Como siempre, el Hotel Argentino convirtió su solemne establecimiento en una "sede cinematográfica" por dos días. Para la proyección, una sala improvisada pero elegante, con sillas de madera - un poco incómodas -, arañas de luz que se extinguían de a poco y dos pantallas, a derecha e izquierda. Dentro del extenso menú, películas latinoamericanas; diversos ciclos de cortos (Muestra de Divercine, mALCINE, Udelarm y también universitarios); la muestra de Otrocampo (la revista digital argentina sobre análisis y estudios cinematográficos), y la sección Fantapiria que exhibe, desde hace cuatro años, obras de fantasía, terror y ciencia ficción.
Más que un festival, Piriápolis de Película funciona como una muestra que año tras año brinda un panorama selecto de la producción audiovisual independiente, de aquellos trabajos que en su mayoría no entrarán en el circuito comercial. En esta quinta edición hubo predominio de material uruguayo y argentino. La peli, del argentino Gustavo Postiglione, abrió las exhibiciones. Darío Grandinetti, Noelia Campo y Natalia Oreiro componen el elenco de esta película que permitió (re) descubrir los dotes actorales de Campo pero no más. Le faltó vuelo para remontar una idea ya conocida: la crisis de un cineasta y su amor obsesivo por Ana, el arte, la verdad. Una obra dilatada que gira sobre sí misma, sin avanzar.
Entre lo mejor, lo del uruguayo Maximiliano Contenti con su debut en la distancia larga: Muñeco Viviente V, film independiente sobre un perverso muñeco que asesina a un grupo de jóvenes. La película oscila entre el terror, el absurdo y lo bizarro, y es una reflexión sobre la conciencia y sus demonios interiores,. El círculo (Aldo Garay y José Pedro Charlo) fue otra de las destacadas. Un documental que reconstruye el sufrimiento de Henry Engler, uno de los rehenes tupamaros de la dictadura. En la actualidad vive en Suecia, es un importante investigador del mal de Alzheimer y un posible candidato al premio Nobel. Un testimonio que resignifica su condición de superviviente, la historia de un hombre que consiguió ahogar a los fantasmas del pasado manteniendo incólumes sus convicciones morales y a su vez proyectarlas en su actual profesión. También se lució El otro camino, coproducción uruguaya, argentina y española, dirigida por Gabriel Szollosy, y centrada en la figura del bandoneonista argentino Rodolfo Mederos. Un retrato honesto y sencillo que ahonda en su visión del tango, de la ciudad, del bandoneón - una suerte de prolongación "respiratoria" viviente del compositor- y en su intento por perpetuar lo auténtico del género, tocando con intérpretes jóvenes y así poder pasar su legado. Cuando la película terminó, Mederos tocó en vivo dos temas, entre ellos, una interpretación pausada y vigorosa de Adiós Nonino. Por último, los cortometrajes de Juan Andrés Bello y Alfonso Guerrero, estudiantes de la ORT, integraron otro punto alto. Porque hicieron una relectura propia y hasta nueva de dos cuentos de Julio Cortázar (Pesadillas, aka Afuera, y La continuidad de los parques, respectivamente).
Un ambiente cálido e íntimo marcó la quinta edición. Lo primero lo aprobó el cielo despejado y las tardes soleadas que, junto a la brisa invernal, crearon un escenario ideal para ver cine, y después poder recorrer la desolación (seductora) del balneario. Y lo segundo ya es una impronta del festival: la concurrencia de un grupo bastante habitual y reducido, integrado por invitados de honor, fanáticos, acompañantes y cineastas jóvenes. Esta vez, esa señal distintiva la optimizó el clima y el nivel de la producción audiovisual local, que habilitaron que sí sea un fin de semana de película.