JORGE CAUMONT

Empleo simulado disimula desempleo

Crece la preocupación oficial y general por el aumento de la tasa de desempleo y la baja en la de empleo. Por eso abundan las lucubraciones sobre las consecuencias de la sustitución de personas por robots y hasta se insinúan programas de renta básica para compensar al eventual desempleo.

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Lupa. Foto: Google

Obvio pero necesario es mencionar que el empleo y el desempleo surgen en un mercado en el que juegan tanto la oferta de trabajadores como la demanda por sus servicios. Si ante el salario resultante de esa interacción el desempleo es más alto que el normal, la razón es que se encuentra por encima de lo que pueden pagar quienes ofrecen los puestos laborales. Las empresas derivan la demanda de trabajadores de la que enfrentan por los bienes que producen, y si lo que pagan por salario no se puede recuperar en el precio final del producto que venden, reducen actividad y personal. En condiciones de competencia en los mercados de bienes, el desempleo es un desajuste entre oferta y demanda de puestos de trabajo al salario vigente.

Demanda.

La demanda por trabajadores de una empresa en competencia depende del costo salarial —salario más cargas sociales—, del valor de la productividad del trabajador —su contribución al bien que produce valuada al precio de mercado del producto—, del precio de los sustitutivos del trabajo según sus calificaciones, del comportamiento de la actividad económica, entre las principales razones.

Aunque la economía crezca, si el valor de la productividad del trabajador se encuentra por debajo del salario que la empresa debe pagar —sea por convenios sectoriales o cualquier otro acuerdo particular— la cantidad demandada de trabajadores o de horas de trabajo disminuye, y así contribuye al aumento del desempleo. Algo similar ocurre cuando el precio de los sustitutivos declina o el valor de su productividad aumenta —por ejemplo el de una máquina que compite con los trabajadores—; más inversiones en capital físico sustituirán horas hombre. Lo narrado es lo que naturalmente ocurre en una economía de mercado. No es así en otros sistemas económicos en los que el lucro privado no es el objetivo final de la empresa y los medios de producción son de propiedad estatal, experiencias que culminan en crisis desordenadas. Tras el fracaso de la utopía de esos intentos, generalmente de manera lenta se vuelve a la oferta y demanda privadas, para la mejor asignación de los recursos productivos.

Si se necesitara más evidencia sobre las consecuencias en el empleo cuando se obstaculiza al funcionamiento natural del mercado, sea con intervenciones fijando salarios, con intentos corporativos o con otros mecanismos por el estilo, observemos una razón que disimula los efectos de las distorsiones sobre el mercado laboral. He mencionado en una columna anterior que en los últimos quince años, en plena revolución informática, de nuevas tecnologías de la información y de las comunicaciones, que es ahorradora de mano de obra —en el mundo hace ya más de 50 años que ello ocurre y seguirá ocurriendo—, el empleo en el sector público local creció casi 30%. Ese innecesario incremento que alcanza a 67 mil personas más que el ahorro sobre el total de empleados que en 2002 habría traído el progreso informático —suprimiendo vacantes por ejemplo—, habría llevado a una manifestación más evidente y dura de la distorsión estatal —vía impuestos y fijaciones de mínimos salariales—y privada, vía ejercicios corporativos sindicales. De no ser por ello, el desempleo sería aún mayor, superior al 12.5%, pero reducidor de un déficit fiscal anual menor a la mitad del actual.

La revolución.

La revolución informática no ha terminado, continúa, con robots o con nuevas tecnologías, todas ahorradoras de mano de obra. Se debe entonces no disimular la realidad y contribuir a mejorar sensiblemente lo que se ofrece en materia de recursos humanos en una economía de mercado. Las ventajas comparativas son dinámicas: a finales de los años setenta del siglo pasado competíamos con Corea del Sur por ejemplo, en los mercados del mundo de prendas de vestir. Hoy los coreanos no compiten en esos rubros que nosotros también hemos visto fallecer. Pero la diferencia es grande: ellos producen y compiten en el mundo con los autos de mejores diseños, tienen un sector industrial que explica la tercera parte de su producción total de bienes y de servicios, con intensidad en el uso de robots y con una tasa de desempleo que es menos de la mitad de la nuestra. Nosotros seguimos bregando por aumentar las ventas de carne, rezando para atraer una inversión para que aumenten las de celulosa y en un contexto en el que la presión fiscal y el endeudamiento público trepan para disimular el desempleo. Concentrarnos en la oferta de trabajadores, en sus calificaciones, en el realismo en la fijación de sus retribuciones y acomodarlas a cada empresa y no al barrer para todos igual, cualquiera sea su sector de actividad, son desafíos que, más temprano que tarde se deberán encarar. Esa sería la verdadera revolución local que acompañaría a la que se viene dando a nivel informático en nuestro país.

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