Las uruguayas Susana Groisman y Stefanie Neukirch llegaron a Estados Unidos para participar en un espectáculo teatral que revive, en inglés y en español, a la poeta uruguaya Delmira Agustini.
Delmira Agustini atravesó la vida como una estrella fugaz, dejando una estela de asombrosa poesía y la imagen trágica de su asesinato a manos del marido.
Cuando Los cálices vacíos, de Judy Veramendi, fue estrenada en Montevideo bajo la dirección de Elena Zuasti, la obra se sumaba a antecedentes ilustres como La dama de Knossos, de Eduardo Sarlos y la Delmira, de Milton Schinca.
En Chicago, Cálices había sido estrenada por Teatro Aguijón, con dirección de la colombiana Rosario Vargas. Ahora es el director estadounidense Madrid St. Angelo el encargado de reponerla, con funciones alternadas en inglés y español.
Precisamente Susana Groisman, que fue una memorable Delmira en La dama de Knossos, pasa a encarnar a la apabullante madre de la poeta.
Para el papel protagónico se optó por otra actriz uruguaya, la joven Stefanie Neukirch, una revelación total.
Los cálices vacíos plantea serios escollos a directores y actores. La autora juega con los tiempos y con "entrar" y "salir" de carácter e impone frecuentes quiebres para insertar un poema o una reflexión de Delmira.
Sin ser una obra brechtiana en otros aspectos, tiene momentos de "distanciamiento" a lo Brecht. Que funcionan muy bien cuando se trata de mostrar ese extrañamiento en que Delmira vivió respecto a su época.
El padre grandilocuente y la madre dominante, así como el esposo-asesino y los amantes, concretos o fantaseados, parecen moverse fuera de los límites del mundo mental de Delmira.
Los únicos que tienen la llave de ese último reducto, si acaso, son la amiga del alma, María Eugenia Vaz Ferreira, y André, el amigo gay y bon vivant, símbolo de una vida donde la transgresión es posible.
Conociendo largamente el talento y el rigor actoral de Susana Groisman, así como su familiaridad con el mundo de Delmira, no cabía ninguna duda de que esa Madre iba a estar para alquilar balcones. Y de paso, Groisman, que es fluida en alemán y francés, salva con holgura el compromiso de actuar también en inglés.
La curiosidad era intensa respecto a Stefanie Neukirch en el arduo papel protagónico.
Pocos minutos le bastaron a la actriz para despejar esa incógnita. Dueña de un semblante privilegiado y de envidiable desparpajo adornado con una técnica sutil, Neukirch aporta, a raudales, el magnetismo que la obra demanda.
Aunque sus registros son muy diferentes, debo decir que desde los comienzos de Roxana Blanco no me tocaba ver una nueva joya teatral de semejantes quilates. Y bilingüe, ya que sus estudios teatrales fueron en Nueva York.
En esta aria para gran actriz, ver a Neukirch es como contemplar una amalgama entre una Dominique Sanda y una Liv Ullman en sus respectivas juventudes.
En la voz, el cuerpo y el rostro de Neukirch, Delmira es frágil sin ser quejosa, consentida sin llegar a caprichosa, sexual y desafiante pero con vacilaciones, como las que naturalmente debió experimentar una joven mujer del 900 embretada entre sus instintos y una sociedad pacata y represora.
Al mismo tiempo sabe insuflarle al personaje una bienvenida ligereza, una alegría y un sentido del humor que nos lo hacen mas cercano y que multiplican el impacto del fatal desenlace.
Los intercambios entre Neukirch y Groisman resultan en duelos teatrales de alto voltaje en donde queda expuesta la ambigüedad de ambos personajes. La Madre sobre protege y manipula porque ama. Delmira se rebela y transgrede, pero tampoco alcanza a renunciar del todo al nido y al ala materna.
Obviamente, Delmira tuvo que ser un carácter en permanente conflicto y a veces contradictoria en sus opciones. El suyo es un símbolo de rebeldía femenina, pero de una rebeldía frustrada nada menos que por una muerte pasional y violenta.
Nos queda, invicta, su poesía. Y la posibilidad de convocar su presencia a través de "mediums" teatrales tan fascinantes como estas actrices uruguayas. Hay que agradecer a la autora, así como los auspicios del Instituto Cervantes y la colaboración del Consulado de Uruguay en Chicago.
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