Hip Hop, Electrónica | (Interscope)
Una interesante mezcla de música dance, instrumentos y sonidos africanos y buenas dosis de electrónica global habían convertido a M.I.A. en una rara avis dentro de la música anglosajona más masiva. Y pese a que el primer álbum de M.I.A., editado en 2005, parecía ofrecer una electrónica algo áspera e impenetrable, su ritmo bailable terminaba por pegarse a los oídos de los escuchas más rockeros. Será por la actitud o por la sensualidad que despliega la rapera británica con raíces en el continente negro. Pero temas como Pull up the people se impusieron como hits en Europa y los Estados Unidos.
Ahora, M.I.A. aparece en una versión 2.0, aún más intensa y combativa, jugada a experimentar con las raíces más locales de la música que selecciona y prescindiendo en muchos casos de la electrónica, como pasa con Bird flu, una especie de canto africano en el que la rapera pareciera estar cantando en medio de un ritual en plena selva. El ritmo de los versos y los tambores, junto con los coros, es imponente y contundente.
Otro punto a favor para este Kala es que contiene una música mucho más bailable que la de su anterior disco. Va más al frente, pero sin olvidar los recursos que pueden lograr que sus canciones se impongan en una discoteca. Así, en una suerte de mixtura actual de "world music" y hip hop, se va conformando el resto del disco.
Y lo atractivo de tanta sensualidad y determinación que parece destilar la cantante, parece ser la oscuridad que acompaña su registro de voz y la música. Por momentos parece que esos ritos que M.I.A. canta acompañados de sintes o de tamborileos fueran un hechizo malévolo y a la vez con un sentido pop que la convierte en una auténtica rareza en la cual vale la pena adentrarse. La recargada $20 es una buena puerta de entrada.
Lo que termina dando sustento al disco es que M.I.A. podría haberse conformado con un disco que apuntara a alguno de los aspectos que mezcla en el disco, por separado. Pero si hubiese sido un manifiesto de música étnica hubiera sido demasiado aburrido y monótono, y si se hubiera volcado al hit "popero" se hubiese vuelto predecible. Por eso una mezcla tan acertada en una artista tan nueva es digno de aplaudir y de escuchar. Y de bailar.
Jukebox
Cat Power (Matador)
Quizá suene más intrascendente que en su anterior -e imprescindible- Greatest hits (2006). Pero de todas formas, la dejadez de la voz de Chan Marshall sobre las versiones de viejos temas que mecha con canciones suyas, conserva el estilo de esta cantante norteamericana que nunca termina de rehabilitarse de sus problemas de alcoholismo. A lo largo de Jukebox hay varios homenajes. Por las canciones pasa gente como James Brown o el propio Bob Dylan, para quien Marshall compone una canción propia. En sus anteriores discos de covers, Marshall no había tenido demasiado éxito, pero de todas formas este Jukebox tiene cosas interesantes como New York, versión que abre este disco.
Carnival II: Memoirs of an inmigrant
Wyclef Jean (RCA)
Con el hip hop como (obvio) punto de partida, el ex Fugees abre un extenso disco, rico y variado en cuanto a la experimentación con otros géneros, algo imprescindible para que este tipo de música no se vuelva demasiado "pesada" o intrascendente desde la música. Por eso, Jean arriesga con Riot, una potente canción en la que versea sobre un riff de guitarra hecho loop, con la ayuda del cantante de System of a Down Serj Tankian y el cantante de reggae Sizzla. Y del reggae pasa al pop más bailable y sensual con Shakira y ofrece la gentileza pop de Fast Car, con Paul Simon. Global y bien creado, este nuevo disco vuelve a ratificar el talento de Wyclef.
Noventa
Fernando Cabrera (Ayuí)
La década de los noventa dejó tres discos fundamentales firmados por el mismo autor. Y por eso, para los iniciados, llega esta recopilación de lo mejor de Fines (1991) Río (1995) y Ciudad de la Plata (1998), tres discos de Fernando Cabrera que hicieron escuela en muchos músicos que hoy se destacan y que se reivindican junto a la imagen de este cantautor pieza clave de la música nacional. El disco también incluye dos canciones del soundtrack de la película El dirigible (1994). Es un repaso a una época prolífica y de conmovedores impulsos creativos, que oficia como puerta de entrada a la obra del músico oriundo del Prado.