Por Analía Filosi
"El año que pasó estuvo bueno para mí y éste me parece que también", dice César Troncoso. Y no es para menos, entre 2006 y lo que va de 2007 disfrutó del éxito de la obra teatral El Método Grönholm, grabó dos pilotos de ficción para TV y fue al Festival de Cannes a presentar El baño del Papa, película uruguaya que transcurre durante la visita de Juan Pablo II a Melo. Con un viaje a ese año es que comenzó este encuentro con el actor.
-¿Qué estabas haciendo el 8 de mayo de 1988, cuando el Papa visitó Melo?
-No recuerdo, pero ni siquiera estaba haciendo teatro ni comenzando con el tema de la actuación porque yo empecé a actuar con 25 años. Debía de estar divorciándome.
-Entonces estabas ahí, porque empezaste a actuar a raíz de tu divorcio.
-Sí, fue para ocupar el tiempo. Yo era espectador de teatro y me gustaba el tema, pero nunca me había puesto a practicarlo. Había tratado de estudiar Medicina, tengo primer año aprobado e intentos de terminar segundo. Evidentemente para ese lado no tendría que haber ido nunca, en todo caso para el lado de las letras.
-Y apareció Teatro Uno.
-Sí, en febrero Cerminara y Restuccia abrieron cursos en un galponcito que tenían en Rivera y Bulevar Artigas. Me anoté y a partir de ahí no paré más. Después me pasé a La Gaviota, con María Dodera.
-¿Pensaste que se volvería tu profesión?
-Yo nunca me imaginé el desarrollo que terminó teniendo. Ahí incidieron otras cosas, el factor suerte también pesa. Me gustaba la posibilidad de hacer una obra de teatro o tener el rol de actor, pero también es cierto que generación tras generación egresa mucha gente en este país y por falta de espacio, continuidad de trabajo, encuadre dentro de una institución o un equipo, se van perdiendo. A mí lo que me pasó fue que, estando en La Gaviota, empecé con el dúo Suárez-Troncoso. Con Roberto Suárez tomamos la iniciativa, lo cual nos posicionó en determinados ámbitos. Y, por otro lado, Fernando Toja me llamó para cubrir una suplencia en ¡Ah, machos!.
-Y casi al mismo tiempo te surge salir en Carnaval con los humoristas Naranja Mecánica.
-Sí, surge por el lado de Enrique "El Gallego" Vidal, al que conocía porque paraba en "La Giralda", boliche enfrente al Pereira Rossell al que íbamos los alumnos de Teatro Uno. Fue una experiencia bárbara y me gustaría seguir saliendo en Carnaval.
-¿Sólo fue un año?
-Sí, yo creo que los carnavaleros juntan polenta todo el año y se matan en febrero. Cuando uno trabaja con continuidad el resto del año, no es tanta la ansiedad y esa emoción que tienen los carnavaleros yo, de repente, no la tengo con las mismas ganas. Creo que el Carnaval es un género más del teatro. Pero es muy matador, terminás recontra tarde y te quemás la licencia o lo tenés que compartir con el trabajo, al que llegás dormido. El Carnaval puede ser causal de despido (risas). Pero es lindísimo, la masividad que te da un tablado no te la da el teatro, además del acceso a público de otra extracción, porque el público de un tablado de Maroñas después no te va a ver al teatro. Una de las cosas que me impresionaron me pasó en un tablado municipal, tuve la sensación de que el público se perdía en el horizonte porque había poca luz y era en una calle cortada. Mi sensación era que el público era infinito, fue rarísimo.
-Hablando de experiencias masivas, ¿imaginaste el éxito de El Método Gronhölm?
-No, tan masivo no. Incluso superó las expectativas del propio Teatro MovieCenter. A priori, me parecía que podía funcionar muy bien porque la sala es de las que mejor funcionan en Montevideo. Te garantiza convocatoria, los medios para hacer una producción de calidad y para hacer prensa y publicidad. Por otro lado, estaba el trabajo con Mario (Ferreira) y con el equipo. Yo ya había trabajado con Margarita (Musto), Mario y Diego (Hermano) en Frozen, entonces tenía la garantía de que el laburo iba a ser serio. Y la obra es muy inteligente de pique, con muchas vueltas de tuerca, mucha cosa tramposita, pero muy efectiva. Coincidieron cosas para que terminara siendo el éxito que fue.
-Superaron los 50 mil espectadores.
