Llegaron 4.000 turistas más que en 2009; los lugareños son menos de 1.000. Hay más efectivos en la comisaría y abrieron un destacamento de bomberos. | Viejos comerciantes piden que se pongan límites a los nuevos inversores que llegan a la zona. Temen que el lugar se convierta en un "nuevo Punta del Este".
CARLOS TAPIA
Hamburgo amaneció en llamas. Era 25 de julio de 1943 y el día anterior miles de bombas de fósforo cayeron sobre la ciudad. Unas 30.000 personas murieron, de las cuales 5.000 eran niños. Fue el golpe más violento que, hasta ese entonces, los aliados perpetraron contra Adolf Hitler y su Alemania Nazi. En tanto, a miles de kilómetros de distancia, Manuel Acosta tenía los ojos fijos en el cielo. Las estrellas eran un espectáculo imperdible, tanto que, para contemplarlo, estaba dispuesto a perder algunos minutos de sueño. A las seis de la mañana debía estar en pie. Seis treinta su embarcación ya estaría en el mar. De cuántos peces atrapara dependería el monto del jornal de aquel día. Angelitos, pejerreyes y corvinas, podían salir muchas; sin embargo, Acosta tenía la mira puesta sobre los tiburones. Los aliados, esos mismos que luchaban a kilómetros de distancia, pagaban muy bien por el hígado de estos animales, ricos en vitamina A, la cual mejoraba la visión de sus aviadores. Los pescadores de Punta del Diablo, algunos sin saberlo, también trabajaban para vencer al Führer.
Casi 60 años pasaron. Manuel Acosta nieto filetea el pescado que sacó esta mañana del mar. La empresa familiar, que heredó primero su padre y luego él y su hermano Robert, aún existe; pero ya nada es como antes. De las casi 30 embarcaciones que hubo en los años de la cruenta guerra y de la Suiza de América, quedan 10, y de ellas tan solo tres trabajan. Muchos de los pequeños barcos están abandonados en la playa, sobre la costa, entre las sombrillas, las tablas de surf, las jóvenes en bikini y los chicos en bermudas. Los servicios y la construcción son los negocios del momento. Aunque camarones y mariscos es lo que más se pide en los restaurantes, a la hora de hablar de fuentes de trabajo, el mar ya no es lo que más seduce a los lugareños.
Pocos minutos pasan del mediodía. Los hermanos Acosta preparan el pescado que venderán luego de las 19 horas, cuando las pescaderías ya estarán cerradas y será demasiado tarde como para esperar una inspección impositiva. "Igual ayer estuvieron y obviamente nos quisieron cobrar. De todos modos nosotros no vamos a pagar hasta que se defina la ley de pesca que está en el parlamento. Con ella esperamos que se separe lo que es el pescador artesanal de lo que es el industrial. Nuestra voluntad es que se regule. Estamos yendo a todas las reuniones de la DINARA que hay en Montevideo. No queremos trabajar más en negro", dice Robert.
Los Acosta sacan de dos a cuatro cajas de angelitos por día; y, a veces, algún tiburón, bagre o corvina. Los pescadores de la zona se suelen quejar de que quienes se dedican a la pesca industrial destruyen el mar, ensucian, tiran al agua los pescados muertos que no les sirven y, por consecuencia, alejan a los peces. En esta empresa son tres. Los dos hermanos y un primo que ayuda a filetear. El kilo de filete cuesta 120 pesos; venden entre 20 y 30 por día. En tanto las corvinas se venden a 130 pesos cada una. Sostienen que en temporada el negocio es rentable, ya que "son muchos los turistas que quieren pescado fresco".
José María Rodríguez no es treintañero como los Acosta; hace 47 años que nació en Punta del Diablo y aquí vivió toda su vida. Siempre alternó sus trabajos entre la pesca y la construcción. "Como todo el mundo acá, el que no va al mar construye casas", señala. Y lo cierto es que trabajo no falta. Desde diciembre de 2008 a enero de 2010 la Intendencia de Rocha dio más de 60 permisos de obra, y los propietarios de los terrenos no pierden tiempo a la hora de edificar las viviendas. "Con esto de que está viniendo tanta gente tenemos trabajo todo el año; nosotros, los de la zona, estamos muy contentos", asegura Rodríguez.
