De entusiasmo sublime inflamó

Más de un centenar de uruguayos comenzamos a caer, a partir del mediodía, en una de las frondosas reservas forestales que rodean a Chicago, onda Parque Roosevelt.

Una enorme parrilla capitaneada por el argentino Rodolfo, que es de Rosario, o sea casi uruguayo, humea telúrica y rebosante del patriótico asado, el heroico vacío, los gloriosos chorizos, el bravío pollo y las altivas mollejas.

Un joven DJ compatriota atruena los bosques con Rada, Jorge Drexler y Los Olimareños, ayudando a crear ambiente. Lo mismo el activo cónsul Boris Svetogorsky, que trata de ir presentando a la gente.

Y es que necesitamos ayuda.

Los uruguayos NO somos los seres más sociales del mundo, que se diga. Y menos entre nosotros. Los peruanos, los mexicanos, los centroamericanos, cuando hacen una festichola patria de estas, estilan el saludo general e indiscriminado, conocidos y desconocidos. Es que son más dicharacheros.

En sus picnics y barbacoas los estadounidenses, con menos bochinche, igual van y se presentan espontáneamente y todo el mundo charla con todo el mundo. Es que son más dados.

Nosotros los uruguayos, no. Somos más timidones y ariscos, más reticentes y también más desconfiados.

Los grupitos se van armando por separado, las sillitas tijera, los perezosos, el mate y la pascualina.

Tiene que pasar algo para que se rompa el hielo, tiene que haber excusa. Uno no va, así como un gil, porque sí, se presenta y saca conversación. No está en el espíritu nacional.

El año pasado no pude concurrir a este ágape cordial, pero supe que habían pintado algunos tambores. Ahora, como de a poquito, aparece un repique por allá, un chico por acá y dos pianos más allá. Se instalan abajo de los árboles, por separado, y allá se quedan a ver qué pasa. Estilo uruguayo.

Alrededor de la una y media se procede a tocar el himno de los Estados Unidos, cortito y al pie. Y luego el nuestro, largo como esperanza de pobre.

Todos cantamos, es muy lindo. Pero hay que hacer algo con ese himno. La introducción sola es tan prolongada como el himno de Estados Unidos completo. Hace años que vengo proponiendo cambiar ese himno nacional, tan belicoso y tan laaaaaargo, por La Cumparsita.

Además, con la bronca que les daría, los argentinos se olvidarían de las papeleras por un rato.

Si no tengo apoyo para esa reforma de la canción patria, al menos habría que reducir el himno al meollo esencial. O sea, desde ORIENTALES LA PATRIA O LA TUMBA, hasta SABREMOS CUMPLIR, SABREMOS CUMPLIR.

Sin introducción y sin la segunda parte. Así, por lo menos NO nos pasaría como en la Copa América, donde tocaban SÓLO la introducción y nuestros jugadores se quedaban sin poder renovar el voto que el alma pronuncia.

Las otras nacionalidades nos estarían eternamente agradecidas. Y la FIFA ni te digo.

El cónsul Svetogorsky hace, como acostumbra, un discurso breve, centrado y realista. No es de los que te dora la píldora y, además, dorar la píldora no sería un recurso aconsejable cuando estás ante más de un centenar de uruguayos que se tuvieron que ir del país para construir una vida decorosa.

Claro que el exilio es una experiencia compleja. Sea político, como antes, económico, como la mayoría, o económico-cultural, como sería mi caso.

Esa complejidad de sentimientos e identidades se pone de manifiesto apenas los tambores, venciendo la timidez, se juntan y arrancan haciendo madera, ¡TRAC, TRAC, TRAC… TRAC, TRAC!

Una "llamada" de diez lonjas comienza a desfilar bajo el asombrado cielo de Chicago y la gente atrás.

Muchos de los adultos marchan con ojos empañados. Y locos de contentos, una nube de niños nacidos en Estados Unidos descubren esa parte de su cultura.

La espontánea "llamada" tendrá consecuencias. Los tambores van a estar tocando el 19 de octubre en la apertura del festival Viva la Hispanidad y ya hay otras cosas en vista para las lonjas de Chicago.

Sabremos cumplir, sa.

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