INMIGRACIÓN COMPLICADA

Un paria en el país de la diversidad

Refugiado ruso quiere dejar Uruguay por “falta de oportunidades”; laborales y de vivienda.

Por homosexual, en Rusia lo intentaron matar y estuvo preso. Foto: Fernando Ponzetto
Por homosexual, en Rusia lo intentaron matar y estuvo preso. Foto: Fernando Ponzetto

Para el hombre que escapó de Rusia por ser homosexual y encontró el asilo en Uruguay, la Marcha de la Diversidad del viernes no fue, paradójicamente, un día de celebración. Se lo pasó hasta tarde estudiando en la UTU, con la idea de que le revaliden el bachillerato, y eso que terminó el liceo hace 18 años. El sábado, a su vez, debió madrugar para juntar los pocos pesos que le permiten sobrevivir. Alejo está dispuesto a perder su calidad de refugiado a cambio de mudarse, otra vez, de país. "Acá no hay oportunidades".

Salvo por los festejos al estilo ruso, con vodka y borsh incluidos, Alejo extraña poco y nada la rutina de su tierra natal.

En Uruguay, dice, encontró la libertad y tolerancia que le faltaban. Solo una vez, desde que se asiló en el país en 2015, fue discriminado por su orientación sexual. Fue en uno de sus primeros trabajos como peluquero, cuando la dueña del local le dijo "maricón".

La última vez que había escuchado ese término, "maricón", había sido en ruso, cuando caminaba de la mano de su pareja, en Moscú, y les gritaron "¡pidor!, ¡pidor!" antes de que intentaran apuñalarlos con un cuchillo. En aquella oportunidad ambos, Alejo y su novio, habían decido que era el momento de emigrar. El gobierno de Vladímir Putin prohibió la propaganda homosexual en junio de 2013 y desencadenó una escalada de discriminación. Alejo ya había estado preso dos semanas porque "un gay no puede cumplir el ejército obligatorio", le habían explicado.

Pero la tolerancia uruguaya, cuenta, no le da de comer, no le permite reencontrarse con su pareja —quien sigue juntando dinero en Moscú sin salir del armario—, acceder a una casa propia y menos aún un confort que le llegue a los talones a su estilo de vida en Rusia.

Los catorce metros cuadrados de una peluquería que quebró y él alquila en Cordón —gracias a un giro que le hizo su novio y las más de 15 horas que trabaja por día— son lo más parecido a algo propio hasta que le caduque el contrato, dentro de un mes. El sillón en el que suelen esperar sus clientas, mientras este "reconocido colorista" y ganador de concursos de belle-za anda ocupado, por las noches se transforma en su cama de descanso. No tiene siquiera una ducha y para bañarse paga una sesión de sauna una vez por semana.

"Sé que hay uruguayos que viven peor, pero también sé que esto —señala la minipileta que usa para higienizarse— no es calidad de vida". El carácter de refugiado a Alejo no le dio ninguna facilidad, más allá de lo obvio: el cobijo. Siente que él, como otros que tienen el mismo estatus migratorio, cargan con la "mala imagen que dejaron los refugiados sirios; yo pago la UTE, OSE, el BPS... solo pido el acceso a un plan de vivienda, a un trabajo digno".

Mañana tendrá una reunión en el Ministerio de Vivienda. La cita la consiguió por intermedio del Servicio Ecuménico para la Dignidad Humana (Sedhu), pero sabe que será inútil. Le explicarán cuáles son los planes para que un uruguayo cualquiera acceda a una casa y le dirán que necesita una garantía e ingresos superiores a $ 35 mil: un imposible en su caso.

¿Gay friendly?

Alejo se enteró por internet de los derechos que gozan los homosexuales en Uruguay. Una vez instalado en el país pensó que el propio colectivo le daría una mano. Pero se equivocó. "Una vez le escribí a la Cámara de Negocios LGBT", dice mostrando el chat de Facebook, "y jamás me respondieron". Luego intentó acceder a la única cooperativa de viviendas LGBT, pero rechazaron su participación por los bajos ingresos. ¿Ovejas Negras? "Ni bola, nada".

Alejo no duda de que la mayoría de los uruguayos sean buena gente, pero dice que detrás de ese eslogan de tolerancia, se esconde "un país xenófobo, que vota leyes que en la práctica no se ejecutan".

Su situación no es muy distinta a la que atraviesa buena parte de los inmigrantes (refugiados o no). La diferencia, señala, es que "hay gente que sabe el idioma, la cultura e incluso tiene una colectividad grande que los ayuda, como ocurre con los venezolanos".

Federico Graña, director de Promoción Sociocultural del Mides y activista LGBT, reconoce que "aún resta ajustar los procedimientos para que los inmigrantes tengan mayores oportunidades en el país". Y dijo que "se está trabajando en protocolos al respecto".

Mientras, Alejo está intentado otras vías para lograr su estabilidad y reencontrarse con su pareja cuanto antes. "En mi familia había muchos docentes y es algo que me gusta, sé que se gana poco, pero me daría algún ingreso fijo". Por eso fue a anotarse para ser profesor de UTU sin especialización; y ahí también lo rechazaron.

La Constitución solo permite que sean funcionarios públicos (y por tanto docentes en Educación Media) los ciudadanos uruguayos (legales o naturales) con al menos tres años de residencia. "Parece broma", dice, "en el Ballet Nacional más de la mitad son extranjeros, pero a mí me niegan dictar clases aún habiendo tenido excelentes calificaciones y la aprobación de mis exprofesores".

No conforme con la respuesta que le habían dado las autoridades, un compañero le sugirió que se casara con su pareja para acelerar el trámite de obtención de ciudadanía. Sin embargo, la normativa del Registro Civil uruguayo implica que los novios deban publicar sus datos personales en el Diario Oficial —atentando contra toda protección de identidad que establece la ley de Refugio y que complicaría a su pareja que tiene un cargo estatal en Rusia.

"Alejo", el nombre fantasía que eligió en español parece ser obra de su destino: ya reservó los pasajes para irse a Chile. Salvo que pase un milagro.

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