EL PROBLEMA CONLLEVA LA PÉRDIDA DE PESO DE EUROPA

El envejecimiento redibuja la economía

Vivimos en medio de la mayor transición demográfica de la historia", destaca Beijia Ma, analista de Bank of America Merrill Lynch. "Prepararse para los cambios que se avecinan es una obligación para los gobiernos, las empresas y los propios ciudadanos", recuerda.

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Ancianos tomados de la mano. Foto: Archivo El País

En un reciente informe, titulado La economía plateada, el banco estadounidense pone en contexto el reto que se vislumbra en el horizonte: "La expectativa de vida alcanzará los 77,1 años en 2050 frente a los 48 años de 1950; la población mundial con más de 60 años ascenderá a 2.100 millones de personas a mitad de siglo frente a los 900 millones actuales; la edad media de los habitantes del planeta será de 36 años, siete más que ahora".

En la partida de cartas demográfica, la Unión Europea (UE) es la que peor mano lleva. Para 2050, la población mundial habrá crecido en más de 2.500 millones, lo que equivale a seis veces la población total de la UE. Se espera que el número de habitantes en el Viejo Continente descienda en ese periodo de tiempo y que para la próxima década haya ya perdido su condición de mercado más grande del mundo. "La teoría económica indica que los cambios en la población activa inciden en la capacidad de crecimiento de una economía, que ya es baja, en torno al 1%", sostiene Themis Themistocleus, jefe de inversiones del UBS. Este menor crecimiento, según el banco suizo, conllevará alzas del IPC por debajo del 2%. "Llegado el momento, el BCE podría tener que reducir su objetivo de inflación por debajo de ese nivel", sugiere este experto.

Una Europa envejecida donde el coeficiente de dependencia, es decir, la proporción de la población que no está en edad de trabajar (niños y jubilados) como porcentaje de la población en edad activa, aumentará de forma significativa, tiene básicamente dos opciones. La primera requiere romper un tabú político y social que tanto se está manifestando estos días y abrir las puertas a la inmigración.

"Si la fuerza laboral tiene que crecer, las manos adicionales deben venir de donde sea. Una posibilidad es que llegue de fuera de Europa: una oleada de trabajadores emigrantes aumentaría el colectivo en edad de trabajar y reduciría la edad media de la población. Además, la inmigración tiene un efecto a más largo plazo y es que la segunda generación suele tener más niños que los hijos de los nacionales", recuerda Richard Tufft, analista de Goldman Sachs. Según algunos cálculos, para equiparar la tasa de crecimiento de la mano de obra en Estados Unidos, la UE debe recibir anualmente 1.8 millones de habitantes (en edad activa) durante los próximos 10 años.

Peligra alemania.

La revolución demográfica también traerá una redefinición del mapa de poder en Europa. En concreto, Alemania verá amenazado su liderazgo y su influencia a la hora de marcar la línea económica a seguir dentro del Continente. Reino Unido superó recientemente a Francia como la segunda nación más poblada de la UE y como las proyecciones demográficas de Naciones Unidas prevén un aumento del orden de los 10 millones para 2050, rebasaría a Alemania, cuya población previsiblemente mengüe en seis millones en este periodo, para ocupar el primer puesto. Además, las previsiones hablan de que la población de Francia habrá crecido en siete millones a mediados de siglo, lo que la dejaría casi a la par con su vecino alemán.

El envejecimiento, sin embargo, no es exclusivo de Europa. En Estados Unidos, por ejemplo, cada día entre 2010 y 2020 se jubilarán 10.000 baby boomers (la generación más numerosa, que comprende a los nacidos entre 1946 y 1964); en Japón habrá solo 2.1 trabajadores por cada pensionista dentro de cuatro años, comparado con el ratio de seis veces que había en 1990; en China la población en edad de trabajar tocó techo en 2015; en Corea del Sur la tasa de fertilidad ha caído de seis hijos en 1950 a solo 1.3 en la actualidad… Solo África o India parecen escaparse de la maldición de las arrugas.

"Poblaciones más pequeñas y más envejecidas significan menos demanda y una productividad potencial más baja", advierte James Pomeroy, analista del HSBC. "Cuando el número de personas jubiladas crece con respecto a la población activa las consecuencias son una mayor presión fiscal, un aumento del gasto en sanidad y una caída de los ingresos fiscales.

Globalmente, aunque el colectivo de personas en edad de trabajar aún está aumentado, nuestro pronóstico es un crecimiento potencial de la economía mundial menor en 0,6 puntos porcentuales cada año durante la próxima década comparado con el crecimiento de los últimos 10 años debido a los cambios demográficos. No son noticias especialmente buenas para aquellas economías fuertemente endeudadas", añade Pomeroy.

