Gloria Salbarrey
EL 13 DE SETIEMBRE se celebró en Frankfurt un simposio con el tema "China y el mundo, percepción y realidad", con el fin de ambientar la Feria del Libro 2009, que tiene a ese país como huésped de honor. Unos días antes se supo que China había objetado la presencia de dos escritores residentes en Estados Unidos, y habían logrado que los organizadores cancelaran la invitación. Uno de ellos, el poeta y editor Bei Ling, consideró la situación una vergüenza, mientras la periodista especializada en temas ambientales, Dai Ping, anunció que ella participaría aunque no le fuera permitido integrar la mesa como expositora.
Tanto Peter Ripken, organizador del seminario, como Jürgen Boos, presidente de la Feria, explicaron que actuaron para establecer un diálogo, pero no consiguieron evitar que la prensa alemana pusiera el grito en el cielo en defensa de la libertad de expresión. En definitiva la censura no paga, pese a que la China de la economía mixta ha vuelto al redil del capitalismo, y supo invertir cinco millones de euros en la Feria.
Bei Ling y Dai Ping tuvieron un espacio para hacer declaraciones previas al simposio, ante lo cual la delegación china se levantó y se retiró en señal de protesta. La situación se solucionó con la excusa de la desorganización, la falta de comunicación y el cambio de programa. La publicidad extra recibida por los opositores no borró los "prejuicios y malentendidos".
Gao Xingjian, el premio Nobel 2000, exiliado en París, también era esperado en el encuentro, aunque ya adelantó hace un año que iba a tener este tipo de obstáculos. En su novela El libro de un hombre solo expone otros problemas de esta era de migraciones que se agudizan en el arte de su país debido al contexto político y cultural: "Y la literatura china, ¿permite también comunicar? ¿Con quién? ¿Con Occidente? ¿O entre los chinos del continente y los de ultramar? ¿Qué es la literatura china? ¿La literatura tiene fronteras? ¿Cómo se puede definir a los escritores chinos? ¿Los chinos del continente, los de Hong Kong, de Taiwán y los que tienen nacionalidad norteamericana son todos chinos?" .
TIJERAS y calidad literaria. El punto más grave, innegociable para unos y otros, tiene que ver con el derecho a expresar las ideas y los sentimientos de cada uno. Dai Ping sostiene que quienes producen en China se autocensuran y llevan unas tijeras en la cabeza, lo quieran y lo sepan o no. Obedecen a un instinto o una estrategia de supervivencia que se aprende en todas las dictaduras. El novelista Mo Yan, que ha sobrevivido produciendo dentro del régimen a partir de los 80, dice que la censura deja pasar libros, sin poder leer la cantidad de obras editadas, hasta que alguien molesto hace la denuncia. Además las obras prohibidas por el gobierno adquieren una difusión redoblada en ediciones piratas y en Internet, quizás en premio y adhesión a la resistencia, o por simple amor a la transgresión exótica.
Innumerables lectores están intrigados por la base vivida -real- entretejida en el trasfondo de la ficción o en el primer plano de los testimonios. Aunque redoblan el rigor intelectual para entender esos mundos ajenos a la experiencia directa, en la práctica las estrategias de lectura siempre llevan a confirmar las sospechas. En la línea de trabajo de Edward Said y de los estudios orientales poscoloniales que han ido desmontando la imagen pintoresca de Oriente gestada en nuestro hemisferio, Xu Xing, autor exitoso en su país, manifestó en el seminario citado que la cuestión es entre China y Occidente y que la cultura occidental suele tomarse a ella misma como la medida de todas las cosas.
Sin embargo, cualquiera sea el credo político, religioso, filosófico o científico del escritor, el compromiso no es garantía de verdad ni de calidad artística. Mo Yan ha comentado que en la narrativa promovida por el maoísmo los revolucionarios debían ser totalmente buenos y los opositores, unos malvados. En cambio a la literatura anticomunista, que abunda en episodios trágicos y patéticos de humillaciones que nadie querría creer, se le escapan las buenas intenciones y los matices positivos del proceso.
