DE PORTADA

Profetas cruzando el charco

En busca de un salto laboral, Buenos Aires sigue siendo el principal destino para muchos artistas uruguayos.

Anna Rank es artista plástica y vive en Buenos Aires desde hace 15 años
Maia Francia cruzó el charco para ahondar su formación en teatro; ya lleva 21 obras en cartel
Jesús Fernández es coach de murgueros argentinos que quieren adoptar el estilo uruguayo
Rafael Lavin es actor y admite que adaptarse a Buenos Aires no es tan fácil
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Victoria Molnar dom abr 5 2015

La búsqueda de oportunidades. La necesidad de un cambio. Las ganas de dar el gran salto. La voluntad de probar y seguir estando cerca. El encanto de su potencia arrolladora. Alguna invitación demasiado tentadora... Las razones que llevan a los artistas uruguayos a cruzar el Río de la Plata e instalarse junto a su talento en Buenos Aires son muchas y variadas. Y aunque en la última década el movimiento se ha vuelto más fácil y asiduo, lo cierto es que los vínculos entre ambas márgenes del río se remontan a la época de la Colonia. Recibidos con los brazos abiertos y adoptados como si fueran nacionales, allí la mayoría deja de ser solo uruguayo y se vuelve rioplatense.

A lo largo de la historia sobran ejemplos de quienes lograron no sólo prosperar sino ser exitosos viviendo en la vecina orilla: China Zorrilla, Carlos Páez Vilaró, Natalia Oreiro, Daniel Hendler, Osvaldo Laport, Gabriela Toscano, Gabriela Acher, Israel Adrián Caetano, Berugo Carámbula y Carlos Perciavale son, quizá, los nombres más emblemáticos. Marcada por estos ejemplos, hoy la capital argentina sigue siendo el primer destino cuando de subir la apuesta profesional se trata. Es el camino que eligieron los actores Maia Francia y Rafael Lavin, la artista plástica Anna Rank y el músico Jesús Fernández. Cada uno con un recorrido particular, estos uruguayos comparten historias de esfuerzo, adaptación, sacudones, perseverancia y, en el balance, muchos más logros que derrotas.

Voto de confianza.

"Dios está en todos lados, pero atiende en Buenos Aires", reza un dicho popular argentino para explicar la fuerza de la capital, que concentra gran parte de los recursos económicos, políticos y humanos del país. Pero en Buenos Aires, que atrae tanto a nacionales como extranjeros, las oportunidades son casi tan diversas como las dificultades. "El ser uruguayo no es que te abra las puertas de trabajo, pero como que te da una carta verde para empezar. Es como una confianza de que somos buena gente, que obvio la podés perder enseguida, pero te ayuda", dice el actor Rafael Lavin, que vive allí desde 2007.

Él comenzó su formación en la Escuela de Actuación de Montevideo con las actrices Marisa Bentancur, María Mendive y Gabriela Iribarren. Con 34 años, tiene experiencia en cine, teatro, televisión y publicidad, donde hizo más de 40 trabajos para países de todo el mundo. En Uruguay se lo pudo ver en las series Uruguayos campeones (2004, del director Israel Adrián Caetano, también uruguayo radicado en Argentina) y Adicciones (2011), la ficción juvenil Dance! (2011), y las películas Verdad/Consecuencia (2009) y Ceguera (2008), del director Fernando Meirelles con fragmentos filmados en el país. Rafael también hizo carrera de la mano de la Murga Joven, pero fueron los nueve meses del viaje de Arquitectura —le faltan sólo tres materias y la carpeta para recibirse— los que lo impulsaron a pensar y resolver probar suerte en la capital argentina. "Más allá del imaginario colectivo del éxito y la tevé, la estoy remando como el primer día desde hace ocho años", aclara.