-Sí, a mí me impresionaba. Yo siempre le cuento a mis amigos que una vez, en una obra, hice doble función para doce personas, seis y seis. Entonces, cuando te encontrás en una sala de 500 personas y te están mirando a vos, es muy fuerte. Da gusto y te da la pauta de lo que podría llegar a ser el teatro en otras condiciones de infraestructura y medios para potenciarlo.
-Volviendo a 1988, ¿te acordás de la venida de Juan Pablo II al Uruguay?
-No a Melo. Me acuerdo cuando vino a Montevideo, a Tres Cruces. Al año siguiente es que fue a Melo, Florida y Salto, una visita relámpago a las tres diócesis del Interior.
-¿Conocías Melo?
-No y tampoco conocía la historia del contrabando en bicicleta. Sabía que a lo largo de toda la frontera hay bagayeros, pero no sabía que Melo estaba a 60 kilómetros de la frontera y que generaba ese contrabando tan sufrido.
-¿Conociste bagayeros en Melo?
-Sí, algunos ex bagayeros aparecen en la película. José Arce, que hace de uno de mis amigos bagayeros, ahora es albañil, pero tuvo una época de bagayero. Me da la sensación de que es una ciudad que, al menos en las capas más pobres, está muy vinculada a la frontera. Era la forma de subsistencia que existía, eso o ser militar, poca cosa más. Me gustó mucho Melo, estar ahí y la gente.
-¿Se les acercó gente contando su experiencia de querer dar un salto económico con la visita del Papa?
-Hubo gente que contó que no construyó un baño, pero que alquiló el suyo. El guión se basa en todo un relevamiento que hizo Enrique Fernández de la experiencia de ser bagayero en bicicleta y de la gente que se fundió con la ida del Papa. Hay cuentos que son terribles, como alguien que se compró la cabina de una Fiat Fiorino llena de panes para hamburguesas y que después se los tuvo que tirar a los cerdos, que comieron la primera semana y la segunda ya estaban tan asqueados que dormían sobre el pan. O un señor que hizo un pozo y enterró la vaca al lado de donde la asó porque no vendió nada.
-¿Viste la película terminada?
-Sí, en el Festival de Cannes, y me gustó. Al principio me generó como una sensación de extrañeza porque, como durante dos años no vi nada del proceso de postproducción, había construido en mi cabeza mi propia película. Cuando la vi en Cannes, me extrañé de que algunas partes fueran distintas, que faltaran algunas cosas que recordaba haber rodado. Una de las características de César Charlone es que filma mucho, hay como diez horas de filmación. Entonces tuve que acomodarme a la película que efectivamente quedó. Me gusté como actor, que a veces eso es raro, y el rendimiento de todos los actores, porque hay profesionales mezclados con gente de Melo sin experiencia. Se generó un muy buen empaste entre las dos partes.
-¿Cómo fue ir a Cannes?
-Fue bien lindo y raro. Yo escucho hablar del Festival de Cannes desde que tenía 15 años, cuando empecé a ir al cine y me hice socio de Cinemateca. Una punta de años después estás yendo al lugar del que escuchaste hablar y que hasta ese momento era una construcción imaginaria. Para mí tiene tres perfiles distintos: el festival al que fui yo, de gente que todavía puede caminar por la calle y tomarse una cerveza en cualquier lado porque no la conoce nadie, de perfil bajo y filmografías de lugares extraños; el festival glamoroso, el de George Clooney y Brad Pitt, de toda esa gente que no vi, y el festival del mercado con stands de los países y de las distribuidoras. Mi sensación es que Cannes es un lugar muy fuerte de venta y de negocio. Una cosa que a mí me sorprendió es que se va a trabajar a Cannes, yo pensé que iba de fiestita y a tirarme en la playa. Y siempre hay un evento vinculado a tu película.
-¿Cómo la recibió el público?
-Bárbaro. Después de la película hubo un aplauso muy lindo, cálido, que no era de forma. Es lo que uno espera, más allá de que no sea el público para el que en primera instancia fue hecha, que es el uruguayo. Además, es un público calificado. Por las dudas, después pregunté si se aplaudía por fórmula y me dijeron que no, que han llegado a silbar. Y las reseñas que vi fueron buenas, la revista Cinerama nos dio cuatro de cinco asteriscos.
-¿Pensás que pasará lo mismo acá?