Casa nueva, vida nueva. Una pala mecánica organiza la arena que está frente a la flamante vivienda. Gustavo no puede dejar de mirar con orgullo su nueva casa. Es uruguayo, tiene poco más de cuarenta años, pero vivió más de la mitad de su vida en España. Una uruguaya lo enamoró y con ella decidió regresar a su verdadera madre patria. Es veterinario y Montevideo le parece una ciudad ruidosa. Hace cinco años conoció Punta del Diablo y se volvió a enamorar. "Era fantástico, no había nada. Era el pueblo jamás soñado", sostiene. El amor por la uruguaya sigue intacto, pero con el balneario rochense fue víctima de un atroz desengaño.
"Lo veía un lugar muy pintoresco y se me ocurrió hacer una casa un poco llamativa, lejos de lo que era el pueblo, pero el pueblo fue subiendo, subiendo y subiendo, hasta llegar hasta acá. Me taparon la vista al mar, pero no me quejo, el crecimiento es lógico", se resigna.
Ahora son varias las casas que están junto a la de Gustavo. La que le tapa la costa es de un brasileño. En la vereda de enfrente albañiles le dan los últimos retoques a un complejo de viviendas para alquilar, propiedad de un mexicano. A pocos metros un boliviano compró un terreno, y pronto comenzará a construir. Dos argentinos ya se hicieron, a dos cuadras, sus casas de ensueño frente al mar. Los terrenos multiplicaron por cuatro sus precios en los últimos tres años.
Los arquitectos Federico Parra y Sebastián Castañola trabajan desde 2006 en obras que se realizan en Punta del Diablo. Aseguran que la Intendencia es exigente a la hora de otorgar permisos para construir. Un ingeniero agrimensor hace un relevamiento para que se respeten las cotas de nivel; el objetivo es que no se cambie la geografía del lugar. Con respecto al saneamiento, se plantean pautas en lo que tiene que ver con los desagües. El tema del agua aún no está regulado, y aunque OSE llega al lugar, hay muchos que prefieren hacer pozos. De todos modos los trámites no se dilatan: un permiso de obra no demora más de 15 días.
William Cabrera se ríe cuando quien lo presenta dice que él tiene el "monopolio de la electricidad". Lo cierto es que de las 60 casas construidas, hizo la conexión eléctrica para más de 50. En el pequeño pueblo ya se ganó la fama de ser el más idóneo para realizar el trabajo. Además, es uno de los pocos que se dedica a la construcción todo el año. "En temporada los obreros se van a sus trabajos de verano", señala.
temporada. El invierno rochense está reservado para los más valientes. Sobre las costas de Punta del Diablo sopla un viento que penetra la piel. Las temperaturas, con suerte, sobrepasan los cero grados. Los pobladores no llegan a ser 1.000. Pero en verano todo cambia. La tétrica costa se convierte en un lugar paradisíaco. En los primeros 10 días de enero unas 25.000 personas llegaron al lugar, 4.000 más que en 2009. En 2008 fueron 16.000.
Los servicios crecen a la par de los turistas. Y el lugar ya tiene dos discotecas, una decena de pubs, restaurantes para todos los gustos y bolsillos, dos cyber, un cajero automático y hasta un lavadero móvil. Demasiado para una ciudad con un centro de tan solo cuatro cuadras. Los embotellamientos son inevitables. Las empresas de transporte -Punta del Diablo no cuenta con una terminal- son las que suelen trancar el tráfico. A las ocho de la noche, cuando la gente vuelve de las playas, es imposible circular.
La ciudad estrenó este año cuartel de bomberos. El Destacamento Punta del Diablo cuenta con seis bomberos fijos y seis zafrales, un camión para incendios de estructuras y forestales, un micro por si es necesario apoyo en ciudades vecinas y una moto que realiza recorridas diarias para controlar que no se encienda fuego en lugares prohibidos. Abrió el 2 de enero y cerrará el 30 de marzo. "Es un destacamento golondrina, se realizó para acortar los tiempos de respuesta. Esta es una zona de riesgo, por la vegetación y la cantidad de turistas que llegan", señala el principal, Roosvelt Roland.