Un punto a favor para él fue tener familia en Buenos Aires. De hecho, es primo de la reconocida actriz Malena Solda. "Yo vine toda la vida unas tres o cuatro veces por año y creía que el cambio no era nada. Pensaba que venirme a Buenos Aires era como mudarme de barrio", recuerda. Ese fue, justamente, el primer gran golpe. "Son dos países distintos, dos ciudades distintas, dos culturas diferentes... Y aunque parecemos iguales no tenemos nada que ver en muchos aspectos", cuenta. Le llevó unos diez meses acomodarse a la nueva rutina y armar una lista de actividades para continuar su formación. "Después de haber recorrido todo el camino, te das cuenta de que la formación es clave y ese éxito que se ve en la televisión puede estar ahí o no. Hoy vivo de la actuación, pero a mí ya no me importa estar en el éxito. Mi vida cambió y también me cayó otra ficha, que es que a veces este medio es muy cruel y terrible. Si bien no hay que generalizar, mucha gente no quiere ser actor, quiere ser famosa y está dispuesta a hacer cualquier cosa para conseguirlo", reflexiona.

Hacer ese click lo llevó, junto a otros colegas, a generar sus propios proyectos de teatro independiente, donde obras como Mi muñequita, Un judío polaco y Puto —que incluso llevó a Uruguay—le sirvieron para ganarse un espacio en las tablas de ambas ciudades.

Reciente padre de mellizos, Rafael no descarta regresar a su querido Parque Rodó, donde podría criar a sus hijos en el "apacible ritmo montevideano". Sabe que ya es de las dos orillas y piensa que puede "aprovechar esa condición" para potenciar su trabajo. Mientras toma una decisión, prepara una miniserie televisiva para presentar ante el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA) de Argentina y quiere llevar a las tablas el libro Cuando el río suena, de Carlos María Domínguez, que con una mezcla de humor y crítica narra la charla entre dos hermanos —una radicada en Buenos Aires y el otro en Montevideo—, sobre las evidentes diferencias que hay entre la vida porteña y la montevideana.

Libertad y apertura.

La artista plástica Anna Rank pertenece a la segunda generación del Taller Torres García. Hija de padres vinculados al arte, sus estudios se iniciaron en la Escuela Pedro Figari de la UTU y siguieron en la neoyorquina Parsons School of Design de la New School University, donde hizo una Maestría de Bellas Artes Pintura. Pero Anna considera como uno de sus principales maestros a Julio Uruguay Alpuy (1919-2009), quien siendo ella muy joven la invitó a tomar clases de dibujo y pintura a Nueva York. Se mudó y vivió allí 18 años. Desde entonces nunca dejó de formarse, desempeñándose como docente y artista. Incursionó en el dibujo, la pintura, el grabado y la escultura. Expuso en Estados Unidos y Uruguay, pero su obra también recorrió Puerto Rico, Francia, Italia, República Dominicana, Argentina, Brasil, Chile y Venezuela. En el trayecto, recibió premios y becas, y su obra pasó a integrar colecciones internacionales.

Anna regresó a Montevideo debido a la salud de su padre. Desde ese momento comenzó a "cruzar el charco" para dictar talleres. Cuando quiso acordar, estaba establecida. De esto ya pasaron quince años. Hoy, la artista plástica vive en Buenos Aires, donde enseña en su taller particular y también en la Fundación-Taller Guillermo Roux.

Pero pese a los cambios y el tiempo, sigue teniendo a Uruguay muy presente en su memoria. Y en su arte. Haberse criado en una chacra —casualmente en la zona cercana a donde reside el expresidente José Mujica— ha influido para que la necesidad de contacto con la naturaleza supere al asfalto de cualquier ciudad. "Los árboles, particularmente los ombúes, están metidos ahí, enraizados dentro mí y de mis figuras, que siempre han tenido una cosa como de la tierra", explica.

