César Bianchi
Un playmobil al lado de un Superman sin la capa, el personaje de Luisa Lane en la tapa de una Playboy de los ochenta, un water, un servilletero herrumbrado, rodillos de papel higiénico, cassettes vírgenes basf, muñecas de plástico, de goma, de lana, chupetes que no le llegaron a Ultratón, placas de computadoras, radios de autos, equipos de audio, calculadoras, garrafas, neumáticos, chapitas, canutos, cd`s, vaqueros usados, bucitos usados, remeras usadas, calzoncillos, bombachas, gevral, catespine, dpa, prozac y otros antidepresivos. Biblias y calefones.
Todo eso y mucho más se puede encontrar en las periferias, el costado ilegal de las ferias regulares, controladas por los centros comunales zonales de la Intendencia Municipal de Montevideo (IMM) y el Área de Defensa del Consumidor (Adeco) del Ministerio de Economía y Finanzas (MEF). O esas cuadritas donde veteranos y jóvenes desempleados se la rebuscan como pueden (y los dejan) para sobrevivir. Donde las cosas tiradas ahí, sobre una mantita, valen cinco, 10, 30, 50 pesos y cualquier pequeña venta siempre sirve para la comida diaria.
DE TODO TENGO. Manuel Pérez tenía trabajo. Cargaba y descargaba cajones de frutas y verduras en el Mercado Modelo. Pero eso fue hace tres años, cuando entonces la cosa se complicó. Ahora es "changador", dice. Revisa contenedores, pide cosas y las vende en la feria, y está siempre dispuesto a alguna carga y descarga de cajones que se presenten en las ferias que visita. "Me voy revolviendo. Se puede decir que uno puede comer todos los días. No es fácil, pero no es cosa de descuidarse tampoco. Salgo a buscarme el peso, porque si no, no da".
Muchos como Manuel, que hoy tiene 36 años, hacen todo un circuito de ferias. Los viernes va a la de Reducto por la calle Rocha, los sábados y martes a La Teja, los domingos a la de Carlos María Ramírez. "La ganancia es variable: un día podés hacer 200 pesos y otros 40 o 50". Para ganarse ese jornal llega a las 9.30 y se va a la una de la tarde de la calle Rocha, por ejemplo. Es el único que trabaja en su núcleo familiar, porque su señora padece una discapacidad. Tiene tres hijos y no han pasado sobresaltos. Las gemelas Ana Belén y Ana Lucía, de 11 años, andan muy bien en la escuela, a Juan Manuel de 9 le cuesta un poco más. "Ahora, con las laptop del Ceibal andan bien", dice.
Manuel tiene una oferta variada. Entre otras cosas vende repuestos de cocina y de computadoras, cubiertos viejos, termos sin los tapones, un sartén sin el mango, platos usados, la manguera de un duchero, paneras y una piedra de mármol que ni él sabe qué es. "Debe ser un adorno... ponele que lo venda a 20 pesos", cuenta. Y, como la mayoría, vende ropa usada que la gente le da cuando anda deambulando por las calles con su carrito. Es ropa "sana", dice, porque no tiene agujeros y puede ser usada por otra persona, tantos años después de su primer uso.
Manuel trabaja siempre al lado de Luis Palacios, de 33 años. Forman una suerte de cooperativa solidaria tácita: si uno vende más que el otro, se reparten las magras ganancias.
Luis es feriante -o periferiante en realidad- de toda la vida. Lo suyo es una tradición familiar y agarró la "changa" como un oficio. Dice que hace 30 años que vive "de esto": su madre lo llevaba a las periferias que visitaba y lo dejaba sentado al lado del abuelo. Hasta que una vez le dio unas monedas y le dijo que le llevara un cambio a un cliente y le avisara que tenía aquello que andaba precisando. No tenía edad escolar cuando se convirtió, en ese momento, en periferiante. La madre hacía lo que hace él hoy: le pedía a la gente cosas que ya no usaran, revisaba la basura (ahora en contenedores o volquetas) y después la llevaba a la periferia.
