"Uruguay nos da el ejemplo; maduró"

| Mientras veranea en Punta del Este, el periodista presentó su libro bastante "sui generis", y habló sobre la difícil relación entre el gobierno argentino y los medios, la situación de crispación que la dirigencia política llevó a su país, la catástrofe de Haití y el porqué del rating de las malas noticias.

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El periodista dice que cuando no hay matices, la relación con los medios falla. En el caso del matrimonio presidencial argentino, "o estás con ellos o en contra".

MAGDALENA HERRERA

Resulta extraño que el conductor de un informativo de un país donde abundan las malas noticias, como Argentina, escriba un libro que se titule El poder de la buena noticia (Aguilar). Pues Guillermo Andino lo hizo y lo presentó hace unos días en Punta del Este. En el marco del Hotel Conrad, el periodista de 41 años explicó porqué decidió escribir un texto con cierto sesgo de autoayuda, que narra anécdotas propias íntimas como la muerte de su padre y colega, los embarazos que perdió su esposa, o cuando estuvo a punto de morir tras una seria tuberculosis, situaciones límite que con el tiempo logró ver desde "otro prisma", uno más positivo, que lo ayudaron a continuar adelante y mejor. También, en la charla, Andino ahondó en el enfrentamiento entre los Kirchner y los periodistas, en el tema de la inseguridad, en el porqué del rating que tienen las malas noticias. Habló sobre la catástrofe de Haití y, refiriéndose a Uruguay, dijo que debería ser ejemplo para los políticos de su país. Asimismo, en esas páginas cuenta experiencias vividas con personalidades como Kirchner, De la Rúa, Maradona, Mirtha Legrand, entre otros, tal cual se tratara de una tertulia con amigos en un café.

-Dijo que no se trata de un libro de autoayuda. ¿No tiene sesgo?

-Dije que no es solamente de autoayuda. Evidentemente, los intérpretes del libro pueden tomarlo de esa manera. Pero si lo tengo que definir, creo que es un texto muy sui generis ya que tiene disparadores autobiográficos que alimentan teorías que sirven para la autoayuda y a su vez cuento algunas anécdotas y experiencias vividas con un peso testimonial mucho más íntimo de lo que alguna vez pude narrar a lo largo de 23 años de carrera. Pero claro, es de autoayuda porque en definitiva tiene tres o cuatro hechos fundamentales de mi vida que entendí eran común denominador para mucha gente que pudiera estar leyéndolo: la pérdida de mi viejo, la de dos embarazos, la tuberculosis. Sobre esta enfermedad me despojé de todo prejuicio porque muchos la relacionan con los estratos sociales más bajos. Y le puede pasar a cualquiera. Me parece que tiene que ver con como está uno en cuanto a sus defensas y en como se está parado frente a la vida en determinado momento. Y bueno a mí me pasó, siendo un pibe de clase media, de 20 años, esas cosas ocurren. Lo que intento destacar es el grado de vulnerabilidad que tenemos los seres humanos. Nadie tiene comprada la salud ni está exento de que le pase algo. El libro tiene mucho de eso.

-En su libro narra que un hecho puede corregirse observándolo a través de otro prisma, y que su carga de negatividad puede trocarse en sentido inverso. Pero resulta imposible mirar desde otro ángulo la catástrofe de Haití, por citar un ejemplo.

