Un ser diferente en épocas prohibidas

| Actor, director, poeta, dramaturgo y, por sobre todo, transgresor y vanguardista, Alberto Restuccia es una figura inevitable del escenario uruguayo. Fundó el mítico grupo Teatro Uno, creó el unipersonal más visto en la historia de las tablas nacionales, fue rico y fue pobre, se casó tres veces pero el amor de su vida fue un hombre, tuvo cuatro hijos y se define pansexual. Aquí, el adelanto de la biografía de un cuasi septuagenario tímido y provocador.

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Con Teatro Uno estrenó el travestismo y el desnudismo en las tablas uruguayas, pero él aclara que la principal innovación del grupo fue ideológica, y no caprichosa.

GABRIELA VAZ

No fue gratis vivir mi vida. Me costó mucho. Ahora, en tren de verlo en una biografía, me siento más liviano. Sobre todo para contarlo. Si me entrevistabas al pie de esos hechos que me han pasado -algunos terribles, otros divertidos- lógicamente que mi reacción sería otra. Pero ahora lo veo con más perspectiva. Y además, sinceramente, hoy cuasi septuagenario, me siento -no en un sentido soberbio pero tampoco con falsa modestia- más allá del bien y del mal".

Alberto Restuccia Farías se acomoda frente al grabador dispuesto a derrochar sinceridad. Cuesta visualizar a este "cuasi septuagenario" -de 67 años, para ser exactos- de complexión robusta, panza prominente y sonrisa fácil, en todas las peripecias que cuenta sobre su vida, las divertidas, las terribles y las otras, las más asombrosas, extravagantes.

Es que la vida de esta figura inevitable del teatro uruguayo, actor, director, dramaturgo, poeta, crítico de cine y, si cabe la etiqueta, "transgresor" de todas las horas, es material de película, acaso de una que le vendría al pelo a Pedro Almodóvar. Que dos periodistas hayan decidido ahora publicar su biografía (ver recuadro pág. 2) sólo lleva a preguntarse cómo a nadie se le había ocurrido antes.

Restuccia nació en una casa muy bien posicionada económicamente, pero eso no lo salvó de los severos castigos físicos ejercidos por su madre ni del abuso sexual a manos de un sacerdote de su colegio. A los 17 años tuvo su primera pareja hombre, Jorge Freccero, con quien pocos años más tarde formaría -en cuarteto con Luis "Bebe" Cerminara y Graciela Figueroa- la mítica compañía Teatro Uno, que está a punto de cumplir medio siglo de trayectoria y que estrenó el nudismo y el travestismo en las tablas nacionales así como se animó a revolucionar su estética. En el escenario se paró al frente de dos obras que ingresaron de lleno a los anales del teatro uruguayo. Una de ellas, Esto es cultura, animal!, se consagró como la más representada en la historia del teatro.

El amor de su vida fue el Bebe Cerminara, fallecido en 1999, con quien mantuvo una historia de 40 años. En el medio, se casó tres veces, tuvo cuatro hijos y cuatro nietos. En su último matrimonio, con María Fernanda Moreno, edificó una relación impensable. La conoció como su discípula en clases de teatro. Ella tenía 18 años; él, 49. "Yo estaba con el Bebe, pero soltero de mujer", cuenta. No le ocultó eso a Fernanda. Al contrario, se lo dijo en la primera cita y ella lo aceptó. Convivieron 17 años y tuvieron un hijo, Antonino, el menor de los Restuccia. "El Bebe era padrino de mi hijo e íntimo amigo de mi mujer. Se querían mucho, aunque él lo aceptó un poco después. Claro, pensó que (esa esposa y el hijo) lo dejaban afuera a él, pero no fue así, todo lo contrario. Íbamos juntos para todos lados. Éramos los cuatro mosqueteros".

Hace tiempo, un periodista catalogó al actor de "pansexual"; ni hetero, ni homo, ni bi, sino alguien capaz de amar a todo y a todos. El término le calzó y él mismo completa su definición: "Es el amor lo que prima, no los géneros. Eso no importa". Esa ambigüedad le vale a su vez para definirse a sí mismo: es "él" y es "ella" al mismo tiempo; Alberto Restuccia o Beti Faría, el alter ego que inventó, con el apodo de su nombre más su apellido materno, para representar a la mujer que también dice ser. Y no cualquiera, sino la mejor. "Yo soy la mujer que más me gusta", despacha sin pretensiones de velar la admiración que cultiva por lo femenino. "Creo que la mujer es superior al hombre. En primer lugar, porque tiene útero, que es un puente hacia el futuro. Yo me siento vulnerable frente a la mujer. Siento que son muy poderosas, que pueden dar vuelta a un hombre. A mí me gustaría ser mujer. Reconozco que puedo ser una mujer virtual, pero me gustaría ser una real. Yo, que engendré hijos con otras mujeres, me gustaría llevar uno dentro de mi cuerpo", admite ajeno a la autocensura.