La policía también se reforzó para enfrentar la temporada. La comisaría del pueblo cuenta con 25 efectivos, a diferencia de los 11 que hay el resto del año. Dos móviles realizan recorridas durante todo el día; también hay un cuatriciclo y una moto que se reservan para casos de emergencia. Desde el inicio del verano, tanto la comisaría como prefectura, solo recibieron denuncias por ruidos molestos. Aunque los lugareños se quejan de algunas riñas callejeras, y de que los descuidistas están a la orden del día, para las autoridades la temporada goza de una placentera tranquilidad.
Con respecto a la seguridad en el mar no se puede decir lo mismo. Pablo Ponce de León es el presidente de la Asociación de Guardavidas de Rocha. Hace 17 años que reside y hace la temporada en Punta del Diablo. Él asegura que "el mar está calmo, pero los excesos de las personas a veces provocan accidentes". En lo que va de enero hubo 33 rescates -personas que no pueden salir del mar por sus propios medios- y 17 asistencias -personas a las que se les da una mano para salir-. Son nueve los guardavidas que trabajan en la costa; para Ponce de León se precisan al menos dos más para garantizar la seguridad. Están en la playa desde 10.30 a 18.30. En otros horarios ir al agua puede convertirse en un peligro.
Arte y/o negocio. Luis hace cinco años que, cada verano, vende sus artesanías con maderas en Punta del Diablo. Las ventas no son muchas. Lo que se gana apenas da para cubrir los gastos de cada día. Lo que más sale, a 65 pesos, son los masajeadores.
Para Mario la temporada tampoco es de las mejores. Nunca vende más de cuatros dibujos por día. Los cobra a 100 pesos cada uno. "Pasa que, al ser un balneario al que la gente viene sólo con un bolso, es bravo que se puedan llevar una lámina; menos los extranjeros que tienen viajes largos. Hace 24 años que vengo y lo que saco siempre es para el día. Lo hago para veranear", señala.
Los zapatos de cuero de Martín llaman la atención de una señora que los inspecciona sin disimular desconfianza. "Los de mujer están a 450 y los de hombre a 500. La técnica se llama troquelado...", dice el artesano. "Ya los conozco", interrumpe casi a los gritos la clienta. Da media vuelta y se va.
"Me rinde más o menos, pero me gusta mucho venir. Tenemos una banda de gente con la que siempre paramos acá y está muy bueno. No me parece mal que venga tanta gente; de todos modos habría que educar un poco al turista, ensucia mucho".
Hace algunos años muchos de los artesanos que paraban sobre la playa fueron relocalizados, algunos decidieron irse al centro, otro fueron a los stands de madera que armó la comuna; el objetivo era extender la playa. Jessica, propietaria del restaurante El Malecón, se lamenta de esto: "Antes cada artesano tenía su estilo, ahora son todos iguales. Mi abuela tenía un puesto maravilloso que estuvo años, y cuando la Intendencia reorganizó hubo que levantarlo".
María Angélica y Sheila tienen sus stands en estas zonas dispuestas por la comuna rochense. La primera, vende collares; la segunda, títeres, instrumentos musicales artesanales y caracoleras. Cada una saca un promedio de 1.500 pesos diarios. Sus locales son muy parecidos.
pioneros. Hace dos décadas Elizabeth Rodríguez y su marido se mudaron de Montevideo a Punta del Diablo. Cada domingo ella se tomaba licencia de la cocina e iban a comer a El Camarón Alegre. Les encantaba esa pequeña posada a la entrada de aquel balneario aún desconocido por muchos. Tanto así que terminaron alquilando el lugar. Con el trabajo de dos veranos lograron comprarlo. Hoy es uno de los restaurantes más importantes de la zona. De todos modos ella prefiere no llamarlo así. "Esto en realidad es una casa que da de comer", sostiene.