Para diferenciarse de su madre, la reconocida artista plástica Hilda Varela, Anna armó su carrera bajo un seudónimo y así elaboró sus "propias herramientas". "En Uruguay somos como una gran familia, entonces no hay sorpresa. Acá en Buenos Aires en el ambiente no sos nadie en especial más que vos y tu trabajo. Eso es un poco lo que también pasa en Estados Unidos. Se siente que lo que uno está haciendo lo logra por el trabajo de uno. Es algo liberador en cierta manera", señala sobre su decisión de instalarse en Buenos Aires. "Además, acá hay mucha más cantidad de gente con un interés en común que puede ser dibujar, pintar o el arte", agrega. Y por allí aparece un dato no menor: "Hay una apertura muy grande hacia lo uruguayo. Yo nunca me sentí extranjera, es más, no te sentís al margen de nada nunca. Siempre están mirando como que en Uruguay somos lo máximo. Y eso te hace sentir bien". En julio, Anna prevé realizar una muestra de dibujos en la Alianza Francesa de Bueno Aires.

Ciudad con furia y brillo.

La actriz Maia Francia necesitaba un cambio. Había decidido que el "tronco esencial" de su formación sería el teatro, pero quería seguir creciendo. Montevideo empezaba a quedarle chico. "Necesitaba seguir cultivando mi instrumento, buscando nuevos horizontes y perspectivas profesionales", cuenta sobre las razones que la llevaron, en marzo de 2006, a mudarse a Buenos Aires. Formada en la Escuela de Arte Dramático de Teatro El Galpón y licenciada en Comunicación Social por la Universidad Católica, lo suyo fue amor a primera vista. "Siempre admiré el brillo y la potencia de Buenos Aires. Me enamoré inmediatamente de la ciudad de la furia, de su biorritmo neurótico, caótico, efervescente y creativo. Y nunca más quise irme", recuerda hoy, con 34 años. Como una señal, el azar quiso que Maia encontrara en aquel primer viaje en barco a China Zorrilla, con quien compartió una charla en la que los miedos y la esperanza se entrelazaron en partes iguales.

Ingresar al Centro Latinoamericano de Creación e Investigación Teatral que dirigía el actor y dramaturgo Juan Carlos Gené (1929-2012) no fue fácil. Pero el esfuerzo dio sus frutos y el crecimiento se hizo evidente cuando, en 2009, Gené la invitó a ser su coprotagonista en la obra Minetti, de Thomas Bernhard. Para el maestro argentino del teatro fue su última obra como actor; para ella, una "bisagra en su carrera". Sin embargo, no olvida ni reniega de esos "cimientos" que le dieron su formación en Uruguay. "Fui inmensamente dichosa en ese semillero emblemático. Nelly Goitiño, María Azambuya, César Chino Campodónico, Graciela Escuder, Raquel Diana, Arturo Fleitas, Miriam Gleijer, entre tantos otros, son compañeros entrañables, les debo la excelencia de mi formación base. Me siento muy agradecida y orgullosa de ser galponera", señala.

Es que para ella el cambio más significativo fue pasar de ser parte de una institución prestigiosa a estar en soledad. "Ser yo con mis herramientas tratando de hacer mi propio camino en un medio inmenso", describe. Como parte de un elenco estable, en Uruguay Maia nunca había audicionado. Hoy, defiende esas instancias, a las que define como "muy duras", porque son las que mantienen al actor "en un training interesante".

"Cuando repaso estos años, a veces, tengo la sensación de que es una película que vivió otra persona. No fue fácil. Extraño a mi familia, a mis amigos de toda la vida, mi rambla, mis paisajes y tener enfrente a alguien que conozca mi historia. Pero, cuando algo duele, cuando algo es difícil, nos deja un tatuaje y cada vez que lo vemos nos dice que intentamos algo importante. Tengo una vida extraordinaria y hoy pienso que lejos de partirme a la mitad he multiplicado mis mundos, mis dos orillas y eso me hace inmensamente rica. Caminaría cada paso de la misma manera. Tomaría las mismas decisiones que he tomado, porque todo lo que he vivido me hizo la persona que soy hoy y, a pesar de los sinsabores, no estoy lejos de lo que soñé para mi vida", cuenta a Domingo.