Si hoy, terminando la primera década del siglo XXI, el discurso resulta trangresor, ¿cuán anacrónico podía sonar hace 40 años, en un país de medianías y apegado a las tradiciones? "La marginación es el precio de cualquier vanguardia", reflexiona el actor, que sin embargo supo conocer, a través de su obra y con creces, la aceptación popular.

Hoy, con 67 años de perspectiva, cuenta un cuento que todavía dista de terminar. Buena parte está en Uno diferente, la vida de Alberto Restuccia (Estuario, 2009), biografía que él explica en una frase: "No quiero que haya nada oculto".

LA MALA EDUCACIÓN. El pequeño living recibidor de su casa en Barrio Sur parece una extensión de su propietario: cálido, bohemio, diferente y lleno de historia. De una pared, atiborrada de libros ancestrales, se sostienen desordenadamente títulos de Antonin Artaud, Jean-Luc Godard, James Joyce. De otra, cuelgan láminas, fotos y páginas de diario que datan de la época de oro de Teatro Uno. Dispersos por el resto de la sala, un tamboril, un farol, el busto de una mujer, dos puertas, revistas, varios VHS, un espejo y un globo terráqueo totalizan ese caos con sentido que sugiere una analogía con la vida de su habitante.

-A los 17 años tuvo su primera pareja hombre. Pero a su padre (el desaparecido dirigente de Nacional Miguel Restuccia), se lo contó recién cuando tenía 50. ¿Por qué esa demora? A su madre se lo había dicho mucho antes, y lo tomó bien.

-A mi madre no se lo conté. Ella lo sabía, como saben las madres. Sabía que yo era muy vulnerable, el más vulnerable de los tres hijos varones que tuvo mi padre. Con él fue más tarde el sinceramiento. Yo no quería afectar su imagen pública, porque era un conocido dirigente deportivo, y quería que se mantuviera fuera de eso. Ahora que mi padre ya no está, no solo puedo hablar de lo tanto que lo amé, sino de lo que me costó decírselo. Sabía que él tenía esos reparos.

-En el libro cuenta que ese día, cuando se lo fue a contar a su oficina, la primera reacción de él fue decirle: "Me da asco pensar que puedas besar a un hombre en la boca". ¿Cómo quedó la relación?

-Todo bien. Después siguió, él venía a mi casa, yo iba a la de él. Creo que al principio lo habré impactado, si mi madre no se lo había dicho ya. De alguna manera, esas cosas se saben, tarde o temprano.

-Uno de los hechos más fuertes que narra en su biografía es el abuso sexual por parte de un sacerdote de su colegio. ¿Cuántos años tenía?

-Entre 8 y 10 años. No me resistí mucho porque no entendí nada, no sabía nada. Mis padres no me habían hablado de sexo. Y hoy por hoy me alegro. ¿Sabés por qué? Porque la dialéctica de los violadores es que les pongas resistencia, así pueden violar. Así se erotizan o se excitan. Yo no lo hice, quizá por intuición, quizá porque no entendía nada de lo que estaba pasando. Hice muchos años de psicoanálisis. Tuve que elaborarlo. Pero en el momento, siendo niño, no lo conté. Los curas eran muy severos. Tenía mucho miedo de las represalias, de las consecuencias.

-¿Cree que eso influyó en su sexualidad?

-Me parece que mi sexualidad se hubiera dado de cualquier manera, tarde o temprano. No creo que eso haya influido demasiado. A veces uno se encuentra con cosas en el mismo camino que tomó para eludirlas. Uno es lo que es. Y por más que se tape y se oculte, al final te vas a encontrar con eso. No podés zafar de lo que sos.

-Su gran amor fue el Bebe Cerminara. Pero nunca tuvieron una relación de convivencia, ni monógama. El vínculo fue muy abierto.

-Sí, siempre fue así. Primero porque esa Betina que soy yo, era terriblemente promiscua y porque yo no soy celosa (sic), en absoluto. En la obra de Dalmiro Sáenz que hice en teatro (Carta abierta a mi futura ex mujer) se especifica claramente que los celos son inútiles. Por eso es que la relación con el Bebe fue la más larga de mi vida, más de 40 años. Y la segunda fue con Fernanda, la mujer que más quise junto con mi madre. No es poco haber tenido 17 años de convivencia, y haberse separado amigos. Seguimos siéndolo.

-¿Cómo ha conjugado su vida con la paternidad?