-Sí, es verdad, en fenómenos naturales tan dramáticos es imposible buscarle una vuelta. Quizás lo podemos encontrar desde el punto de vista individual. Hoy estaba leyendo en El País la historia del teniente coronel Martirené, que tenía 45 años y dejó dos hijos. ¿Qué de bueno puede haber para esa familia hoy? Nada. Se les cayó una pared encima. Sin embargo, ese hombre -del que todos tenían un concepto extraordinario- dedicó 20 años al Ejército. Respeto mucho lo que hoy sienten esos hijos pero quizás el día de mañana puedan ejercitar ese concepto de resiliencia: `Nuestro viejo se murió. ¿Cómo podemos nosotros convertirlo en algo positivo?` Quizás contando las historias de ese hombre que dedicó su vida a misiones de paz. Quizás sintiéndose orgullosos en el futuro de ello, o hasta recorriendo el camino del Ejército por gen vocacional o porque ellos lo consideran así, en honor a su padre. Estoy pensando en voz alta. Hoy leemos sobre 200 mil muertos pero si ahondamos en el aspecto individual, entre los escombros hay muchas historias en cuanto a esas buenas noticias que pueden surgir de algo tan terrible. Vienen con el tiempo, algunas antes y otras después. Hoy las imágenes hablan por sí solas, ni el audio del noticiero se necesita. Por otro lado también nos tenemos que preguntar -esto ya por fuera de esta noticia- por qué Haití es un país tan pobre. Quizás todas esas naciones poderosas que hoy se juntan y deciden ayudar enviando medicamentos y comida deberían preguntarse por qué es lo que es, al igual que República Dominicana. Y es por los gobiernos corruptos que ha tenido y porque aquellos que intentaron de alguna manera colonizarlos lo único que dejaron fue pobreza. ¡Haití es el cuarto o quinto país más pobre del mundo! ¡Y el primero en la región! Me parece que deberían buscar en las bibliotecas. Te hablo desde lo periodístico, para aquel que quiera descubrir por qué Haití está así también.

-Cuando se relatan tantas malas noticias, ¿logra uno inmunizarse?

-No te podés inmunizar porque cuando te levantás del sillón y pasás por detrás de la cámara, no dejás de ser ese ciudadano que tiene mujer e hijos, y que los quiere proteger. Para mí son lo más importante de mi vida. Entonces, no te podés inmunizar, aunque tomar ciertos recaudos; lo hacemos para nosotros y para los telespectadores. Hoy los periodistas nos hemos convertido en docentes en cómo hacer para zafar de un robo, de un secuestro exprés, de todo aquello que está relacionado con la mala noticia. Pero estamos así porque la clase dirigente nos ha llevado a eso. Yo sí creo que el hijo que conoció a su padre sin un trabajo, que durante la década menemista quedó afuera del sistema, encuentra que la única posibilidad que le ofrecen a la vuelta de la esquina es la de vender droga, paco o robar. Todo tiene un porqué. No es que el pibe quiso hacer eso. Siempre tenemos esa discusión en la redacción porque, por ejemplo, se puede hacer un cierre de por qué ese pibe llegó a lo que es. Estoy seguro que en el 95 % de los casos no quisieron estar en ese lugar. Pero en el mientras tanto también tenemos que hacer algo. No podemos dejar que los pibes salgan a matar. Son dos cuestiones que van de la mano, una que tiene que ver con políticas de largo plazo, que es lo que no hemos tenido porque no hemos madurado como clase dirigencia. Eso sí ha pasado bien en Uruguay, y es lo que los hace mucho más fuertes. La clase política ha madurado y permanentemente nos da el ejemplo de convivencia. Creo que Uruguay dio el paso de democracia a república. Nosotros no. Entonces tenemos esos giros permanentes de 180 grados, y pasamos de un gobierno de centro derecha a uno de centro izquierda, en donde la pesada herencia, el que me apadrinó -como a Kirchner en 2003-, pasa a ser el padrino mafioso. Ese estado de crispación, del que hoy se habla en mi país, es real porque se derrama desde arriba, desde el poder. No somos capaces de sentarnos en una misma mesa porque odiamos, porque tenemos una susceptibilidad tal que hace ver al periodismo como un enemigo. A eso hemos llegado. Vamos a salir pero ese límite lo teníamos que pasar. Estoy hablando de un sistema de gobierno que nos ha llevado a eso.

-Las malas noticias hoy ocupan el inicio de los informativos. ¿Morbo o reflejo de lo que sucede?