No le faltan motivos de orgullo. Para ella es tiempo de cosecha. En estos nueve años ha tenido 21 obras en cartel y ocho nominaciones a diferentes premios. En 2011 ganó el Florencio Sánchez en el rubro Actriz Revelación. En la actualidad está nominada como Mejor Actriz Protagónica en los premios María Guerrero y en los Florencio Sánchez por su labor en Como les guste, de William Shakespeare, y Que el sol de la escena queme tu pálido rostro, de Federico García Lorca, compartiendo ternas con las actrices Leonor Manso, Adela Gleijer, Beatriz Spelzzini e Irina Alonso. El 2015 lo empezó instalada en la ciudad de Mar del Plata, haciendo temporada de verano con la obra Sacco y Vanzetti, que produce el Teatro Nacional Cervantes y ya tiene fecha de estreno para cuatro obras. Como si fuera poco, es la directora de la residencia de 4°año en la Licenciatura de Arte Dramático en la porteña Universidad del Salvador, donde da clases hace tres años.

Sin remitente.

"La relación con Uruguay creo que no la perdí nunca. Bien dice (Alejandro) Balbis en el disco Sin Remitente que nosotros vamos y volvemos todo el tiempo. No tenemos una dirección", dice el músico Jesús Fernández. Así como nombra a Balbis, en su discurso también podría haber estado Gustavo Cerati con su tema Puente o Jorge Drexler con Al otro lado del río. Es que la distancia y la nostalgia son tópicos recurrentes en la música, la pasión que a él también lo llevó a dejar su ciudad natal. "Yo tengo a mi vieja en Salto y cuando voy siempre algo artístico hago. También estoy yendo a tocar a Montevideo bastante seguido", cuenta sobre cómo vive la distancia.

A los 38 años, a Jesús le cuesta encasillarse. "Es medio bravo porque hice un montón de cosas. Pero primero que nada soy músico. Eso sí, tengo varias aristas, la principal es la murga, soy cantor, vengo de ahí desde chico". Exmiembro de La Gran Muñeca, Falta y Resto y La Mojigata, entre otras, es arreglador y productor musical de varios géneros, profesor de canto y técnica vocal para actores y cantantes, y coach de murgueros argentinos que quieren adoptar el estilo uruguayo. Además, dirige en Buenos Aires el ciclo musical del Centro Argentino de Teatro Ciego, que se llama "Todosonidos" y es una experiencia extrasensorial por ahora única en el mundo en el que bandas o cantantes hacen música para el público en total oscuridad.

Jesús cursó cinco años de Medicina, pero en el canto se formó de forma autodidacta. "La carrera quedó por ahí... elegí la música", dice quien llegó a Buenos Aires a finales de 2005. "Vine a instalarme por un proyecto que finalmente nunca salió, pero una vez acá se me abrieron una cantidad y ahora ya tengo hasta una hija argentina". Polifacético, trabajó durante años con otro artista uruguayo que hizo pie en la vecina orilla, Alejandro Balbis, y este 2015 está preparando su primer disco solista.

En su vasta trayectoria, Jesús ha trabajado con Bersuit Vergarabat, Árbol, Las Pastillas del Abuelo, No Te Va Gustar, Cuarteto de Nos, Luis Pescetti y Magdalena Fleitas, entre otros. Para el músico, en Argentina hay "más posibilidades reales" para vivir del arte, pero eso no quita que haya que "trabajar mucho y muy en serio" en lo que uno hace para lograrlo. "En Buenos Aires me arraigué por la variedad de opciones que tiene, me di cuenta de que en uno o dos años se abría el abanico de cosas. Obviamente uno da lo suyo, lo que uno tiene, pero a la vez uno puede vivir y tiene una cantidad de cosas para hacer". Y eso, concluye, siempre es una gran enseñanza.

