La orgía bíblica

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Ilan Stavans

ERA DE ESPERARSE que R. Crumb (en inglés el apellido significa "migaja"), cuya ilustre carrera como dibujante de historietas incluye creaciones extraordinarias como Fritz el gato y Mr. Natural enfocara su atención en el texto más sagrado y asimismo más polémico de Occidente: la Biblia. Ahora que el esperpéntico proyecto está a la disposición del público (apareció publicado por la compañía editorial neoyorquina W. W. Norton), vale la pena meditar sobre sus raíces y efectos.

UNDERGROUND CONVENCIONAL. Lo primero que hay que decir es que la mera existencia de este Génesis (cincuenta capítulos en 224 páginas) es un oráculo teológico que le pondrá los pelos de punta a cuanto creyente fundamentalista se atreva a hojearlo, y es de suponer que no serán muchos. Crumb dibuja los personajes bíblicos como si estuvieran en una orgía romana. Sus lectores serán los aficionados del cómic underground, excepto que para ellos el atributo underground sea convencional y viceversa.

Puede que los fundamentalistas desprecien a Crumb pero nadie le teme, porque se reconocen sus locuras como parte integral de la cultura norteamericana. Entre sus seguidores se cuentan Joe Sacco y Roberto Weil: el primero ubica la trama de sus novelas gráficas en Gaza, el segundo entre los chicanos del este de Los Ángeles. Cada uno desenrolla y reconfigura a su manera el estilo barroco de Crumb.

Desde la década del ochenta el autor de Mis problemas con las mujeres vive en el sur de Francia con su segunda esposa Aline Kominsky y su hija, en franco rechazo del modus vivendi norteamericano. Sin ese estilo de vida, por supuesto, Crumb no sería quien es, porque sus imágenes grotescas surgen precisamente de la encrucijada de los excesos del capitalismo (las drogas, el sexo, la rebelión) que sirvieron de simiente a la cultura hippie de los sesenta. Se rumorea que su escape a Europa tuvo menos que ver con su displicencia por Gringolandia que con una cuenta pendiente de 30 mil dólares que tenía con el gobierno por impuestos retrasados. Sea como sea, el exilio le ha caído a pedir de boca, porque Crumb tiene la ventaja de ver su propia condición nacional desde afuera, lo mejor que le puede ocurrir a un artista.

Dice en su lucrativa página web (rcrumb.com) que leyó la Biblia desde niño, aunque su familia ponía énfasis en el Nuevo Testamento y no en la Biblia hebrea, la que eligió ilustrar. A los 19 años Crumb trabajaba para una compañía de tarjetas de cumpleaños en Cleveland, lo que para algunos coleccionistas se ha convertido en una pesquisa imposible: ubicar sus productos adolescentes (¡Feliz día de la madre, ramera adorada!).

El golpe de gracia le llegó cuando empezó a colaborar en la revista Help de Harvey Kurtzman, famoso asimismo por haber fundado Mad. Dos acontecimientos más definieron su destino: el descubrimiento del LSD, que según Crumb liberó su espíritu de los restrictivos parámetros sociales que imperaban en los cincuenta; y su decisión de mudarse a San Francisco, a la larga convertida en el cenit, junto a Nueva York, de los beatniks (Allen Ginsberg, Jack Kerouac, Gregory Corso). En efecto, Crumb es a la novela gráfica lo que Allen Ginsberg fue a la poesía norteamericana durante la guerra de Vietnam.

Crumb fue uno de los historietistas incipientes que, junto con Rick Griffin, Spain Rodríguez, S. Clay Wilson y Victor Moscoso, se reunieron, hacia 1967, alrededor de Zap Comic, proyecto a cargo de Don Donahoe y Charles Plymell, que sacó al cómic de la página dominical y lo llevó a las galerías de SoHo. Desde entonces, el nihilismo político y el exceso sexual son los temas centrales en la obra de Crumb. El motor que lo mueve es el libertinaje. Y de eso hay mucho en la Biblia.

METER MANO. Algunos se asombrarán, pues, que a estas alturas de su carrera -tiene 66 cumplidos- haya dejado atrás el alboroto (casi siempre Crumb escribe sin un guión preestablecido) en favor de la telenovela bíblica por la que optó. Pero se trata de un asombro sólo parcialmente justificado porque Génesis ni siquiera llega al personaje de Moisés, por no hablar de Jesucristo. La última escena es el entierro de un José anciano en Egipto. En otras palabras, le ha metido mano no a la Biblia cristiana sino a la judía.

Es innecesario decir que la idea de ilustrar la Biblia no es para nada original. Los primeros libros "iluminados" anteceden a la creación de la imprenta por Johannes Gutenberg. Desde el siglo XV a la fecha el número de versiones es abrumador. Mis favoritas, entre las enfocadas a un público adulto, son las de Doré y Barry Moser. Para niños el mercado es amplísimo. Crumb utilizó dos traducciones al inglés: la clásica King James, y la reciente del profesor Robert Alter. El público al que está destinado su Génesis es un adulto infantilizado, que ama el cómic tanto como a la literatura tradicional. El ilustrador manipula sutilmente el texto, con el propósito de hacer más efectivas sus escenas. No interpreta talmúdicamente, lo que a algunos les parecerá tedioso. Si su creación tiene una ausencia, es el humor.