-Para mí es mucho mejor noticia la del héroe anónimo, la que hablábamos de Martirené. Pero hay encuestas, sensaciones y realidades, respecto de lo que la gente hoy quiere ver. La gente no quiere ver un noticiero de buenas noticias. Hoy Argentina está mucho más emparentada con un cambio gradual y negativo, y necesita verse reflejada. Cuando vos convertís las preocupaciones de la gente y su realidad en noticiero, éste se ve. Esto no es aquello del huevo y la gallina. La gente está interesada en que le des una mano, o en como podés ser un nexo entre una necesidad -se inundó el barrio, mi casa, perdí todo- y aquel que puede solucionar el problema. Y en destapar al corrupto desde el mínimo que engaña en una estación de trenes hasta aquel que estafa a mucha gente vendiéndole su casa. A lo mejor el noticiero hoy cumple la función que deberían otros organismos del Estado y que no lo cumplen por ineficiencia, corrupción o por lo que sea. También, en los informativos hay deporte, espectáculo, la buena noticia del policía que ayuda a parir, pero me parece que lo que se busca -porque todavía el público confía en algunos periodistas-, es que desenmascares al proveedor de droga del barrio, o que con un móvil des la oportunidad a que personas digan que un intendente o cualquier autoridad prometió tal cosa y los engañó. Los medios sirven para eso, para desenmascarar a la gente. O ponderar a aquellos que hacen las cosas bien.

-Al principio de este gobierno de Tabaré Vázquez se criticó a los medios de que sólo daban malas noticias y hasta se habló de hacer una publicación oficial con las buenas. ¿El gobierno debe opinar sobre lo que los medios consideran que deben ofrecer a su público?

-El gobierno puede dar su opinión. Lo que no puede es confrontar de manera personal con una empresa o con un periodista. Siempre que haya buenas intenciones detrás, los gobiernos están para leer las editoriales y las noticias, y ver cuánto de cierto puede haber ahí. Un diario le puede servir para buscar la solución a algún problema de algo que se les pasó. Ahora cuando tu tomás al periodismo como un enemigo allí la cosa cambia porque surgen las operaciones y las difamaciones. Cuando el gobierno se mezcla con los organismos de inteligencia del Estado e intenta destruir a un periodista porque tiene mucha llegada a la gente, ahí es donde se hace engorroso trabajar. Cuando querés averiguar cómo se enriqueció alguien en un porcentaje tal que ningún argentino lo logró, y eso molesta y no hay respuestas, no es el periodismo sino que esa persona tiene cola de paja. Los periodistas no somos perfectos, también tenemos que hacer una mirada introspectiva y nos creernos los guardianes del mundo. Pero los gobiernos tienen que aceptar que hay conferencias de prensa, que hay periodistas que quieren saber un poco más de lo que el otro quiere decir. Si se va a dar una buena noticia sobre la inauguración de una infraestructura, pero yo dudo de algo, tengo derecho a preguntar. Cuando no hay matices, cuando todo es blanco o negro, es cuando la relación con el periodismo empieza a fallar. Y creo que es lo que pasó en mi país, hoy estás con ellos o en contra.

"Tememos por nuestra vida todos los días"

Nació en Buenos Aires, tiene 41 años (casi 42) y es licenciado en Relaciones Internacionales y Bachiller en Ciencias Políticas. Guillermo Andino debutó como periodista en Canal 13 (donde trabajó toda la vida su padre, el periodista Ramón Andino). Luego estuvo al frente Nuevediario y desde hace ya varios años conduce el informativo de América. Asimismo, en 2009 continuó con su programa en América 24, Andino y el país. Ahora, publica su primer libro El poder de la buena noticia (Aguilar, del grupo Santillana, 181 páginas, $ 320)

-¿Por qué esa necesidad propia de escribir sobre el poder de la buena noticia?

