Sí. Yo vi a Caetano Veloso. Y es probable que mi fanatismo me aleje de la objetividad de la crónica y me salte algunos detalles. Pero ahora no importa que me ponga a explicar las razones de mi fanatismo. Importa volver ahí, a esa butaca del tercer piso del Teatro Gran Rex de Buenos Aires. Importa que la voz que anuncia el espectáculo del cantante ya se calló y que las luces bajaron. Que los tres músicos aparecieron sobre el escenario y que el pícaro bajo de la canción Outro, la que abre su disco Cê, ya está sonando. Que la batería acompaña y que Caetano ya empezó: "Vocé nem vai me reconhecer, quendo eu passar por vocé...".
Puede pasar mucho tiempo entre disco y disco, puede que Veloso no se haya acercado últimamente al Río de la Plata, puede que cobre un cachet totalmente desproporcionado y ridículo para traerlo a Uruguay... Yo creo que vale cualquier plata. La que pagué con gusto por el simple hecho de escuchar en vivo las canciones que me acompañaron todo un verano y la que pagó el que está adelante del todo, tiene 50 años y lo sigue desde Transa. Y mencioné ese disco porque Caetano acaba de sentarse con su guitarra a cantar esa especie de bossa-reggae en portu-inglés llamada Nine Out of Ten. Después de eso Caetano va a dedicar Um tom, hermosa canción de su disco Livro, a Jacques Morelembaum, "el tipo que me hizo perder el miedo a la música" y luego va a arremeter con Minhas Lágrimas, una de las pocas canciones de Cê que se desmarcan de esa crudeza rockera que caracteriza a su disco número cuarenta. Creo que esa es una de las mejores canciones que definen al Caetano Veloso músico: minimalista, guitarrero, malabarista exquisito de palabras, obsesionado con jugar con el idioma. Introspectivo y personal (ha dicho alguna vez: "Todas mis canciones son autobiográficas, incluso las que no son autobiográficas"). Pero Cê no es solamente eso. Y por eso la lista sigue con Rocks y Odéio (Odio). Y Caetano se saca el diablo de adentro. "Un amigo leyó esta letra y me dijo que decir `te odio` es otra forma de decir `te amo`". Por ahí vienen esas canciones, que reflejan un período tan álgido y común a cualquier mortal como lo es el de las separaciones. Con eso nos identificamos todos. Yo, probablemente el hombre a mi izquierda y la mujer a mi derecha seguro, porque tiene los ojos inyectados en lágrimas al escuchar Nao me arrependo. El secreto es la narración.
Alguien desde abajo pide algún tema viejo. No escuché cuál era, pero Caetano complace, al menos a medias, con Coracao Vagabundo, canción donde sólo faltaría la voz de Gal Costa para que todo alcanzara la perfección. Y otra: London London. Y una más: You don´t know me. Y el trío que lo acompaña suena como una máquina de simple y limpio accionar, con un batero bien brasileño en la retaguardia y un enorme Pedro Sá a la guitarra. El tipo te toca un funky, una samba, una bossa, un blues... Todo suena nítido y exacto. Visto sobre un escenario, Veloso no parece un tipo que tenga tanto para decir y analizar sobre la cultura, el arte y la sociedad. Importa la música y listo. Hasta eso está bueno.
Caetano remata el show con Homem, y... ¡basta de pedir Capullito de alelí que no la va a tocar! Otra vuelta de Odeio y el músico se va para volver. Saluda, se sienta con su guitarra pero no la usa. Su versión a capela de Cucurrucucú paloma hipnotiza a todos. Volvé rápido y, si podés, la próxima cruzá el charco.