Una consecuencia evidente del envejecimiento de la población es un mayor gasto sanitario. Entre 1995 y 2009 el gasto público en sanidad creció a una tasa media anual en términos reales (ajustado por la inflación) del 4,3% en los países miembros de la OCDE. Los estudios de este propio organismo señalan que este crecimiento continuará y no solo por la mayor esperanza de vida de la población mundial. "Los altos déficit de muchos países y las limitaciones presupuestarias sugieren que será necesario traspasar parte de la inversión que se necesita al sector privado. Sin embargo, esto tampoco frenará del todo el aumento del gasto público en temas relacionados con la salud debido a los factores demográficos estructurales que se avecinan", explican los expertos de Julius Bär en un informe.

Las proyecciones señalan que el peso del colectivo de personas mayores de 65 años sobre la población mundial pasará del 9% en 2010 al 19% en 2050. "Esto significa que las demandas sanitarias van a aumentar. Si nos basamos en la relación entre personas mayores y gasto en salud, un incremento del 1% en el porcentaje de personas de más de 65 años implica un aumento del gasto público aproximadamente de 0,2 puntos porcentuales del PIB", calculan desde el HSBC.

Pensiones.

Junto al gasto sanitario, el otro gran reto para los Estados es cómo garantizar la sostenibilidad de los sistemas públicos de pensiones. La combinación de una mayor esperanza de vida y la caída de la natalidad componen un sudoku de difícil resolución para muchos gobiernos. Según los cálculos de la OCDE, el gasto público medio en pensiones con respecto al PIB pasará del 9,5% en 2015 al 12% en 2050. "Muchas personas sueñan con una jubilación feliz recogiendo los frutos de una larga vida de sacrificios. Sin embargo, la realidad es que en el cerdito no hay dinero suficiente para garantizar esa aspiración", avisa Kathleen Boyle, analista de Citi. En un reciente informe, titulado La crisis de las pensiones que se avecina, el banco estadounidense trata de poner cifras al problema: "De acuerdo con nuestras estimaciones, el valor total del desfase presupuestario de 20 países de la OCDE en el tema de pensiones alcanzaría 78 billones de dólares, casi el doble de la suma de su deuda pública actual. Además, las empresas tampoco están cumpliendo con sus obligaciones y la mayoría de los planes de pensiones corporativos están infracapitalizados".

Marko Mrsnik, analista de Standard & Poor"s (S&P), reconoce que muchos Estados han aprobado en los últimos años una serie de reformas estructurales con el objetivo de contener el gasto relacionado con el envejecimiento de la población, sobre todo para estabilizar el coste de las pensiones futuras. En su opinión, estos cambios, si se mantienen, ayudarán a sostener en el largo plazo las cuentas públicas. "Sin embargo, los gobiernos se enfrentan a un equilibrio difícil de solucionar y que conlleva por un lado frenar el gasto público y, al mismo tiempo, asegurar los ingresos adecuados para combatir los riesgos crecientes de pobreza y desigualdad", apunta un estudio firmado por Mrsnik.

Impacto en cuentas.

En mayo pasado, S&P publicó un informe —titulado 58 sombras de Gray— en el que, utilizando las proyecciones demográficas, advierte de que, si no se aprueban reformas, el ratio medio de deuda pública sobre PIB crecerá hasta el 131% en 2050 en las economías avanzadas frente al 49% de 2020 (en los países en desarrollo pasará del 42% al 136%), mientras que el déficit público promedio se doblará, pasando del 4% al 8%. "De acuerdo con esta simulación, la deuda de un cuarto de los 58 países analizados pasaría a tener una calificación crediticia de bono basura", concluye el informe.

La necesidad de realizar reformas, sin embargo, topa con un escollo no menor. El envejecimiento de la población tiene un efecto político clarísimo que se traduce en la creación de un grupo de presión cada vez más grande formado por aquellas personas con más de 65 años y cuyas demandas deberán ser escuchadas con máxima atención por aquellos partidos que quieran llegar al poder o conservarlo.

En Alemania, por ejemplo, la edad media de los votantes, según los últimos cálculos demográficos, pasará de los 49,8 años en 2010 a 57 años en 2030. Y no hay que adentrarse a tan largo plazo para comprobar el poder de este colectivo: en las elecciones generales de 2015 celebradas en Reino Unido el 78% de las personas mayores de 65 años fue a votar mientras que solo acudieron a las urnas el 43% de los jóvenes entre 18 y 24 años y la participación total se quedó en el 66,1%.

"Contar con una población tan envejecida tendrá una influencia directa en el gasto de los gobiernos, principalmente por motivos electorales. Una población creciente de mayores de 65 años supone un incentivo para que las políticas públicas les favorezcan, tanto en términos fiscales como en las decisiones de inversión. Este súper poder de la gente mayor, cuanto nos referimos a cuestiones políticas, puede implicar que el gasto se concentre en partes de la economía poco productivas", según James Pomeroy, del HSBC.

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