Fue hasta tercero de escuela y prefirió seguir en la calle. "Antes no todos tenían la libertad asegurada. Yo preferí ir a la calle y trabajar. Después de grande trabajé -dice, en alusión a un empleo formal- pero no me dio para mucho. Hoy tengo cinco hijos y se me dificulta llevar un mango a casa, pero lo llevo", sostiene orgulloso, y deja ver su dentadura a la miseria, uno de los motivos de la dificultad para el acceso a un trabajo con todo en regla.
Al lado de un rallador de queso hay una radio de auto. Cuando va enumerando las cosas que ha juntado para vender y llega a la radio, hace una aclaración: "mirá que no la robé, eh. La saqué de la calle. Pero no hay un comprobante, entonces si voy a la volqueta y hay una radio tirada, ¿a quién le pido un certificado por si me para la Policía por h o por b? Mirá que la gente tira cosas que no tienen pie ni cabeza".
Tiran televisores 20 pulgadas y funcionando a las mil maravillas, tiran sofás. A Luis le han regalado, de generosos nomás, varios muebles, notebooks y hasta una heladera con freezer. La radio la vende a 200 pesos y con un transformador puede comprobar frente al cliente si funciona o no; sin embargo, no tiene cómo probar si la impresora está en condiciones aceptables.
Luis interrumpe la charla para decirle a una señora mayor que el percherito de madera vale 40 pesos (Manuel lo vende a la mitad). Y sigue: "Llevo comida todos los días a casa. Pero a veces me he puesto a pensar que hay otras necesidades más. Un sólo día pasamos hambre y no hubo nada para comer. ¿Qué hice? Me la tuve que bancar. Sentí odio, bronca, rabia, pero me la tuve que bancar. No tengo antecedentes y no quiero tener", insiste.
"No te digo que tomo cocacola todos los días o como tallarines, pero mal o bien todos los días me da", dice a las 11.30 horas, con 75 pesos en el bolsillo tras haber vendido un vaquero a 50 y una maquinita de marcar ravioles a 25. "Cuando necesito algo, salgo a la calle, busco y vengo a la feria". Otra señora le pregunta por el perchero. "Cuarenta", repite, y la mujer se va.
ILEGALES PERMITIDOS. La IMM reconoce que las personas que venden mercadería usada en las periferias están incumpliendo la reglamentación municipal. "Hay gente que se gana el sustento allí. La inclusión social no pasa por expulsarlos del sistema, sino por integrarlos al mismo. Eso implica que vendan un producto vendible en vía pública", explica Carlos Varela, director de la división Promoción Económica de la comuna. Varela explicó que cada centro comunal (CCZ) se encarga de inspeccionar y regular las ferias y periferias montevideanas, pero insistió con la idea de "dejar hacer" a quienes más lo necesitan: "Hay una vía represiva y otra inclusiva. Nosotros estamos por el lado de la segunda. A los que ponen las cositas que encontraron o les dieron porque pasan necesidades me niego a entrarles por el lado imperativo, hay que irles con soluciones. Pero están los oportunistas, que se ubican una cuadra después que terminó la feria y te sacan una ferretería a la calle o venden frutas o quesos, a los efectos de comercializar sin tener responsabilidades". Ellos son su prioridad a la hora de fiscalizar y exhortar a que se regularicen, según Varela, quien de todos modos, no tiene datos concretos.
Los hermanos Morales pertenecen al primer grupo al que hacía referencia Varela: venden cositas por necesidad. Karina (26) y Leonardo (29) ofertan peluches que fueron de sus hijos al lado de cables de todo tipo, carteras, sellitos de tinta, una plancha (de la familia) y varios joysticks. Las prendas usadas no cuestan más de 20 o 30 pesos. "Más no le sacás", señala Karina.