-Muchos pueden pensar: "¿Cómo Andino, un `decidor` permanente de malas noticias, escribe un libro con ese título?". No tiene nada que ver con eso. La bajada que le buscamos conjuntamente con la editorial fue el poder de la buena noticia como camino para vivir mejor. Mi bajada personal sería que uno puede construir su propia buena noticia, a pesar de lo que nos ocurre a diario y más allá del contexto que tenemos, que nos invade sobre todo en estos últimos tiempos. Argentina ha cambiado tanto y las preocupaciones se han acrecentado a tal punto que tememos por nuestra propia vida todos los días. Entonces, ¿cuál es esa provisión que tenemos con la auto buena noticia? Saber que detrás de alguna experiencia que puede ser mala, la podés reconvertir en algo positivo a lo largo del tiempo. Por eso, el libro tiene mucho más que ver con el tránsito que con el final. Porque yo no digo: `te va a salir bien` sino que si se intenta, uno se siente mejor. Lo digo en base a cuatro hechos que me pasaron que creo que le suceden a millones de personas, sin exagerar.

-Comenzó hace un tiempo a opinar en los noticieros, ¿por qué?

-En realidad yo opino desde hace mucho tiempo en mi programa de cable. El noticiero es una hora y media donde va una noticia tras otra y lo importante es el contenido de la misma o del informe, y no tanto uno mismo. Pero también creo que opinar nos hace bien a todos aún cuando sean cinco o diez segundos, o inclusive una cara que muestra lo que uno siente.

-¿Le caen mal esos programas como TVR y otros en que, a veces, toman algunas de esas opiniones para hacer humor ácido?

-No, me causan gracia. Claro que me causan más gracia cuando hablan de otros. Pero también tenemos que aprender a bancarnos. Si no terminamos nosotros haciendo lo de Kirchner.

-¿Cómo ve el futuro de la Argentina?

-Vamos a tener una revancha y nos esperan tiempos mejores. Tenemos el presupuesto para eso, pero depende de la clase política y mucho.

"Kirchner: cuestión de piel"

-En el libro cuenta de una vez que editorializó sobre los piqueteros, molestó a Kirchner y fue a hablar con él. ¿Por qué sintió la necesidad de dar explicaciones?

-Sucedió a semanas de haber asumido como presidente, después de la catástrofe que había pasado con De la Rúa y el gobierno que más o menos timoneó Duhalde. Necesitábamos una conducción un poco más paternalista que nos devolviera la posibilidad de ver que alguien estaba ejercitando el poder e intentaba hacer surgir a la Argentina de las cenizas. Yo desconocía mucho de Kirchner y de como había sido su gobierno en Santa Cruz. A lo mejor somos tan centralistas los que estamos en la capital que no queremos explorar qué pasa con los gobiernos de la Patagonia o del Norte. Cuando ocurrió eso pensé que a lo mejor era un síntoma de aquel que viene de una provincia lejana entre comillas y veía en ciertos periodistas un enemigo. Entonces, para borrarle fantasmas decidí ir a decirle `mirá nosotros vamos a estar acá para criticarte para bien y para mal`. Porque si está todo mal algo mal ocurre en el periodista, y si está todo bien vamos a pensar que hay un sobre debajo de la mesa. El dueño del canal me sugirió que fuera y sentí que estaba bien, que debía darle la oportunidad al gobierno de conocernos. Después, me di cuenta que era algo de piel y que no había sido ese hecho puntual. Por un tiempo tuvimos contacto, pero luego de la crisis del campo nunca más. Allá ellos, yo sigo con mi tarea. Mis 23 años de carrera sostienen lo que mi viejo consideraba lo más importante de esta profesión: la credibilidad y nunca responder a ningún interés espurio. Él siempre decía que esta es una profesión no precisamente para hacerse de amigos. Tenía razón.

-Lo nombra mucho en el libro, ¿no sintió el peso de ser el hijo de…?

-Reconozco con orgullo que al principio fui quien fui por ser el hijo de… Pero creo que debe ser mucho más difícil para aquel que su viejo aún vive. Porque ahí la comparación es permanente. Cuando sos el hijo de una persona que dejó una impronta muy fuerte pero que ya no está, tenés más posibilidades de consolidar tu identidad. Porque hay un legado, y si las comparaciones surgen, son de otra manera. Lo que me permitió superar esa experiencia tan triste de su muerte fue -y vuelvo al libro- reconvertirla en una propia carrera.

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