César Bianchi
A los gremios del transporte colectivo montevideano les cambiaron los parámetros. Hoy es bueno que en el mes de marzo haya habido "sólo" 37 robos arriba de los ómnibus y hasta festejan que entre diciembre y enero no tuvieron que velar a ningún compañero. Así de mal están.
Fueron tan hostigados por los rapiñeros en meses de hasta 87 robos (en 2007), que actualmente sienten que están mucho mejor, gracias al trabajo de la Comisión de Seguridad de la Unión Nacional de Obreros y Trabajadores del Transporte (Unott) en coordinación con la Jefatura de Policía de Montevideo. Igual, el noche a noche en algunos recorridos sigue siendo una tarea riesgosa y cargada de suspenso.
Y lo es a pesar de algunas medidas que se han tomado incluyendo, como en los vuelos después del 11 de setiembre, la presencia de un agente encubierto en algunas unidades que atraviesan las zonas más complicadas. Ya ha debido intervenir aunque con suerte dispar: en la mayoría de los casos, el delincuente consigue huir. Y puede ser porque a veces, incluso, robar y darse a la fuga no alcanza. A veces con o sin dinero matan (ver recuadro) y no hay policía que valga.
Además se sumaron nuevas amenazas. Como quedó claro esta semana, los jóvenes ladrones ya no son el mayor riesgo con el que tienen que lidiar los transportistas. Para ellos, las principales amenazas hoy son trasladar barras de hinchas a partidos de fútbol o básquetbol o recoger adolescentes borrachos a la salida de algunos boliches un sábado o domingo por la mañana. Hablan de un "nuevo fenómeno" para el cual exigen mucha más seguridad que un patrullero acompañando a las unidades o policías haciéndose pasar por inofensivos pasajeros.
BARRAS ORGANIZADAS. La noche del miércoles 12 a los transportistas se les agotó la paciencia. Un puñado de hinchas violentos hicieron destrozos en 25 unidades antes o después del clásico del fútbol uruguayo y la Unott decidió parar el servicio el sábado 15, día de la primera final entre Peñarol y Nacional. "No encontramos la mínima seguridad para desarrollar nuestro trabajo normalmente", decía un comunicado del gremio. Un episodio puntual fue ilustrativo de todo el fenómeno: un ómnibus que iba lleno de hinchas aurinegros por 8 de Octubre hacia el estadio se topó en una esquina con parciales de Nacional. Éstos desafiaron a los de Peñarol, quienes a su vez le exigieron al chofer que les abriera las puertas para enfrentarlos. Para evitar la pelea, el conductor aceleró, se salteó algunas paradas y los dejó en el Centenario. ¡Para qué! Los fanáticos de Peñarol rompieron vidrios, timbres, asientos y puertas.
La Unott amenazó con volver a parar el martes, día del clásico definitorio, si no le daban más garantías y exigieron que se jugara por la tarde, si querían contar con transporte. Las autoridades del fútbol le hicieron caso y fijaron el encuentro a las 16 horas. Así, el partido más trascendente del Campeonato Uruguayo se jugó entre semana en pleno horario laboral, por culpa de los "inadaptados de siempre", como en forma trillada los llama el periodismo deportivo. Hubo 17 "piquetes" policiales en algunas paradas y unos 300 detenidos antes del partido. Lo que pasó después es conocido.
"En los lugares de esparcimiento y partidos de fútbol o básquetbol hubo un proceso y cada vez resulta más violento el traslado. Denunciamos tarde esta situación. Y fuimos rehenes de las actitudes de los pasajeros que se subían al ómnibus y se comportaban como querían", dice a Qué Pasa Hugo Bosca, guarda de Coetc y secretario adjunto de la Unott.
Su postura es compartida por Luis Aguirre, guarda de Cutcsa y dirigente de la UTC (Unión de Trabajadores de Cutcsa). "No es tan nuevo este fenómeno de las barras, pero hoy es más peligroso, masivo y constante. Los líos en el fútbol no empezaron ayer, pero ahora notamos barras organizadas en los eventos deportivos".
Aguirre se indigna porque este tipo de hinchas se creen más "guapos" al confundirse con otros que llevan la misma camiseta. Ese sentido de pertenencia les da una falsa inmunidad que los hace fuertes, dice con bronca.
