American Idol, aunque más no sea

Nada puede contra American Idol. Cada año vaticinan que está gastado. Que no va andar. Que la magia se ha evaporado. Pero igual se estima que 80 millones de personas votarán en las finales.

American Idol se acerca a sus instancias definitorias. Éste es el programa donde los que quieren ser famosos siempre pueden más que los que tienen un impulso artístico. Por lo cual termina siendo una fábrica de cantantes que terminarán en los casinos de Las Vegas con un smoking o un vestido plateado.

El único concursante con cierto talento que quedaba, el ensortijado rasta Jasón Castro, ya había sucumbido a la presión. Si no sos una máquina sedienta de fama, si te importa lo que estás haciendo, se hace difícil, dijo Castro en el programa de Ellen DeGeneres.

Ellen DeGeneres tiene uno de los pocos talk-shows que no resultan una lobotomía. Su público es más o menos el de un concierto de María Bethania o Melissa Etheridge. Los temas no siempre son los más apasionantes. Su sentido del humor es medio secote, medio estrecho. Pero al menos como televidente no te sentís insultado.

Quemado Jason Castro, ahora David Archuleta, quien es capaz de exponer una sonrisa kolynos hasta cuando los jurados lo están despellejando vivo con sus comentarios, resulta el claro favorito.

Sólo el invulnerable rockero David Cook, tipo rockero de peluquería, aclaro, de fijador y vaqueros Fiorucci, puede llegar a ganarle, apelando a los votos de la mayoría silenciosa. Y de piel blanca. Que prefiere a un Cook antes que a un apellido vasco como Archuleta. Difícil de pronunciar y que huele a extranjero. A inmigrante.

La tercera en discordia, era Syesah Mercado, que llegó hasta ahí porque necesitaban a una mujer y alguien que fuera negra. Por el tema de lo políticamente correcto, pero más fríamente calculado, para que la población negra siguiera colgada del programa.

Y fíjense qué cosa, tres apellidos hispanos, Castro, Archuleta y Mercado entre los cuatro finalistas. Otro, David Hernández, ya había sido pasado para la cueva en marzo.

Mientras el blindado Cook persevera con la fría determinación de un centrofobal alemán y Archuleta sigue con su sonrisa pintada, a lo Ronaldinho, el jurado disparatea a gusto.

Paula Abdul le ha pedido demasiado a su pobre cuerpo. En sus años maduros, la mitad del tiempo parece drogada o alcoholizada. Y cuando está sobria no resulta mucho más coherente.

Al igual que el otro jurado, el afroamericano Randy Jackson, la desgastada Abdul ni siquiera encuentra las palabras para decir lo que piensa de cada concursante. De vez en cuando dice algo sobre la afinación. Y Randy Jackson por ahí dice algo sobre el ritmo. Aparte de eso, son negados.

El inglés Simon Cowell, que a cancha e inteligencia les da diez mil vueltas, se hace un picnic. Adornado con un espíritu cínico y una lengua cáustica, no vacila en pinchar globos. Y a veces, hasta ridiculizar a los participantes. Además es uno de los dueños, así que puede hacer lo que quiera. Es como el Verdugo de Don Francisco, pero a cara descubierta y sin trompeta.

Las rondas iniciales de este programa son como aquel viejo Cante y Gane de la televisión criolla. Iba cualquier desafinado y cantaba. Los niveles de desubique de la gente son tremendos. Y a veces tristes.

Las instancias finales, como las que se viven en estos días, son un retrato lujoso de un país hambriento de fama. Hambre de ser famosos y hambre de consumir la fama de otros.

Hasta ahora American Idol no ha dado ni un solo artista de fuste. Sólo entretenedores de peso liviano, descartables. Y no está mal que sea así.

Un día Archuleta va a estar cantando en Las Vegas con Tom Jones y Engelbert Humperdinck, enfundado en un smoking plateado. Si eso es lo que uno espera de la vida, no es un mal destino.

En cuanto a los cerca de 80 millones de personas que se espera que voten en la final, bueno, qué se puede decir. El equivocado debe ser uno.

barilarius@yahoo.com

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