Lo que lleva a preguntar en qué ha consistido el humor de Crumb, de sus inicios a la fecha. La respuesta es sencilla: en no enfatizarlo. La vida en sí, sus alegrías y desvelos, es jocosa. Él la pinta desde la perspectiva de un ciudadano agobiado por el embrutecimiento de los medios de comunicación, donde las imágenes son siempre hermosas. Crumb desprecia la hermosura superficial en favor de la fealdad auténtica. Esa fealdad estrambótica termina por ser bella.

El hábitat bíblico de Crumb siempre está lleno de cosas. No hay página en Génesis que no aspire a agotar la concentración del lector más atento, como si Hieronymus Bosch hubiese reencarnado y ahora se dedicara a las historietas. El efecto total es impactante aunque no del todo satisfactorio. Por ejemplo, el Dios (con "D" mayúscula) de Crumb es un hombre muy viejo y muy blanco con una barba enorme que le llega a los pies. Se parece poco al gurú Mr. Natural (nombre completo: Fred Natural) siempre dado a los aforismos, y mucho más a Charlton Heston en la película Los diez mandamientos. Crumb dice en la introducción que sus puntos de referencia fueron un sinfín de escenas televisivas y hollywoodescas, afirmando una vez más su doble función como promotor y víctima del torpedo mediático norteamericano. La secuencia de la creación del universo, hosca y hasta aburrida, no anuncia lo que está por venir. En ella el lector siente que está ante un mago que en cualquier momento sacará un conejo de un sombrero y no una galaxia de un agujero.

UN CUENTO DE HADAS. Vale insistir una vez más en Mr. Natural, porque su tema es la incapacidad del norteamericano medio para establecer relaciones con sus semejantes. Es probable que sea también ése el hilo conductor del Génesis de Crumb: Adán y Eva, como dos trogloditas en una película semi-pornográfica de Monty Python, viven juntos pero separados. Su Edén parece surgido de un cuento de hadas mal contado.

Las mejores secuencias del volumen son las del arca de Noé, quizás porque Crumb entiende lo que es ser el sobreviviente de un naufragio; o la de Sodoma y Gomorra, que recuerda la desbalanceada película Liztomania de Ken Russell. En estas secuencias se nota a la legua el impacto de Charles Bukowski, con quien el caricaturista colaboró alguna vez. Asimismo, la parte en que Abram (que todavía no es Abraham) es llamado por Dios a asumir su papel de exiliado y, a la postre, patriarca de las tres religiones occidentales, es inquietante, entre otras cosas porque el estilo churrigueresco es abandonado temporalmente en pos de una aproximación más sutil. Los capítulos sobre José y sus sueños, que tanto preocuparon a Sigmund Freud, resultan efectivos.

Por otro lado, entre las peores escenas de Génesis está la de la Torre de Babel, que apenas ocupa algunos cuadros. A Crumb no parece atraerle el asunto lingüístico que mueve la narración bíblica. Después del castigo divino, los constructores de la torre hablan cinco idiomas distintos, entre los cuales está el hebreo y una lengua cuneiforme. Lástima que el artista carezca de la profundidad intelectual que posibilite una reflexión sobre la confusión verbal, que ha enmarcado cada uno de nuestros actos por cuatro mil años.

En la tradición de la novela gráfica, el contramodelo de Crumb es Will Eisner, creador de superhéroes como The Spirit, que asimismo es autor de la trilogía Contrato con Dios, así como Fagin el judío y The Plot: The Secret Story of The Protocols of the Elders of Zion. No solamente pertenecen a generaciones distintas (Eisner es de 1917, Crumb de 1943) sino que sus concepciones estéticas son diametralmente opuestas: en su obra madura, Eisner investiga el meollo religioso de la posguerra, en particular el dilema filosófico de los judíos que sienten que el Dios bíblico los olvidó en los campos de exterminio nazi. La única idea religiosa que le interesa a Crumb es la anarquía como medio de comunión con el cosmos. Precisamente ese anhelo caótico, desbarajustado, el barullo como sistema de vida, explica su popularidad: el estadounidense promedio es en el fondo un rebelde.

El otro gigante que sirve de indicador es Art Spiegelman, que en Maus, Sin la sombra de las torres, y la autobiográfica Breakdowns: Portrait of the Artist as a Young %@&*!, usa los animales y el humor negro para explorar temas trágicos de orden global como el Holocausto y los actos terroristas del 11 de septiembre de 2001. Spiegelman (nacido en 1948) es el nudo que ata cabos extremos. No busca desestabilizar el statu quo pero tampoco lo exalta. Un proyecto como Génesis habría podido surgir de él aunque sus características serían radicalmente diferentes.

Todo lo anterior para decir que aunque Crumb sea un redentor irredento (en sus ilustraciones parece agradecerle a Dios por haberlo hecho ateo), la mala vida de la Biblia le sirve para ayudar a consolidar el cómic como el género literario que mejor expresa la disipación moderna.

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