A Elizabeth le atemoriza el crecimiento del balneario. Teme que se convierta en un "gueto para ricos". "Hay muchachos de 20 años que vienen a comer en una Ferrari. El perfil de los locales de comida varió muchísimo, y hay gente que ya está hablando de construir hoteles de cuatro o cinco estrellas. Son edificios que no coinciden con la estructura del lugar. Está bueno que vengan a invertir, pero no por eso se les puede permitir hacer cualquier cosa", señala. Una cena o almuerzo en El Camarón Alegre cuesta unos 280 pesos por persona. La temporada alta para ella comienza la segunda quincena de enero, cuando se van los adolescentes y llegan familias.
Este recambio generacional también se traduce en una gran esperanza para Rossi, una uruguaya que hace casi diez años reside en España, y dos que abrió el Bogabante Resto Pub en Punta del Diablo. "Ya no es como el año pasado, hay más competencia. De todos modos me rinde económicamente", reconoce. Luego de semana de turismo Rossi volverá a España, donde deberá buscar trabajo. "Allá estoy desocupada, era encargada en una tienda que cerró. ¡La crisis está arrasando con todo!", asegura.
El pueblito de pescadores ya no es lo que fue. Desde el primer mundo ven en él vetas para buenos negocios. Elizabeth sostiene que "ahora somos nosotros los que tenemos los espejitos de colores". Sin embargo, muchos temen que la ciudad pierda estilo, incluso algunos creen que se convertirá en "un Punta del Este". Por otro lado los lugareños esperan que la Intendencia profundice la urbanización; exigen mejoras en el saneamiento y la limpieza de playas, y la creación de calles para que puedan circular los vehículos. Los reclamos también llegan a UTE; los primeros días del año se registraron cortes y baja tensión.
Luis Álvarez, propietario de Cabañas del Cerrito, está contento de tener todas las camas ocupadas, pero no disimula molestias por los problemas de infraestructura. "Hace años que pusieron los postes para la luz, nos cobran 98 pesos de alumbrado, pero no están ni los focos. Tienen miedo que pase lo mismo que con el ferrocarril de Cien años de soledad", dice sonriente. Cuando el tren amarillo llegó a Macondo, el pueblo de la novela de Gabriel García Márquez, este progreso trajo incertidumbres, desventuras, nostalgias, cambios y calamidades. Sin embargo, para Punta del Diablo, no hay más que buenos augurios.
Cabañas y hostels llenos hasta febrero
No hay cabañas para alquilar y los hostels están llenos. El Camping Punta del Diablo es el único que cuenta con algo de espacio, tiene capacidad para 2.000 personas y está ocupado en un 80%. Pero no es la única alternativa para acampar, algunos hostels ya alquilan parte de sus terrenos para instalar carpas.
Precios hay para todos los gustos. Para las casas construidas en los últimos años, los montos pueden llegar a US$ 2.000 la quincena. Muy pocas son las cabañas que se alquilan a menos de US$ 80 por día. Los hostels son más baratos: en La casa de boyas, por ejemplo, hay habitaciones compartidas que se pueden alquilar por entre US$ 20 o 30 diarios. La suite cuesta US$ 140. Pero las reservas comenzaron a recibirse en septiembre y hasta febrero no hay lugar.
El camping es sensiblemente más barato. El precio es de 170 pesos la noche. Hay luz y agua caliente las 24 horas. Queda a varias cuadras de la playa, pero un ómnibus gratuito sale cada una hora.
Las cifras
25.000 Son los turistas que llegaron a Punta del Diablo en el primera quincena de enero. Unos 4.000 más que en 2009.
25 Son los efectivos que tiene la comisaría local durante la temporada. En el destacamento de bomberos son 12.
60 Es el número de casas que se comenzaron a construir en Punta del Diablo entre diciembre de 2008 y enero de 2010.
Escuelas de surf, pesca y gastronomía regional
Con el torbellino de turistas las oportunidades para los negocios no faltan. La Escuela de Surf de Punta del Diablo creció, desde que abrió hace 12 años, a la par del balneario. Cuenta con entre cinco y seis grupos por día, cada uno es de unas 10 personas. Los precios, por cuatro clases, van de 800 a 1.500 pesos, según las edades.