Leonardo Morales sale a la calle a "requechar" y pedir si-tienen-algo-que-les-sobre, su mujer Dorita a veces lo acompaña y su hermana Karina se suma de viernes a domingos atendiendo los dos metros "ocupados" de periferia. Karina no trabaja, dice que se anotó "¡hasta en la Policía!" y no consiguió empleo. Y según Dorita, a su marido tampoco lo toman en ningún lado. Lo "discriminan" porque le faltan dientes. "¿Y a mí con 46 años quién me va a tomar? Yo cuidaba enfermos antes, Leo trabajaba en un depósito de una fábrica de plástico y Karina cuidaba niños. Pero ya no se consigue trabajo. Está duro y por eso hacemos feria", reivindica Dorita.
Es el mismo motivo que lleva literalmente a la calle -a vender en ella, pegado a las ferias- a hurgadores de todo tipo. Ya lo hacían antes de la crisis económico-financiera de 2002, aunque según Varela, de la intendencia, crecieron un 30% desde entonces.
Hay otros buscavidas en las periferias.
Juan Aguirre va todos los sábados a la calle Salto, en el barrio Palermo, y allí vende ropa y "artículos para el hogar", tal como define a jugueras, licuadoras, tostadoras y sartenes viejas e incompletas. Juan sólo "hace feria" los sábados y los domingos en Tristán Narvaja, porque el resto de los días tiene un oficio más redituable: es cuidacoches frente a la Médica Uruguaya en Bahía Blanca y Presidente Berro. Mientras que los mediodías sabatinos se vuelve a su casa con "tres o cuatro gambas", cuidando autos gana el doble.
Con un generador a corriente, una hidrolavadora y una aspiradora que se compró en épocas de bonanza, también le lava los autos a sus clientes de siempre. Son los mismos que, agradecidos, le han regalado electrodomésticos en desuso, juguetes que ya no tienen quién los manipule y hasta libros de medicina que después vende en la feria. Así, al lado de un jean de 70 pesos y una conservadora para hielo a 20, tiene libros como Tratado de patología quirúrgica y otros con títulos similares. "Me los dan los médicos a los que les cuido y les lavo los autos. Me han dado televisores, heladeras, cocinas. Por suerte no he tenido que golpear otras puertas. Yo me la rebusco y no me quejo", sostiene.
Juan Aguirre -hoy con 44 años, una esposa costurera, cinco hijos y un Opel del 64- trabajó como empleado por última vez en 1990 cuando era gomero en una estación de servicio. Después le agarró el gustito a no marcar tarjeta ni depender de nadie.
A unos metros de él, en San Salvador y Martínez Trueba, Gustavo vende placas de computadoras viejas (pentium uno y dos), mouses, tarjetas de video, juegos para dvd, teléfonos viejos, controles remotos, trifácicos, una muñeca de goma que limpia con hipoclorito, entre otras cosas. "La mayoría de esas placas no sirven, pero capaz que alguien la manda a arreglar y le sale más barato acá", explica Gustavo, colocador de baldosas a balde y cuchara en sus ratos libres. Tiene 40 y la primera vez que fue una feria fue hace 18 años, en la peatonal Córdoba de Buenos Aires, al lado de una uruguaya que conoció allá y lo convenció de vender artesanías a dúo.
Gustavo es agradecido a inspectores y policías que lo dejan ganarse la vida, aún en el costado ilegal de la feria. "El día que me digan algo, me tendré que ir. Pero yo siento que tengo derecho al trabajo. El hombre siempre tiene derecho al trabajo. El ser humano, ¿no? Ellos son concientes de que uno está en la mala. El tema es andar derecho".
Gustavo en la calle San Salvador como Dorita en la Rocha son vendedores dados para el regateo como forma de negociación. "El tema acá es vender barato -señala Gustavo-, porque si no funciona, te lo traen y le das otra cosa que le pueda servir". Dice Dorita: "La gente pasa y te dice `te doy tanto por eso`, y bueno, le vendés. Esa plancha valía 100, pero no tenía salida, así que ahora cuesta 50...", se resigna.
