En Buenos Aires | Sebastián Auyanet Antes del show, quien escribe esta crónica se preguntaba a sí mismo: ¿Da como para arruinarse un concierto pensando en que el Lado Oscuro de la Luna no se verá entero porque faltan David Gilmour, Nick Mason o Rick Wright? Esa idea quedó aplastada mucho antes del gran momento, luego de que una mano proyectada en una pantalla gigante girara el dial en una radio vintage y cayeran las luces junto al primer acorde de In the flesh. No daba. El escalofrío¿ que atacó cuando las primeras voces acompañaron la entrada de George Roger Waters, una de las almas mater de Pink Floyd y compositor de Dark side of the moon dictaba sentencia.
¿Cómo convencer, entonces, a esos fans acérrimos, a esos que no aceptan otra alternativa que ver a Pink Floyd entero? Ese monstruo que, a pesar de la distancia y las batallas - legales y verbales - entre guitarrista y bajista sigue vivo en cada punteo, en cada golpe en el Fender Precision negro, en cada espeluznante proyección. En los martillos que desfilan y en las viejas imágenes de esos cuatro ingleses unidos mientras suena Mother y uno experimenta la magia del verdadero Pink Floyd, aunque no esté completo ni uno lo haya vivido anteriormente. En esas fotos de Syd Barrett que acompañan Shine on you, crazy diamond, dulce homenaje a ese personaje del que Waters pide cada vez que puede que nadie se vaya a olvidar.
Algo es cierto: lo que Waters mostró de sus últimas composiciones (Leaving Beirut) es bastante más directo y menos irónico o metafórico que en otras épocas y puede resultar de menor nivel, pese a la puesta en escena en forma de cómic de la historia (globos en la pantalla que apuntaban a Waters con la letra escrita e ilustraciones de su juventud en esa ciudad). Pero, ¿a quién le importa? Basta con que un par de ráfagas de sonido, verdaderos rugidos en sistema cuadrafónico, envuelvan al estadio con las melodías y efectos originales de cada canción de Pink Floyd, ni una nota más ni una menos. Que la increíble Sheep saque al chancho a volar por el estadio y que Wish you were here obligue a más de uno a llamar a aquél (o aquella) que se lo perdió y hacerlo estar ahí. Y también falta esperar esos quince minutos entre sonidos de ambiente en los que Waters se prepara para el "main event" mientras la pantalla muestra una luna cada vez más cercana. A nadie le importa.
Pasado el intervalo suenan un tic tac, una caja registradora y unas carcajadas. Y la viola de Breathe te atraviesa el cerebro y el corazón como una flecha. No exagero. La llegada de Time ya encuentra a uno sumergido en una profunda emoción (por no decir llorando junto a otros 50.000 tipos). La voz de la corista Katie Kissoon en The great gig in the sky y la linea de bajo de Money (probablemente una de las mejores y más adictivas de la historia del rock) siguen alternando sensaciones mientras un prisma giratorio se prepara para el final. Mientras Eclipse suena, un haz de luz lo atraviesa y los colores del arcoiris recorren el estadio hasta darte en los ojos. Lo más dentro del Dark side... que uno puede estar en toda su vida. Para el final, aún más, porque Waters no se guardó nada: Another Brick in The Wall y Comfortably Numb cerraron una noche a partir de la cual nada puede volver a ser lo mismo para un espectador de shows.
Entonces, ¿se justifica desacreditar a Waters por el hecho de venir solo y ejecutar su obra? Es difícil decidirlo por uno mismo, como también lo es que quien lee sienta cada una de las sensaciones aquí descriptas. Propongo que el lector haga un voto de confianza: de ninguna manera.