Si el desaforado es uno sólo, es cuestión de hablar con él y tranquilizarlo: un trámite sencillo. Pero no es lo que suele pasar. "Lo común es que vengan en grupo, patoteando o metiendo lío. El guarda les puede decir: `muchachos, ya se divirtieron, vuelvan tranquilos`. Pero si les hablás bien, no te dan bola", cuenta. "Si te queda una seccional en el camino, se puede parar y pedirle a los policías que bajen a los problemáticos, pero si no, que hagan lo que quieran", se resigna Bosca.
Gastón Acosta lo puede contar bien. El 10 de abril le tocó trasladar a parte de la hinchada de Peñarol al estadio Centenario, el día que el cuadro grande se consagró campeón del Clausura ante Fénix. Iba manejando un 110 y en Belloni tuvo una parada que se veía venir: "Los tres primeros pagaron, pero atrás subieron 15 monos de prepo, sin pagar. No había un policía, un inspector, nada. Al lado mío había una madre con una nenita de dos o tres años. Me rompieron el timbre y quisieron romper la puerta de atrás, para que otros se subieran sin pagar. ¿Qué les voy a decir? ¡Eran una banda!".
Le salió barato el paseo a Acosta. Según Daniel González, recaudador de Coetc, en los últimos meses, las hinchadas rompieron ventanas varias "por diversión nomás", la escotilla ("una moda"), el espejo de atrás ("una costumbre") y las puertas traseras. Todo sin dejar de cantar bien fuerte con insultos incluidos, saltar arriba de los ómnibus y hasta robar a incautos. "A veces baja la hinchada de algún equipo y al rato un pasajero se baja a denunciar un hurto. Hace unas semanas, le robaron a un guarda", contó Bosca.
Previo al clásico del 18 de abril la Unott se reunió con el jefe de Policía de Montevideo amenazando con no trasladar hinchas al Centenario si no les daban seguridad. La Policía ordenó 19 piquetes en las líneas que, se esperaba, traerían a los parciales más exaltados (y organizó un megaoperativo inédito con mil policías). Cutcsa tuvo cuatro coches agredidos: a uno le rompieron un espejo, en otro hicieron volar por los aires la escotilla del techo, y los otros dos sufrieron roturas de vidrios. Además, a la altura de La Teja y después del partido, desde un camión con hinchas de Nacional balearon y apedrearon una unidad de Coetc que llevaba hinchas de Peñarol. Antes del juego, por Camino Carrasco, un coche de Come también sufrió roturas de ventanas, amén de los consabidos prepotentes que no quisieron pagar boleto y zamarrearon el vehículo. "Hubo unos seis ómnibus agredidos. El saldo es positivo", fue la conclusión de Mario de Saa, chofer de Cutcsa y miembro de las comisiones de seguridad de la empresa y Unott. La media docena de unidades dañadas fue un boleto. La noche de la final del 12 de mayo el resultado final fue otro y fue cuando la Unott tomó medidas que paralizaron la ciudad.
"Hoy romper es una costumbre y a la vuelta del partido no les importa si su equipo ganó o perdió. Se han llevado paneles de la cármica del techo, los plafones, hasta las ventanillas se llevan, como recuerdo. La idea sería parar el ómnibus y echarlos pero no podés encarar a 20 o 30 tipos", añadió González.
En eso están todos de acuerdo en la entrevista con este suplemento: Bosca, Aguirre, González y De Saa. La regla tácita es no resistir un robo, no intentar disuadir grupos de jóvenes que quieran pasar sin pagar ni enfrentarlos si se ponen a romper piezas de las unidades.
"Nadie está dispuesto a arriesgar su vida o su físico por algunos energúmenos", culminó Bosca.
Nadie no. El chofer de Cutcsa, José Walter López, no le teme a los violentos. Se jacta de tener 33 de sus 65 años frente al volante y no haber perdido ni una pelea, de haber sido sancionado ocho veces con 14 días de suspensión y de enfrentar con éxito a todos los que intentaron pasarse de vivos. Y lo primero que aclara es que, aunque a Cutcsa no le guste, él cuenta con una aliada incondicional: su pistola 6.35 que guarda debajo del asiento.
"No me dejan, pero no me importa. Yo la llevo igual. Si los malandras andan armados, ¿por qué yo no?".