En la novela citada de Gao Xingjian, que tampoco narra en blanco y negro, el protagonista y su familia son perseguidos por el gobierno, pero él mismo delata y mortifica a otros compatriotas y, en especial en las escenas eróticas, exhibe un sadomasoquismo que él asocia con el deseo torturado de su amante judeo-alemana.
En esta sofisticada trama, el encuentro con otra cultura lo impulsa a recordar y a escribir desde la distancia, ocultando el yo autobiográfico en la narración en tercera y segunda persona. Los escritores más interesantes luchan por encontrar una forma de expresión que tome lo propio y lo enriquezca con las culturas de afuera, que han devorado de forma clandestina. Con ese norte a veces terminan mostrando lo que los occidentales quieren ver y caen en una especie de "bestseller/chatarra" que insiste en los melodramas de la historia reciente.
La explosión multicultural. La superficie de China es de 9:596.960 kilómetros; su población ronda unos 1.300 millones de habitantes, repartidos en 56 etnias. Tiene 4.000 años de historia registrada y tal vez muchos más de gestación. Este gigante, imaginado como "la cuna de la civilización" que se quedó anclada en el pasado, fue interpretado durante años según la simplificada abstracción de una China única, monolítica, inmóvil. La crítica derivada de los estudios culturales señala que se ha elaborado el mito a-histórico del otro inferior, atrasado, primitivo, infantil, irracional, violento e incapaz de progresar y de adaptarse a los nuevos tiempos, a no ser con la ayuda de los occidentales -o en su defecto, del partido comunista- .
La historia ha demostrado la mentira de una China paralizada. Por el contrario, el país se transforma, se adapta a las situaciones nuevas y crece. Ahora se elogia el milagro de la superpotencia estelar, también homogénea, y su prosperidad inagotable. Un libro desparejo, Polvo rojo, el diario del viaje de Ma Jian a través de todas las regiones, desmiente los dos modelos. Por el contrario logra representar una variedad cultural impresionante, llena de etnias "minoritarias" que van de los nueve millones de integrantes a unos millares. Hablar de un mundo de contrastes sería esconder en un eslogan turístico los hechos históricos que dan pie a la imagen demonizada: la miseria, la suciedad, el progreso, la belleza, la crueldad sanguinaria y otros actos arcaicos de lesa humanidad coexisten en el mundo. En todo caso la efervescencia primaveral del diario se pierde al extraer de él los mejores materiales para componer un libro de cuentos tibetanos titulado Saca la lengua, en alusión a un ritual del budismo que también es visto como gesto irreverente en Occidente.
Después de relatar los desastres que siguieron a Tiananmen en la novela Pekín en coma, el autor se exilió en Londres. Su esposa se encarga de las traducciones y él hace confianza porque no conoce el inglés. Algo similar les sucede a los hispanohablantes que reciben libros con el título original en chino, sin enterarse si se han traducido del inglés, o sea, si han sufrido una doble traducción. El detalle es todo un símbolo de las barreras del idioma y la escritura.
Cicatrices. Mo Yan es un novelista prolífico, que publica en China con éxito y se ha hecho famoso en occidente gracias a la película Sorgo rojo, basada en la novela homónima. En estos días se ha dicho en Internet que reside en París, lo que podría suceder en cualquier momento, pero por ahora no es seguro que haya abandonado su tierra, donde ya ha pagado el derecho de piso.
Nacido en un hogar campesino acomodado, debió callar durante veinte años a pedido de su padre, para no poner en aprietos a la familia. De ahí el seudónimo que significa "no hables". Se puso a escribir en los 80, cuando había entrado en el Ejército Popular de Liberación para poder comer bien pero, como lo que tenía para decir no gustaba allí, pasó a enseñar literatura en la Academia Cultural de las Fuerzas Armadas. Sin embargo él dice que solo tuvo que hacer una autocrítica pública y retirar de circulación la novela Grandes pechos amplias caderas, quizás porque desde del título sugiere una visión libre sobre las mujeres y el sexo.