-Yo distingo ser padre y ser progenitor. Yo fui progenitor de mis dos primeros hijos, Esteban y Arturo. En mi primer matrimonio yo tenía 19 y ella 17, no estábamos capacitados para ser padres, éramos muy guachos. Sí fui padre de mis dos últimos hijos. De Joselo, que murió de sida a los 33 años y es una cosa que no me va a cerrar nunca, fui padre por suerte, es algo que me redime. Y cuando me llegó el hijo de la madurez, también. Estuve al lado de él sin moverme desde que nació hasta los 15 años. Le di todo lo que pude. Y me lo está devolviendo.

VANGUARDISTA. Teatro Uno se gestó a iniciativa de Restuccia, Jorge Freccero y Graciela Figueroa, los tres compañeros del colegio Richard Anderson. Luis Cerminara se unió poco después, seducido por la idea de un grupo amante de Samuel Beckett y del teatro vanguardista de los años `50. Ya con el cuarteto completo fue que bautizaron la compañía, que se identificaba con una ideología política de izquierda - "Teatro Uno, como grupo, es uno de los fundadores del Frente Amplio en el `71", asegura el actor-, y que no tardó en sorprender en los escenarios con fuertes innovaciones. Entre ellas, Restuccia cita el desnudismo, el travestismo y la anarquía escénica, aunque aclara que el principal cambio fue ideológico. El primer desnudo teatral de Uruguay se vio en los años `60 con Las sirvientas, de Jean Genet, que protagonizaban dos miembros del grupo más Pepe Vázquez. "No era algo gratuito, obedecía a una estética autoral. Lo pedía el propio autor, que también indicaba que a los personajes femeninos los interpretara un elenco masculino. Además, Teatro Uno no inventó el travestismo en el escenario, eso viene de la época isabelina". Y tanto defendían esa estética, que decidieron descontar de la recaudación la multa que la Intendencia de Montevideo les cobraba en cada función a causa del "exhibicionismo".

-En aquel entonces se dijo que para ver las obras de Teatro Uno había que pasar primero por una biblioteca. ¿Tan críptico era?

-El teatro es un fenómeno de elite, en todos los planos. No es un arte popular ni populista. Excepto Jorge Abbondanza, los críticos de esa época no tenían bagaje. Si los otros tenían que pasar por una biblioteca, culpa de ellos de no leer y estar informados.

-¿Y cómo lo digería el espectador común?

-En Las Sirvientas había señoras que iban a la boletería y pedían exclusivamente para la primera fila. Eso ya lo dice todo. La gente quería ver eso. Y la que no quería verlo, no iba. La prensa nos marginaba abiertamente. Pero el público desoía. Lo mismo con Esto es cultura, animal! o Salsipuedes, el exterminio de los charrúas, éxitos masivos de espectadores. En este aspecto, uno tiende a creer que la gente no le hace caso a la crítica, sino no se puede entender este fenómeno, de que la crítica margine de tal manera a esos autores vanguardistas de los años 60 y 70, y se hayan transformado en tales éxitos.

-¿Qué papel cree que debería tener el Estado en la cultura?

-Me parece muy bien que el director de Cultura, Hugo Achugar, elogie a la cumbia como parte de la cultura. Le guste personalmente o no, pero que no la excluya. Creo que el Estado debe apoyar económicamente. Los actores extranjeros que vienen se asombran preguntando ¿cómo ustedes pueden hacer todo lo que hacen sin ayuda del Estado? Los presupuestos de los teatros en Europa si no están cubiertos en un 50% lo están en un 100%. Se sabe que el teatro no se puede autofinanciar. El Estado debe apoyar, pero no tomar partido estéticamente. Si no, la cultura oficial se convierte en la única cultura. Y no darle más dinero a los que están embanderados políticamente.

-Al final del libro escribe: "No le des importancia a los pequeños asuntos, y casi todos son pequeños asuntos". ¿Cuál fue su gran asunto?

-Yo creo que en general hay grandes asuntos. Sólo que no hay que tomárselos tan en serio. Eso es lo que dice la frase: no te tomes tan en serio el mundo. Hay gente que se toma las cosas a la tremenda. Creo que hay tres o cuatro cosas que realmente importan en la vida y a esas cosas hay que darles bolilla. Pero tampoco que te obsesionen y que termines enfermo por eso. Nada es tan importante, si igual nos vamos a morir todos. Somos mayormente hijos de emigrantes españoles e italianos, y los tanos hacen de todo un melodrama. Creo que eso ha incidido en nuestra psicología como uruguayos. Nos tomamos todo a la tremenda, y en realidad es "small stuff". Después, con la perspectiva, uno se da cuenta que se preocupó, se hizo mala sangre, se agarró tremendas rabietas y hasta enfermedades psicosomáticas por hacer de todo un melodrama. Y no es así.