Locuaz, el veterano conductor cuenta la cantidad de veces que ha disuadido a jovencitos ebrios, mal educados o agresivos sin necesidad de apelar a su arma. Todos entendieron que era mejor no meterse con él, porque tiene manos grandes. Le robaron una sola vez, hace un año, y ni se inmutó. Un menor le pidió la plata apuntándole con un revólver, él le dio el dinero del día sin chistar y después hizo la denuncia en la seccional. Dice que no reaccionó porque no lo provocaron ni lo insultaron. "Lo que no permito es que se metan con los pasajeros o toquen el ómnibus", contó una noche de jueves, cuando a las 21.15 salía de la terminal del kilómetro 23 de Los Aromos hacia la Aduana.
"Si me rompen algo del bondi, tendrán que romperme el pescuezo. Que canten y tomen arriba del ómnibus, no me importa. Pero si dicen groserías o tocan algo, ahí hay problema. Y yo lastimo".
Por eso, como se conoce bien y sabe que los nuevos muchachos del fútbol ya no se conforman con dedicarle cánticos al rival arriba del coche, optó por no aceptar recorridos que lleven gente a las canchas. "No voy al fútbol porque si me caliento, puede terminar mal".
Paseos nocturnos. El gremio del transporte y la Policía son reacios a divulgar cifras y porcentajes de rapiñas porque, entienden, puede generar alarma en la población. Por lo bajo revelan: del año pasado a éste bajaron un 40%, en marzo hubo 36 robos arriba de los ómnibus y por día hay un promedio de 1,3 rapiñas en lo que va del año (cuatro cada tres días). El año pasado se registraron unas 500 rapiñas y en 2008 , unas 300.
"Mirá que en la diaria se ve la tensión del chofer. La tenés... porque en cualquier momento te pueden rapiñar. Sobre todo de noche y en algunas líneas", dice Luis Aguirre, de Cutcsa, la única empresa que ha incorporado cámaras de vigilancia en sus unidades.
Bosca dice que con la Policía han implementado el sistema Bus Seguro que implica la presencia de un policía viajando de particular en el ómnibus, así como patrullajes de móviles (policiales o también particulares) que van detrás de los ómnibus cuando es necesario.
"Se han impedido o abortado unas cuantas rapiñas", sostiene aliviado. Según fuentes de la Policía, son 50 efectivos que, sin el uniforme delator, viajan de incógnito por todo Montevideo pero se concentran en "las líneas más complicadas", que nadie quiere identificar para no alertar delincuentes. Van sentados como cualquier pasajero con su arma escondida, y sólo actúan persiguiendo a rapiñeros una vez que se bajaron del ómnibus con el dinero robado. El éxito es relativo: casi cuatro de cada 10 procedimientos terminan en procesamientos.
Las realidades que constató Qué Pasa en algunos recorridos nocturnos "complicados", según la Unott, se parecen más a lo que insinuó Aguirre que a la relativa calma de la que habló Bosca.
Gastón Acosta conduce el 103 al kilómetro 23 de Los Aromos y ya en "El Gaucho" avisa que a partir del 19 se pueden esperar pedreas (y lluvias más fuertes). Señala el parabrisas y dice que tiene apenas una semana de instalado. Le toca esa línea dos veces por semana y es la que menos le gusta.
Se ríe del Bus Seguro. Dice que nunca ha viajado con un policía que le dé tranquilidad y que hace un mes lo robaron en la Cruz de Carrasco (el mismo sitio donde la madrugada del viernes 30 mataron al taximetrista Rodrigo Pereira). "Hicimos un paro, se habló con la Policía y prometieron más seguridad. Quedó todo igual y a la semana nos robaron de nuevo".
Al llegar al kilómetro 15 de la ruta 8, por Punta de Rieles, evoca que un par de semanas antes lo apedrearon ahí mismo. Un agente que viajaba, de casualidad, para su casa -no en plan Bus Seguro- se bajó y persiguió a los adolescentes agresores. Acosta llegó al 23 y volvió a pasar por ahí en trasbordo. En esa parada levantó al hombre. Le contó que los siguió, se metieron en una casa y salieron dos adultos que lo intimidaron con revólveres.
Cuando el 103 llega a destino, Acosta cuenta otra: hace un año lo estaban esperando en la penúltima parada. Estaba claro que ese muchacho impaciente por subir no quería viajar un kilómetro, pero Acosta abrió la puerta para permitir que descendiera una pasajera y el rapiñero subió. Cuando encañonó al guarda, él le cerró las puertas para no dejarlo ir. "Abrime porque te mato", le contestó el chico. Le abrió y se fue con la recaudación. El guarda hizo la denuncia y días después lo llamaron a declarar al juzgado de Pando. Llegó 20 minutos tarde: al detenido lo habían dejado en libertad. "Y después que te fichó, se sube a tu bondi todas las veces que quiere sabiendo que lo denunciaste".