La vida y la muerte me están desgastando es su novela más querida porque cree que ha logrado un relato verdaderamente chino. El influjo o la coincidencia con García Márquez, que persiste, se encuentra totalmente distorsionado por el sarcástico, cáustico y ácido tono de la saga familiar que da cuenta de las sucesivas etapas de la revolución china.
Por el tono y el contenido crítico, quizás sea la novela más dura sobre el régimen editada en China. Juega con un abanico de narradores intercalados y contendientes: UNO) El ancestro terrateniente, en sus cinco reencarnaciones -burro, buey, cerdo, perro y mono-. DOS) sus descendientes. TRES) el mismo Mo Yan, convertido en un personaje juvenil, frívolo y escandaloso, que se mete en todo y cuenta mentiras mientras va creciendo.
El tono jocoso alterna con la poesía romántica, sin perder de vista que los observadores animales de pronto recuperan su experiencia humana. Entre juegos y verdades se desarrolla un meta-relato seudohistórico-literario. Todos los crímenes famosos de la revolución cultural y las demás persecuciones, con sus golpizas públicas, gongs, desfiles, sombreros, carteles y óperas revolucionarias, se presentan en un espectáculo carnavalesco, de manera explícita y teórica, con el agravante de que la rueda del sufrimiento gira de una especie a otra.
Conflictos ambientales. El tema ambiental ha tenido en jaque a China a nivel mundial a causa de la represa de las Tres Gargantas y de los desechos industriales. Se acaba de anunciar un nuevo plan para reducir las emanaciones de dióxido de carbono.
Cuando fue enviado a reeducarse junto a los campesinos de la Mongolia Interior, el escritor Jiang Rong conoció otro aspecto del problema y transfirió su experiencia al narrador protagonista de Tótem Lobo, una novela de aventuras, simbólica y mítica pero rica en detalles y técnicas realistas. La acabó de escribir en 1994, después que la acción en Tiananmen le costara un tiempo de cárcel, adonde habría vuelto de haberla publicado en China antes del 2007.
El libro evita la confrontación radical y las denuncias sensacionalistas, demostrando el aprendizaje de la década anterior. Después del afán de reconciliación nacional, evidente en la escritura de "las cicatrices", que buscaba saldar los errores anteriores, a fines de los 80, algunos escritores desencantados se ocuparon de "las raíces" de los problemas. Se podría decir que Jiang trabaja en ambas direcciones.
La acción se remonta a 1962, cuando un grupo de universitarios pekineses son trasladados a Mongolia, región conocida en Montevideo por las películas La Historia del camello llorón y La cueva del perro amarillo. A pesar de no ser un premio, la experiencia está contada sin rencor, con vitalidad y entusiasmo. Sobran páginas, que están justificadas porque el aplaudido relato tiene su costado antropológico, histórico y místico.
Los estudiantes, pertenecientes a la etnia Han, labradores de vida sedentaria en sus orígenes, se ganan la confianza de los mongoles nómadas, dedicados a la cría de ovejas y caballos, que les brindan hospitalidad y les enseñan sus costumbres.
El lobo es el mayor peligro de la región pero simboliza los secretos ancestrales: las estrategias de la lucha que hicieron la grandeza de Genghis Khan; el cuidado de la pradera, la conservación de los alimentos obtenidos en la caza y de los ejemplares jóvenes, que preservan las distintas especies, la paciencia, la disciplina colectiva, y otros saberes que hacen el equilibrio ecológico del hábitat. Los mongoles los veneran en el rito funerario entregándoles el cuerpo de los muertos para que ellos los devoren transportándolos al cielo del Tengger (Ma Jian cuenta un entierro a cielo abierto de los tibetanos, parecido a éste).