Música a dos orillas.

No todos los artistas uruguayos necesitan instalarse definitivamente allí para ser adoptados por la Argentina. Entre esos que van y vienen constantemente, los músicos, sin duda, lideran el ranking. No Te Va Gustar, La Vela Puerca y el Cuarteto de Nos son las bandas que el público ha tomado ya como parte de "la nueva ola" del rock argentino y están presentes en todos los grandes festivales y con fechas propias, no sólo en Buenos Aires y aledaños, sino además en el interior del país. También están los clásicos, como Jaime Roos y Ruben Rada, que siguen eligiendo desembarcar en la orilla porteña presentándose en ambientes más íntimos y con fechas que prevén un lleno total. Lo mismo ocurre con Jorge Drexler y Fernando Cabrera, artistas que han calado hondo, ganándose el cariño y el respeto del público argentino. En los últimos años, el punto alto es para las murgas uruguayas, con espectáculos hechos a medida por parte de agrupaciones como Falta y Resto, Diablos Verdes, La Gran Muñeca y Agarrate Catalina.

Más allá de la industria, las diferencias están en la idiosincrasia.

Para la actriz Maia Francia la diferencia entre los medios artísticos de Argentina y Uruguay es "absoluta". "Ambos tienen virtudes maravillosas, constitutivas de identidades únicas e irrepetibles, así como debilidades a trabajar. Yo me nutro de las dos, intentando robarle a cada orilla lo mejor que tiene", dice la actriz. De Uruguay elige la esencia. De Argentina, la estructura. "Uruguay es una plaza pequeña. Argentina, inmensa. Partiendo de esa obviedad, se dificulta toda comparación. (En teatro) Buenos Aires tiene todo un aparato sistémico que, con mayor o menor dificultad, funciona como una verdadera industria. Causa: hay público para todo, que consume con voracidad las artes escénicas; para el porteño el teatro es una necesidad. Consecuencia: 400 espectáculos en cartel, todos los días de la semana hay función de algo". El teatro uruguayo, en cambio, lo ve "holgazán para entablar vínculos, receloso y ermitaño".

Pero más allá de la industria, ambas capitales funcionan con una idiosincrasia diferente. "Buenos Aires es un crisol cosmopolita, una ciudad abierta, abrumadora, poderosa y de una enorme generosidad con el que llega. Montevideo es austera, prolija y amable. Entiende y busca la belleza con un sentido altruista, casi puritano".

Dos rioplatenses de pura cepa.

El 2014 fue año de luto para el Río de la Plata. El 24 de febrero falleció a los 90 años el polifacético Carlos Páez Vilaró y el 17 de setiembre la genial China Zorrilla, a sus 92. Nacidos en Montevideo, ambos transitaron una intensa vida artística a dos orillas. Por su parte, China, hija de madre argentina, se radicó en Buenos Aires en 1971, donde es considerada una forjadora del teatro y el cine argentinos. Desde muy joven, Carlos cruzó una y otra vez las aguas del Plata y se declaraba a sí mismo como "el pintor del medio del río", pasando, en el último tiempo, los inviernos en la localidad de Tigre y los veranos en su Casapueblo de Punta Ballena. Casualidad: ambos regresaron a su Uruguay natal para pasar sus últimos días rodeados del afecto familiar. Coincidencia: las últimas instancias artísticas los encontraron en la otra orilla. En 2012 China se despidió de las tablas sobre el escenario del Teatro Nacional Cervantes de Buenos Aires, donde celebró sus 90 años con una versión de Las de enfrente. En tanto, la última muestra que organizó Páez Vilaró con su obra se llamó El color de mis 90 años y se expuso a finales de 2013 en el Museo de Arte Tigre.

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