No hay por qué haber leído a Keynes para saber cómo manejar las leyes del mercado. La periferia, como su vecina la feria (formal), también es útil para regular precios entre oferta y demanda.
Por eso, en la feria de Las Torres -el barrio se llama así por las torres de alta tensión típicas del paisaje- pegado a Paso de la Arena, un hombre vende prendas de ropa debajo de un mensaje pintado con tiza en la calle que dice "todo a $ 10".
A 10 pesos una remera, un buzo, un vaquero, una campera.
POR FUERA DE TODO. La de Las Torres es una feria irregular por donde se la mire: se arma los lunes (el único día que no trabajan los feriantes regulares) y de tarde, a contramano del resto. Están los cigarrillos y los cds pirateados, pero también hay libros usados, ropa usada, piezas de motos, bidets y otras rarezas. Es algo así como la nueva Piedras Blancas, aunque la tradicional feria de los domingos es más regular.
Cecilia Pintos, encargada de Vigilancia de Inspección General municipal, dijo que los funcionarios del comunal 18 han intentado ordenarla, pero se les fue de las manos y continuó creciendo. Para ella, la Junta Departamental tendría que ordenar una regularización, ya que los feriantes están violando el decreto de ferias.
Juan Carlos Plachet, secretario de la Junta Local del CCZ 2, dijo que han recibido denuncias de venta de medicamentos y psicofármacos en la feria y aunque nadie denunció venta de artículos robados, "uno pasa por ahí y es probable que muchas de esas cosas hayan sido robadas". Un policía de la seccional 23 sí dijo que por lo menos una vez por mes reciben denuncias de mercadería robada, y ofrecida al mejor postor. El comunal está organizando una reunión con la comisaría y delegados de la feria para "ordenar la circulación (sobre la avenida Cibils) y que quede claro qué pueden vender y qué no".
Esto poco le importa a la familia de Oscar Avalos y Paola Segovia, quienes desconocían que los lunes no hay ferias en el resto de Montevideo. Ellos no siguen una ruta ferial, porque su prioridad es reciclar. Recorren el centro todas las mañanas con sus caballos Zorro y Pepe y van juntando cosas tiradas en el carrito. El último trabajo que la pareja tuvo fue hace cinco años: él trabajaba como sopletero, cortando chapas y hierro y ella lo ayudaba. Pero rezagada de la crisis, la empresa se fundió y a la calle. Oscar intentó conseguir empleo como sopletero -"lo que sé hacer"- pero no consiguió. No quieren entrar a una empresa de seguridad o de limpieza por poca plata y varias horas bajo el mando de un jefe; prefieren hacer "la de ellos". Además, ninguno terminó la Primaria. Ellos también, como Dorita y Leonardo, se sienten discriminados por su bajo nivel intelectual.
"Inspectores vienen todos los lunes, pero gracias a Dios nos dejan trabajar. Lo único que nos piden es que no nos pongamos sobre Cibils, para dejar pasar la gente. Como hurgadores tenemos todo en orden: el carrito pintado de blanco, los caballos con la antitetánica y los antibióticos", aclara Paola, madre de cinco hijos, ninguno de ellos dedicado a hurgar en contenedores ni a vocear cosas en la feria. Viven en una casa de bloques con techo de chapas, con las cuentas de agua y luz al día.
A unos metros de ellos está Fernando Barrero, un hombre de 42 años que, como Luis Palacios, adora su oficio aprendido. Fue policía durante años, trabajó en la construcción y tiene un almacén en el barrio Borro que atiende su mujer. Pero lo que le tira es la feria. "Yo le dije a mi señora una vez: si algún día llego a tener mucho dinero, igual voy a venir a vender en la feria".
Lo que le gusta -confiesa- es salir a pedirle a los vecinos algo que ya no usen o prestar su colaboración tirando escombros a cambio de alguna tele o calefón inútil (para sus dueños). El pasado lunes estaba contento porque le había comprado un WC a un desorientado a 100 pesos, toda una ganga, y estaba a punto de comercializarlo por 350. Y tenía varios potenciales clientes para los mediotanques que él mismo hace, con habilidad y una cortadora eléctrica.