Cautivados por estos animales sagrados, los muchachos crían un ejemplar con el fin de estudiarlo y cruzarlo con un perro, provocando la resistencia de los lugareños, apenas suavizada por el apoyo de los dirigentes de la unidad de producción colectiva, mayoritariamente burócratas Han y mongoles mimetizados con ellos.
La crítica a la administración comunista y a la revolución cultural gira alrededor de un problema ético: la instalación de una población labradora trae el progreso, los caminos, los hospitales, las escuelas pero aniquila la naturaleza. El narrador, miembro de la etnia vencedora, expresa la admiración por el mundo que desaparece ante sus ojos, a medida que la modernización y la sedentarización convierten la pradera en un desierto.
Los cisnes que empollan su cría son uno de los símbolos más conmovedores. Los estudiantes no pueden salvarlos por más que devuelvan al nido los huevos, robados por forasteros codiciosos y corruptos.
Expectativas. Esta literatura puede no ser lo mejor de la producción actual de China. Es apenas un iceberg atisbado detrás de barreras diversas. Aún así es fascinante. Es de desear que la Feria de Frankfurt abra más puertas, no sólo a los escritores de la etnia Uigur, hoy por hoy políticamente atractivos. Muchos otros aguardan en la frontera del testimonio y la ficción para dar el salto entre civilizaciones distantes.
(Fuentes: El libro de un hombre solo, de Gau Xinjian. Ediciones del Bronce, Barcelona, 2003. 540 págs. Polvo rojo..., de Ma Jian. Seix Barral, Buenos Aires, 2006. 350 págs. Saca la lengua, de Ma Jian. Emecé, Buenos Aires, 2006. 107 págs. La vida y la muerte me están desgastando, de Mo Yan. Madrid, Kailas Ed., 2009, 757 págs. Tótem lobo, de Jian Rong, Alfaguara, Madrid, 2009, 640 págs.).
Los estereotipos femeninos
HUBO POCAS escritoras chinas hasta el siglo XX, cuando fue creciendo el interés por las autobiografías, las sagas familiares y los testimonios que narraban las costumbres tradicionales, los crímenes de guerra y las contradicciones del régimen comunista que, aunque alivió la situación de las mujeres, creó a su vez otros problemas.
En general se trata de obras escritas en el extranjero, con escasa elaboración literaria, que reconstruyen la historia reciente a partir de la memoria privada. Son grupos de emigrantes de segunda generación que exploran la brecha que separa a madres e hijas, muchas veces idiomática. De modo indirecto rescatan la historia de sus mayores. También la novela negra da lugar a que una detective mujer investigue el pasado familiar y la corrupción actual (El ojo de jade, de Diane Wei Liang).
Son conocidos los reportajes producidos por una periodista en una emisora de radio estatal que investigaba los casos que les confiaban las oyentes, realizando una especie de activismo femenino (Nacer mujer en China, de Xinran Xue).
La generación de los nacidos en los años 70 realizó un corte radical desentendiéndose del pasado y de los problemas sociales. En especial "las chicas bonitas" reaccionaron contra el puritanismo revolucionario que controlaba las diversiones, el sexo y la igualdad imponiendo a todas el traje austero, estilo Mao, el mismo peinado y la cara lavada. Llevaron la ruptura a los hechos y los dichos, bordeando la pornografía en novelas centradas en su vida escabrosa, el lujo, las drogas, el sexo y la belleza corporal. Son jóvenes emancipadas, universitarias, que juntan con desparpajo posmoderno la poesía clásica y las letras pop, las marcas de perfumes, trajes y joyas occidentales con las recetas culinarias tradicionales. La censura convirtió en un emblema a Shangai Baby de Wei Hui. Pese a la liviandad de las citas y la mirada frívola, transita algunos temas y sectores sociales emergentes. Las novedades no impiden que Wei Hui, hija de un militar y criada en un templo budista, refuerce los estereotipos más retrógrados sobre la mujer china: un ser inferior que solo sirve como objeto sexual de lujo, inclinado a la traición, la lujuria y el sadomasoquismo.