En el mismo 103 pero de regreso al centro, López se manda las bravuconadas ya descriptas sobre cómo mantener a raya a los más listos sin apelar a su pistola. Pero al pasar por Villademoro cuenta que dos por tres el mismo ladrón se la agarra con el 112 que termina en Veracierto. Todos lo conocen pero nunca nadie se le paró enfrente. "Lo roban siempre y siempre el mismo, después se mete en la oscuridad y se va tranquilazo. Yo no puedo creer...", se indigna. Si él manejara el 112 otro sería el final de la historia.
Viaje vigilado. "No queremos hablar de zonas rojas, porque la gente lo toma mal", dijo De Saa, el chofer de Cutcsa, una mañana. Igual señaló algunas líneas con final impredecible: el 103 y el D8 que pasan por Camino Maldonado, el 109 a Paso Carrasco, el 151 y el 145 que pasan por Verdisol, los que van a Gruta de Lourdes (102, 149) y el 405 que va de Parque Rodó a Peñarol, y pasa por el Borro.
Un par de noches después, Gabriel Suárez, el conductor del 405 de Coetc, da la bienvenida: "Preparate, después que entramos en Aparicio Saravia es zona roja. Y la atravesamos toda".
"Mirá, en la semana nos roban tres o cuatro veces en este recorrido", dice Suárez. Él, por ahora, ha tenido suerte y no le ha tocado. Aunque teme que el cronista le sea de mala suerte justo esa noche fría de lunes. "A mí no, pero conozco un montón de compañeros a los que han robado".
Suárez maldice cada vez que le toca manejar el 405. "Viajo con los ojos así", dice y se estira los párpados hacia arriba. No tuvo tanta suerte con hinchas de los grandes, que le han roto puertas y ventanas. Una vez, disimuló estar apurado por llegar y enfiló hacia la seccional. Bajó, hizo la denuncia y después de un largo rato, los policías bajaron a los revoltosos. "Pero muchos pasajeros se lavaban las manos y decían no haber visto nada. ¡Y otros se enojaron porque los estaba demorando!"
Frente al Montevideo Shopping el ómnibus se llena, al punto de que algunos quedan casi apretujados contra la puerta de entrada y para pagar el boleto tienen que darle los 17 pesos a un usuario más cercano al guarda.
A las once y cuarto de la noche llega a Camino Maldonado y Libia y cinco minutos después se mete en la "temida" Aparicio Saravia. Advierte que si ve sospechosos en una parada -"si llevan gorrito con visera o capucha"- prefiere no levantarlos. (Otro criterio maneja su colega Luis Aguirre, que piensa que no hay que estigmatizar por aquello de "el hábito no hace al monje").
Al llegar a Saravia y Belloni, Suárez chista y en voz bajita dice: "Ahí está el móvil. Nos está siguiendo atrás". Se refiere a otra modalidad del discreto Bus Seguro, que implica que un patrullero vaya detrás del ómnibus en cuestión, como protegiéndolo. "¿Si me da seguridad? Y... hasta por ahí nomás, porque si el tipo ya está arriba, marchaste", se resigna el chofer. y señala conocida como "la parada del tanque": "acá suelen robar; es una parada donde pila de veces nos están esperando".
A su compañero, el guarda Ricardo Tejera, lo han rapiñado cinco veces ya. Dos de ellas fueron en ese 405.
Siempre fueron robos violentos, dijo Tejera, un cincuentón cansado. Por suerte a él no lo empujaron y tiraron al piso, como a otros compañeros de trabajo.
-¿Qué prefiere: trasladar barras de hinchas al estadio o hacer este recorrido?
-Ninguna. Prefiero dormir bien y que este trabajo no sea insalubre como es. Esto es una ruleta...