A media cuadra están los jóvenes hermanos Agüero. Cristian, de 21 años, y Richard, de 23, viven en La Boyada y salen todas las mañanas en bicicleta por el centro a recoger todo lo que alguien haya tirado y pueda servir para ponerlo de nuevo en el mercado. Cada uno sigue su camino y después venden las cosas en Las Torres. No les gusta que los llamen hurgadores; son "recicladores".
Cristian barrió calles para Tacurú por un sueldo y la gracia de estar en caja y suplió a un amigo en Ottonelo unos meses, limpiando bandejas. Pero ni él ni Richard están en condiciones de conseguir un empleo formal porque no tienen cédula de identidad. De hecho, hace poco un amigo le consiguió a Cristian una entrevista en Portezuelo, pero no fue por estar indocumentado.
Su hermano Richard Agüero también perdió los documentos, y le importa bien poco.
-¿Te gustaría tener un empleo formal?
-(Piensa) Estaría bueno. ¿Por qué no?
-Pero, ¿has buscado trabajo?
-No, ¿para qué? No tengo documentos.
-¿Y por qué no hacés los trámites para volver a tener la cédula?
-(Piensa más, mientras mastica un cigarro de tabaco) Estoy bien así.
-Los 300 o 500 pesos de un jornal acá te da para comer y con eso te alcanza...
-Como normal, como todos. Necesito para comer, el tabaco y la yerba.
-Y con eso sos feliz.
-Sabelo...
Mano de obra
Hay 121 ferias administradas por el Área de Defensa del Consumidor del Ministerio de Economía y 38 administradas por la IMM, que venden alimentos y productos varios. Representan entre 4.000 y 6.000 puestos de trabajo directos y 4.000 indirectos, según publicó El País.
Sin inspección por falta de funcionarios
La directora de Vigilancia (Inspección General) de la Intendencia de Montevideo, Cecilia Pintos, dijo a Qué Pasa que por carencia de personal no se han inspeccionado las ferias montevideanas en los últimos meses. "Recién hoy -dijo el martes- entraron 32 nuevos funcionarios al servicio. Así que próximamente volveremos a inspeccionar ferias y ventas en espacios públicos". Pintos dijo que sí se controla la de Tristán Narvaja todos los domingos "porque es prácticamente una gran periferia". Se realizan entre cuatro y cinco incautaciones de cigarrilos, bebidas alcohólicas o lentes por domingo. Y contó que la de Piedras Blancas abarca dos comunales zonales, el 9 y el 10. "La parte del 10 se pudo regularizar, la otra no", agregó. Varela, de Promoción Económica de la IMM, dijo que Piedras Blancas "es un mundo". Y agregó que se procura unificar una reglamentación ya que Defensa del Consumidor del MEF tiene otra distinta.
"Habría que regularizar las periferias"
Cada CCZ tiene la responsabilidad de fiscalizar las periferias que están en su jurisdicción, de acuerdo a su capacidad inspectiva. El comunal 2 -Centro, Cordón, Palermo- tiene sólo tres inspectores. "Hacemos lo que podemos", se excusó Pura Risso, secretaria de la Junta Local. Ordenaron la periferia de la calle Brandzen, "que era tierra de nadie", y expulsaron con la Policía a quienes vendían cigarrillos de contrabando, lentes y discos piratas. Acortaron la de San Salvador ("si la dejábamos llegaba a la calle Minas") y tras una planificación de tres meses levantaron la que se armaba frente al BPS en Fernández Crespo. "Creo que habría que regularizar a todos los periferiantes. No queremos dejar gente en la calle, pero los que puedan deberían pasar a ser feriantes. Es una deuda que tiene la intendencia, porque cada vez hay más trabajo informal en las ferias. No hay que habituarlos a que los beneficios les vengan de arriba", dijo.