoso en apenas tres años. "Pero con los niveles actuales de inversión nos puede llevar 10 años", calcula.
Cuando Achkar habla de la recuperación de esos arroyos tiene en mente metas más modestas que, por ejemplo, alguien pueda darse un chapuzón. "No, no, no… eso de ninguna manera", afirma con énfasis. Tampoco se verán cisnes de cuello blanco en un futuro más o menos cercano, como había prometido el ex intendente Mariano Arana. Achkar se refiere apenas a un nivel "aceptable" de contaminación y sin basura a la vista.
Otro de los puntos sensibles de las aguas montevideanas son las playas. El ingeniero Carlos Mikolic, del Equipo Técnico de Educación Ambiental, destaca que ya son seis las playas certificadas con la norma ISO 14.000. "Es una certificación a la gestión, no a la calidad del agua. Pero nunca te la darían si la calidad del agua fuese inaceptable. Sí tenemos problemas con que está desapareciendo la arena de nuestras playas, y por los residuos sólidos que llegan a ellas, ya sea por acción de la gente o por actividades que se desarrollan cerca de las playas, como ahora, que los partidos hacen parte de sus campañas en la rambla".
Con todo, hay aspectos positivos en la calidad ambiental de la ciudad. "Montevideo tiene varias ventajas respecto a otras ciudades del continente", dice la directora de la Red de Monitoreo de la Calidad del Aire de la intendencia, Gabriela Feola. La topografía de la capital es mucho más favorable para la calidad del aire que respiramos que Santiago de Chile, por ejemplo.
Sin embargo, no se puede comparar una ciudad de algo más de un millón de habitantes y una topografía privilegiada y cercana a la costa con las mega-urbes latinoamericanas. La enumeración de Feola de ciudades con serios problemas de contaminación atmosférica (San Pablo, México, Santiago y otras) no es pertinente. "Estamos muy lejos de eso", concede.
"El año pasado, el único `evento` que tuvimos", continúa la directora, "respecto a la contaminación atmosférica, la única anomalía, se debió a las cenizas de un volcán externo a nosotros. Eso confirma que es un tema complejo, porque cuando hablamos de contaminación atmosférica dejan de importar las fronteras, es algo que nos puede tocar sin que seamos responsables de haber contribuido a esa contaminación".
Aún así, Montevideo no está exenta de lo que pueden llegar a ser problemas de mayor seriedad. Para Feola hay tres puntos de la ciudad que representan un llamado de atención: la central termoeléctrica de UTE, la refinería de Ancap en La Teja y el puerto. "Son posibles amenazas para la calidad de nuestro aire. Si se piensa en el puerto, no se puede solo considerar la cantidad de barcos que van y vienen. También hay que relacionarlo con los movimientos de camiones que esa actividad comercial significa para la emisión de gases contaminantes".
Desde Ancap se explica que "la gestión de la calidad del aire urbano requiere que -junto con la mejora de la calidad de los combustibles- se implementen adaptaciones en los vehículos, desarrollo y mejoramiento de los sistemas de transporte público, programas de inspección y mantenimiento de vehículos, a fin de controlar las emisiones y mejorar la calidad del aire".
Por ahora, sin embargo, las medidas necesarias para conseguir los sin duda loables fines expresados en la respuesta oficial de Ancap son meras expresiones. En otra parte de la respuesta, se afirma que se "está llevando a cabo el Proyecto de Gas Oil y Gasolinas de Bajo Azufre, que implica la incorporación de nuevas unidades de proceso en la refinería La Teja, con la finalidad de reducir en forma significativa el contenido de azufre del gas-oil y las gasolinas".
En la parte final del informe Geo 2008, se plantea el escenario ideal para alcanzar lo que se define como Uruguay realmente natural 2025. Habría que alcanzar los siguientes logros: caída en la generación de residuos; aumento de reciclaje, prohibición de basurales; buena educación ambiental e información transparente, para saber quién contamina, cómo y cuánto.
Una página más adelante en el informe -bajo el título Los escenarios hoy- se explicita parte del diagnóstico efectuado por quienes elaboraron el voluminoso estudio de más de 350 páginas: "...hoy nos podemos encontrar con una peligrosa situación de vertederos, un gradual aumento en la contaminación (...) un pobre tratamiento de residuos industriales, cultura del consumismo (...) falta de coordinación intergubernamental". Las condiciones favorables actuales también son consignadas, aunque ocupan, de manera previsible casi, una extensión mucho menor.
Eso no amilana a quienes, como Elizabeth González, confían con firmeza en el poder transformador de la ciencia y la política. "Tenemos un decreto de impacto ambiental desde hace 15 años, hay una conciencia mucho mayor acerca de los riesgos y los límites que impone el medio ambiente. Y nuestro país salvó un examen muy exigente: la instalación de Botnia. No adhiero a una visión apocalíptica sobre este tema" .
Cuando la política frena el saber
En la ronda de consultas que se realizó para la elaboración de este informe, muchos destacaron las buenas relaciones inter-instucionales para encarar los proyectos. Pero un dato fundamental a conocer -el tamaño del parque automotor de la capital- fue imposible de obtener. ¿La razón? La ya mítica guerra de patentes entre los municipios. No todos los autos que circulan por las calles de la capital -y contribuyen a contaminarla- están empadronados por la IMM.
Más difícil de lo que se creía
Sólo el año pasado, la intendencia capitalina recogió cuatro toneladas de pilas. La cantidad total de pilas que los montevideanos descartamos no se sabe a ciencia cierta, pero todos los expertos consultados coinciden en que las unidades que suministran energía a un sinfín de aparatos representan uno de los elementos más peligrosos para el medioambiente. Cuando se tiran, las baterías pueden desprender mercurio y cadmio, sustancias altamente tóxicas. Si bien existe una red de contenedores en la ciudad especialmente pensada para la recolección de baterías, aún no se ha encontrado una solución definitiva para el reciclaje o la destrucción segura de las baterías. Hasta el momento, las baterías son almacenadas en la terminal Felipe Cardozo, a la espera de una metodología adecuada y segura para su gestión. En la IMM, el ingeniero Carlos Mikolic dice que la comuna está tratando de rehacer y relanzar la campaña de difusión y recolección de baterías, porque hasta ahora no se han logrado los resultados deseados. También es necesario porque la tecnología ha cambiado. "Hay muchas empresas que ya cambiaron sus métodos de producción y fabrican pilas `ecológicas`". Según Mikolik no tiene sentido recolectar todas. "Sí hay que tratar de recolectar las baterías tipo `botón`, que siguen siendo altamente contaminantes", afirma. "Tenemos , además, que fomentar el uso de la pila recargable y también empezar a conversar con las empresas del sector de telecomunicaciones e incorporarlas a esto, porque las baterías de los celulares también contaminan. Por ahora, es una asignatura pendiente".