Los pescadores y los restaurantes también apuntan a nuevos negocios. De la mano de PacPymes nació la Ruta de Saberes y Sabores. El objetivo es incrementar el turismo en temporada baja. Se organizaron paseos, clases de gastronomía regional y de pesca artesanal. El público objetivo son los turistas extranjeros, sobre todos europeos, que llegan al pueblito de pescadores.
Pero hay quienes, menos organizados, también logran ganarse un jornal. Es el caso de los hermanos Gerardo y Hugo Arruga. Ellos son cuidacoches. Uno cubre la Playa del Rivero y otro la de los Pescadores. Cada conductor les deja entre 2 y 3 pesos. Ganan entre 450 y 500 pesos por día.
Lugareños y artesanos nostálgicos
"En algunos lados las construcciones son más lujosas de lo que deberían. Falta madera y paja". "Es horrible lo que están haciendo con este lugar. Le están sacando la mística, cada vez hay menos bosques". "Hacen cualquier cosa. No hay saneamiento, no hay cuidados ambientales a la hora de construir. De todos modos era obvio que iba a llenarse de gente, es demasiado hermoso para que se pueda mantener como hace 20 años". Es claro que los artesanos no ven con buenos ojos la aparición de nuevas y modernas casas en Punta del Diablo. "Viene mucha gente, pero las ventas no suben", se quejan.
Sheila, una artesana que hace nueve años vive en el pueblo, señala que "hay gente que habla del Punta del Diablo de antes y el de ahora. Es que la geografía está cambiando mucho".
Pero lo cierto es que los mares hace ya algún tiempo que no están repletos de peces, y los trabajos en la construcción fueron un regalo del cielo para los lugareños. De todos modos, para ellos es imposible disimular un dejo de nostalgia por lo que fue.
"Hay un sector de intelectuales que veranea acá, gente que sabe disfrutar de buena música"
Una gota de sudor corre por su frente. Mientras ésta se desliza, Jorge Schellemberg anuncia que al finalizar la charla irá directamente a pegarse un chapuzón en la Playa del Rivero, que queda a escasos metros de El Tartamudo, el boliche del cual es responsable.
El lugar que ya se convirtió en un clásico de la noche montevideana, pisó fuerte este verano en Punta del Diablo. Lo hizo con un local para 250 personas, engalanado por un amplio escenario al aire libre al que asisten los más importantes exponentes de la música nacional y, como no puede faltar, con una amplia carta de frutos del mar, parrilla y pasta.
Buena música, buena comida y, como si fuera poco, un cielo repleto de estrellas que reviste un auditorio por el que ya pasaron Francisco Fattoruso, Mónica Navarro, La Triple Nelson y Horacio "el negro" Fontova, entre otros.
-¿Por qué instalarse en Punta del Diablo?
-El primer motivo fue que uno de los socios, Gabriel Carrau, vive aquí. Él se dedica a la construcción de cabañas e hizo el local. Después el otro, Marcelo del Monte, es argentino y tiene cabañas también acá. Más que nada nos entusiasmamos con el crecimiento de la zona. El año pasado vinieron 5.000 personas más a Rocha y todas llegaron a Punta del Diablo. Además, hay todo un sector de intelectuales que veranea acá, gente que sabe disfrutar de buena música.
-¿Cuál es el público al que apunta este Tartamudo?
-La cartelera es muy variada. Un día pueden venir tipos más hinchas del rock a ver a Herefold o a Los Terapeutas; y otro, pueden venir personas a las que les gusta el tango a ver a Malena Muyala, Maia Castro o Mónica Navarro. La idea es que haya diversidad dentro de un criterio estético fino.
-¿Los números cierran?
-Esa es la idea, cuando termine la temporada te cuento. Imponerse lleva tiempo. Además, cada 10 días cambia la gente. Igual creo que, cuando pasemos raya, va a estar todo bien para seguir viniendo.