-Creo que sí. La historia es bien uruguaya y hay mucha cosa que le da ritmo. Es una película que se desarrolla sobre bicicletas, así que conviene que tenga un poco de ritmo (risas). Considero que el público uruguayo con el cine nacional tiene algunos pruritos, dice que es lento o que pasa poco, pero me parece que es injusto porque las películas son buenas o malas, no lentas o rápidas. Muchas de las películas de las que se dice eso, en realidad están buenas. El cine uruguayo en general, para lo poco que hay, es bueno. Igual, me parece que con esta película se rompe un poco eso, apunta para otro lado, tiene la impronta de Ciudad de Dios desde la cámara de Charlone. Tiene momentos de comedia, otros más dramáticos, pero termina con un mensaje de pegar para arriba y seguir perseverando.
-¿También te vamos a ver en TV?
-Grabé el piloto de Adicciones con la gente de Contenidos TV, para Canal 12, y otro de Mal de amores, de Diego Arsuaga y Taxi Films, para Canal 4. En Adicciones hice el capítulo del tabaco, cosa que se me da bien, con Roberto Jones, Andrés Pazos, Carlos Frasca y Walter Rey. En Mal de amores hice una historia de las seis que son, titulada Natalia y el viejo. Yo era el viejo (risas). Ojalá se den porque yo quiero ver un poco de ficción uruguaya para variar. Vi algo de Piso 8 y ojalá tenga continuidad, porque se trata de un tema de oficio. Lo que sucede acá es que siempre nos discontinuamos, siempre hay uno que está descubriendo pólvora por primera vez, en lugar de tener gente capacitada para el oficio. Los argentinos tienen 40 años haciendo sus productos y vendiéndonoslo, tienen un oficio encima que, el día que lo adquiramos nosotros, vamos a competir en igual nivel. Lo que falta es que alguien mantenga esto como un proyecto sostenido a lo largo del tiempo. Cuando discontinuás algo, no empezás en cero, empezás en menos cinco, porque todo lo que el otro ya ganó lo tenés que empezar a hacer vos de vuelta. Yo creo que la alternativa que tienen los canales de aire respecto a los de cable es generar producción local.
-¿Seguís dibujando?
-Sí, pero ya sin berretín ninguno. En una época creía que con un poco de continuidad y disciplina podía hacer algo. Saqué un premio Paul Cezanne y uno Coca-Cola. Pero era una cosa u otra y el teatro me fue comiendo. Además, no tengo un espacio físico donde dibujar. Dibujo para mi familia, para mi hija y ella me dibuja, y la vamos llevando. No puedo dejar de hacerlo, tengo períodos en los que hago menos, otros en los que hago más. En una época hacía historietas y los de ahora, si bien no lo son, tienen esa impronta. Son dibujos raros, por lo menos eso es lo que decía mi familia. Cincuenta por ciento lo rompo y lo tiro, el otro cincuenta por ciento lo guardo y lo rompo y lo tiro más adelante (risas). Alguna cosa me quedo. Son por lo general a tinta, blanco y negro.
-También escribís.
-Igual que como rompo dibujos, rompo cosas que escribo. Escribí dos o tres cosas que leí seis meses después y vi que eran una porquería. Cuando podés objetivar un poco te das cuenta que no tienen arreglo (risas). Me pasa que escribo de un tirón hasta la página tres, cuatro, ocho… y se me muere, no sé cómo seguir. También digo que quiero dirigir teatro alguna vez, pero no he movido un pelo para hacerlo.
-¿En qué anda el teatro?
-Este año quería bajar un poco la pelota. En general, a principio de año, recibo cuatro o cinco invitaciones. Estoy haciendo talleres de actuación y tengo que coordinar con mi mujer porque tenemos una hija de 8 años. Trabajo seis horas en un estudio contable y, aunque me quejo de no poder vivir del teatro, lo que tiene de bueno es que puedo tener capacidad de elección para el teatro porque mi sueldo sale de otro lugar. Pero el año que viene seguramente haga algo.
-¿Qué te queda por hacer?
-Hay cosas que no he hecho, como teatro clásico, por ejemplo Shakespeare o también Tennesee Williams. Me queda pendiente eso, salir en murga...
-¿Qué te hace falta para sentirte realizado?
-En general no me quejo. Me gustaría vivir con un poco más de continuidad de la profesión. La tengo y no me está yendo mal, pero estaría bueno que te lo paguen, que haya una continuidad de trabajo pago. Las características de mi vida, más allá de que le pueda lijar las puntas, en general están buenas. Pero vivimos en el país que nos toca vivir y en este país la cultura es un bien suntuario. En realidad, el camino que vengo haciendo a mí me gusta y no tengo la sensación de haber entregado nada. Habrá cosas mejores y cosas peores, pero siento que mi carrera es coherente conmigo.