Una vida contada "a la velocidad de una piña bien dada"

"¿Puedo decir todo?", preguntó Alberto Restuccia cuando el periodista Gustavo Rey -en cuyo programa radial Abrepalabra, de Océano FM, el actor tiene una columna semanal- le propuso escribir su biografía. "Porque a esta altura, ¡qué sentido tiene edulcorar o apañar los hechos! Como decía Alberto Olmedo, si vamos a hacerlo, vamos a hacerlo bien", se explica hoy.

Rey se contactó con otro periodista, Nelson Barceló, y entre varias entrevistas en el bar Los Girasoles dieron forma al libro Uno diferente. La vida de Alberto Restuccia (Estuario, 2009), que podría tener una segunda parte en breve. "No es una autobiografía, aunque yo les conté mi vida y ellos la armaron. Pero no pusieron todo, que daría para un segundo tomo o más", cuenta el actor.

El formato elegido para el libro obedece a una "estética punk", según explica la gacetilla de venta; "breve violento y contundente. La vida de Alberto Restuccia contada a la velocidad de una piña bien dada". Y a decir verdad, cada capítulo parece apenas una pincelada que deja con ganas de más. "Eso está bueno, porque viene una segunda parte que se llamaría Uno diferente 2. Aunque en el libro así como está hay temas fuertes. También las fotos dicen cosas".

El propio actor escribió algunos capítulos. "Hay dos poemas de mi autoría, uno de ellos dedicado a mi hijo. También una miscelánea sobre el Bebe Cerminara. Hay varias cosas mías. Nos pusimos de acuerdo en que, así como hablaba frente al grabador, podría escribir algunas partes".

¿Alguien puede sorprenderse de lo que lea? "Mis padres ya no viven. Mis hermanos viven, pero lo saben. También mi ex esposa y mis hijos. Yo he blanqueado la situación, no estoy tapando nada. Eso es un alivio para mí, porque me parece que Uruguay es un país de tapados, el país de la tapadera. Y yo no quiero tapar nada. Quizá es muy descarnado, pero es así".

Barceló eligió una canción para acompañar cada capítulo. Así, al principio de cada episodio se apunta "Leer preferentemente escuchando...", por ejemplo, Venus in furs, de Velver Underground; Now I`m your mom, de David Byrne; For today I`m a boy, de Antony and The Johnsons; Mother, de Pink Floyd; La pequeña muerte, de Luca Prodan; o Los boliches, de Alfredo Zitarrosa, entre varios otros.

Por su parte, Gustavo Rey, casi a modo de prólogo, presenta un decálogo de razones para hacer un libro sobre Alberto Restuccia. La que cierra la lista es quizá la más contundente: "Vale la pena porque es un animal de escena, diferente en tierra de iguales, gigante en tiempos de enanos. El eslabón perdido entre dos generaciones que lo tienen como a uno de sus últimos bastiones contraculturales".

Uno diferente está a la venta en librerías por $ 210.

"Acá no se puede tocar nada"

En los años `70 la dictadura militar le prohibió a Alberto Restuccia continuar con las funciones de Artaud en Latinoamérica al catalogarlo como "director subversivo". Esa persecución lo llevó a recluirse en un tiempo de soledad que fue el germen de Esto es cultura, animal!, un unipersonal que se convirtió en la obra con más representaciones en la historia del teatro uruguayo; la han visto cerca de 100.000 personas. Este 2009 cumplió 30 años, y en 2010 tendrá su reposición.

-¿Cómo se mantiene vigente?

-Naturalmente que ha ido cambiando. He tenido que aggionar todo. La estructura es la misma. Cambian los temas de actualidad.

-Hoy se habla del boom del stand up, pero usted lo realiza desde hace 40 años...

-(se ríe) Si entra en ese género, yo lo inventé en Uruguay, aunque admiro al maestro de stand up que se llamó Lenny Bruce.

-¿Cree que Uruguay ha evolucionado en su conservadurismo?

-Tomá como ejemplo lo que pasó con el himno en el partido de Uruguay. Y es raro. Está demostrado que musicalmente está plagiado de una ópera italiana que se llama Lucrezia Borgia. Y Francisco Acuña de Figueroa escribió Apología del carajo, un libro de poemas. En el siglo XIX la palabra carajo quería decir pene. O sea, el autor de nuestro himno nacional escribió la apología del pene. Fijate, con esos antecedentes, el lío que se armó porque a Jaime Roos se le ocurrió hacer un arreglo que fue hermoso. Pero pasa que acá no se puede tocar nada, porque somos tan conservadores que nos gusta dejar todo como está. Y no está todo bien. Entonces, vamos a cambiar algunas cosas.

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