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Es cierto. Un día me hice hincha de la Farola. Uno, por haberme mudado a Punta Carretas. Dos, por haber jugado al fútbol juntos y ser amigo del barrio con el Tato Ortiz. Tres, por ser amigo del hincha más notorio de la Viola, el escritor Enrique Estrázulas.
Vengo de un barrio sin murgas ni candombe ni club, a no ser el Náutico, donde todo el mundo es de Nacional o de Peñarol.
Mudarme a un barrio con cuadro, como Punta Carretas, tuvo esa consecuencia lógica. Y también la amistad con Enriquito, que en los diarios encuentros después de trabajar, él en el El Día, yo en El País, tenía historias para contar del Pepe Sasía y otros gladiadores violetas. Un día hasta me lo presentó al Pepe.
Ver al Tato Ortiz, todavía un chiquilín, metiendo pierna, personalidad y fierro, en el medio de la cancha al lado de Pedrín Grafigna, era otro considerable aliciente.
Me hice hincha en el momento oportuno, ANTES de los logros históricos. Ya como hincha festejé el primer Campeonato Uruguayo. Y aquel 4 a 1 contra Peñarol por la Liguilla, con dos goles del Pelado Santelli.
Hubo algún momento emotivo. En Montevideo Rock II, cuando subimos al escenario con Franco Francés, el bajista y vocalista, Marcelo Garcimartin lo hizo con una camiseta de Peñarol.
El canchero del Franzini vino corriendo con la camiseta del Vasco Aguirregaray en la mano y me dijo:
"Póngasela Barilari, usted que juega de locatario, vaya y salga con la violeta".
La historia posterior del barroso fútbol uruguayo no me ha hecho arrepentir de haberme vuelto violeta.
Pero el monumental partido del Monumental da para más consideraciones que las meramente deportivas.
Defensor no se clasificó. Como la pelota no quiso entrar, no pudo ganar en Buenos Aires.
Solamente se empató. Pero lo que hoy importa es cómo se empató. Con la autoridad, confianza, entereza, mente fría y corazón caliente con la que los muchachos entraron a acorralar a River.
La cancha de River la conozco de adentro, de los recitales de rock, claro. Los Stones, Prince. Los conciertos de Amnesty. Y, la verdad, impresiona.
Entrar para jugar un partido de fútbol tiene que ser para ponerte la piel de gallina.
Tantas veces hemos visto, en las últimas décadas, a los equipos uruguayos pasando vergüenza en el exterior. Bailados. Sin cruzar la mitad de la cancha.
Tirando pelotazos a la marchanta. Y, en general, saliendo derrotados después de jugar horrible.
O empatar a los ponchazos, táctica murciélago, los once colgados del travesaño, cabeza abajo.
O, en contadas ocasiones, ganando de carambola, de tarro, después de dar asco durante 90 minutos.
Ver un equipo lleno de jóvenes, pero serio, concentrado, ordenado, audaz, confiado en las propias fuerzas, capaz de pensar con el corazón y sentir con la cabeza, AUNQUE DEFENSOR NO SE HAYA CLASIFICADO, fue como un huracán de aire fresco.
Fue como un símbolo de lo que el Uruguay, colectivamente y en todos los órdenes de la vida nacional, debería hacer, en vez de quejarse.
Hay una verdad que los uruguayos necesitamos aprender.
La historia no es un negocio fácil. No se sale encomendándose a un mesías, individual o colectivo.
O echándole al presunto salvador la culpa de todo. Sea Paco Casal, sea Batlle, sea Vázquez, sea quien sea.
Hace falta el esfuerzo colectivo y una dosis de sacrificio inteligente. Las cosas no van a caer de arriba. Dependemos sólo de nuestras propias fuerzas. Y no es fácil.
Por eso siempre me han gustado, por sobre todas las demás, las canciones de Darnauchans y de Fernando Cabrera, que nos hablan sutilmente de esa sensación de sentirse vivos en medio de un proceso, la vida, individual y colectiva, que cuesta y que es única.
Y bueno, claro, además: GANAMO, PERDIMO, PERO EL PESTO SE LO DIMO.