Por Elbio Rodríguez Barilari
Personalmente me resulta difícil enorgullecerme de las cosas que me fueron dadas, que yo no hice nada por merecer, o construir. Por ejemplo, el hecho de que me tocara disfrutar del último gran momento de la educación en Uruguay.
Fui a un jardín de infantes privado, pequeño, como tantos en los barrios de Montevideo, buenísimo. Después hice todo en el sistema público. Primero, la Escuela Experimental de Malvín, con un plan creado por Clemente Estable, doble horario lunes, miércoles y viernes, sólo de mañana los martes y jueves. Imponente. Alucinante como los viajes diarios en el 94, el famoso micro de la Amdet que hacia el enlace entre la terminal de los trolebuses en Malvín, con Playa Verde y Carrasco.
A pesar de que ya comenzaban a faltar recursos (hablo de la década del 60), la comisión de fomento hacía todo lo que podía. Teníamos laboratorio, telescopios, una buena biblioteca, se alentaba el trabajo en equipo, trabajábamos una quinta, cuidábamos panales de abejas, había clases de Música y Danza, y en sexto, de Francés. Inglés todavía no. Lo más descuidado era la Educación Física, la verdad, con un profesor solo para 600 alumnos.
El sistema era de levantar la mano y hablar, hacer trabajos escritos y mucho ir al pizarrón. Lo de pasar al frente a recitar la lección estaba desterrado.
Mi carnet de notas siempre pareció la cordillera del Himalaya, bueno en Historia, Geografía, Lenguaje, y cosas así, las letras, las Musas, y una catástrofe en Matemáticas y ciencias afines.
Había cada balero que te la voglio dire, como Guillermo Rigly, que ahora es científico atómico en Atocha; Ruben Gajer, que se fue a Israel y es capo allá; Anita Tancredi; Grisel Sánchez; Cecile Du Mortier; María del Carmen Oronoz; Marina Aguiar, que ahora es médica.
Esta serie de bochos no eran propiamente tragas. Con el sistema de la Escuela Experimental de Malvín no había que aprenderse nada de memoria. Te enseñaban a pensar. Te estimulaban la curiosidad. Te llevaban al Planetario, a conciertos, al cine, al teatro. Una irrefrenable curiosidad por las ballenas y cachalotes, que todavía tengo, me atacó cuando nos llevaron a visitar una flota ballenera surta en el puerto de Montevideo. Lo mismo con la mitología griega. Y con los Sumerios, que todavía eran novedad.
Otro balero era Daniel Muzio, el futuro copiloto de Trelles. Era también mi enemigo mortal desde que a los dos nos gustaba siempre la misma chiquilina. Enemigos entrañables que todos los años cortábamos pa’ la salida, nos agarrábamos y siempre era empate. Además, no nos pegábamos en la cara.
Bravos pa’ las peleas, lo que se dice bravos, eran los malevos de la Experimental, como Ranauro, que ya trabajaba en el Devoto de Veracierto y Aconcagua, los hermanos Cazenave, o el Cholo Cardozo.
Había también un grupete más bohemio, medio desorejado, que rara vez arañaba matices de Sobresaliente, Sote, como era mi caso. Gente como Juan Angel y Marichu Urruzola, Luis Alberto Biscailuz, o Pablo Sassi, que había hecho de león y yo de domador en la fiesta de la jardinera, sin ir más lejos.
Una tardecita de 1965, en lo de Marichu y Juan Angel escuchamos por primera vez a los Rolling Stones, un disco doble, con cuatro temas. Quedamos contaminados para toda la cosecha.
Después de la Escuela Experimental, el Liceo Piloto, el famoso Plan 63, que era como la continuación natural de la Experimental. Seis horas de clase por día, un montón de materias alternativas, mucha Matemática para todo el mundo, y unos profesores imponentes, Alfredo de la Pena, Carlos Machado, Bouquet, Selva López, Susana del Barrio (que me hizo escribir mi primer cuento), Escudero de López, Pedretti, Liza Block, el Tano Introini, Conforte, Cajigas, y no sigo nombrando porque me voy a olvidar de alguno. Claro, algún aparato había, como una tal Miss Domínguez. Pero eran pocos. Los adscriptos ya eran de lujo: el psicólogo Lichtenstein, el médico Marino, el pintor Licoln Presno, entre otros, o el Gordo Gluzuriaga, alias Bonanza.
Y de ahí al IPA del Profe Castellanos, con otro tremendo equipo docente, Ruben Yañez, Roberto Andreón, Vázquez Franco, Daniel Vidart, Roque Faraone, Rosita Alonso, Zubillaga, Juan Flo, Massa, que era flor de baboso pero muy buen profesor, cosa rara. Un pueblo.
Como te digo una cosa, te digo la otra, ya en mis épocas de liceo hubo un error tremendo, que fue el ataque a la laicidad practicado por muchos malos profesores. Recuerdo uno de Filosofía, en quinto, brillante cabeza pero desnorteado, que se pasó todo el año dando Marx porque iba a ser un "instrumento de liberación". A tipos como Kant, Hegel, Kierkegaard, Nieztsche, Sartre, tuve que estudiarlos después, por mi cuenta.
Después vino el destrozo total de la enseñanza bajo la dictadura. Vergüenzas como el Craviotexto, según afortunada definición de Maneco Flores Mora, se hicieron moneda corriente. Y el nivel del profesorado se fue abajo del zócalo.
En el IPA había policías a la entrada que te revisaban a ver si abajo de la bufanda llevabas la corbata reglamentaria. Una vez mandaron para la casa a un estudiante, 35 años lo menos, que además era capitán del ejército. No dijo nada, se la bancó, al otro día tuvo que presentarse a mostrar que traía corbata y recién ahí sacó el carnet. Flor de desparramo.
Para mí el despiporre de la educación comenzó con los problemas económicos, hubo una enfermedad, que fue ese ataque a la laicidad desde la izquierda, y desde la derecha bajo Pacheco Areco, se fue al diablo bajo la dictadura, y luego no hemos podido recuperarnos.
Mi opinión muy personal es que la reforma de Rama no era mala. Quizás era un poco volada, pero no era mala. Tuve y tengo absoluta confianza en una docente como Carmen Tornaría, y en otra cantidad de gente que conozco de las épocas del IPA, y posteriores.
Pero ahora el problema es múltiple, la economía, el tiempo perdido, la necesidad de establecer programas para el mundo de hoy y la deseducación, la antieducación permanente que practica la mayor parte de la tele, así como la ínfima cultura de masas globalizada a comienzos de este siglo.
No quiero ser pesimista.
barilari@laraza.com