Hablaron hasta con los jueces
La Unión Nacional de Obreros y Trabajadores del Transporte (Unott) les planteó su inquietud con respecto a las barras de hinchas en los ómnibus a los presidentes de Peñarol, Nacional y la Asociación Uruguaya de Fútbol. También le pidieron apoyo a la Jefatura de Policía de Montevideo, de Canelones y al Ministerio del Interior. Pero no se queda allí: se reunió con la Asociación de Magistrados y prevé una cita con la Suprema Corte de Justicia en procura de que se implemente la ley para la erradicación de violencia en el deporte (17.951). "¡Está vigente! Si hay que hacerle modificaciones, que le hagan. Creemos que su puesta en práctica quedó a medio camino", dijo Luis Aguirre de Cutcsa. Semanas atrás se anunció que se aplicará el derecho de admisión en los partidos clásicos.
Las pedreas de todos los días
"Las pedreas nos complican mucho. Se ha generalizado y es a nivel nacional algo que nos preocupa", dice Daniel González, administrador de Coetc y miembro de la comisión de seguridad de la Unott. Es un acto vandálico que cada vez se repite más y con frecuencia diaria ("sí, sí, se da todos los días en más de un ómnibus"). Principalmente, quienes más lo sufren son las unidades interdepartamentales al ingresar o retirarse de Montevideo en los accesos a las rutas 1 y 5, así como también es común en la Interbalnearia. "Se divierten con eso botijas de 10 y 11 años. Un día se van a matar todos, van a provocar un accidente de proporciones. Vas a ver...", agregó Luis Aguirre, de Cutcsa.
Otro lío: la vuelta del boliche
Levantar jóvenes a la salida de boliches suele ser tanto o más estresante que la salida del estadio. "Cuando salen de Ibiza es lamentable. Hay otro en Punta Gorda que es jodido", dijo Luis Aguirre, de Cutcsa. Silvia Crapito, guarda de la misma empresa, tuvo una mala experiencia una madrugada con el 64 a Portones, a la salida de Red en... Punta Gorda: "Se suben borrachos, insultan, no quieren pagar, y con botellas, de pesados. Además se metían con las gurisas". Peor fue la semana pasada, en el 402 a Malvín y en pleno mediodía: "Liceales de 13 años metieron flor de relajo. Las mujeres eran las peores. No iban a la cancha ni salían del baile. ¡Está de moda hacer lío!", exclamó.
Víctimas fatales del transporte
Una bala en el pecho
A Regino Mateo Mateos le dispararon con una 9 milímetros, la bala impactó en su pecho y volcó el taxi. Fue en el barrio Casavalle, más precisamente en Teniente Galeano y Héctor Muiños, a las dos de la madrugada del 8 de enero de 2007. Fueron tres detonaciones que despertaron a los vecinos. Mateos era un militar en actividad que de noche trabajaba en el taxi. Era padre de cuatro hijos de entre 15 y 25 años.
Se resistió y peleó
El 10 de enero de 2004 dos rapiñeros menores de edad mataron a Arturo Silvera, un chofer de Ucot, para robarle la recaudación durante un trayecto por el barrio Casavalle. El conductor de la línea 328 llegó a herir de bala a uno de los delincuentes, antes de morir. El ómnibus iba por Martirenée y al llegar a Gustavo Volpe cruzó la senda contraria, derribó un muro y dos columnas. Silvera, moribundo, cayó sobre las piernas del ladrón herido, que fue preso.
Recordado Edward
El asesinato de Edward Cal es de los más recordados. El cuerpo fue encontrado en el piso del número 81 de Raincoop en la madrugada del 15 de diciembre de 2004 en El Pinar, con un disparo en la nuca. Se encontró una bala 9 milímetros. Cal debía llegar a Solymar a las 23.30 aquel día de diciembre, que suplía a un compañero. Tenía 26 años. El asesino fue un policía que ya había ultimado al taxista Gerardo Rizzolo en mayo de ese año, por encargo.
Y dejaron el dinero
El 27 de enero de 2006 se repitió una historia conocida: un mayor y un menor quisieron rapiñar a un conductor-guarda de Raincoop y lo mataron. Ruben Piaggio (53) era padre de familia. Había salido en la línea 17 de Casabó hacia Punta Carretas. Avanzó pocas cuadras con una sóla pasajera hasta que en Etiopía y Senegal le hicieron señas, desde abajo le pidieron el dinero, él les dijo que subieran al coche. Le dispararon desde abajo, sin robarle.
Otro taxista más
La última muerte en el transporte se dio la madrugada del 30 de abril pasado cuando en La Cruz de Carrasco, y en un hecho confuso para los investigadores, el taxista Rodrigo Pereira, de 33 años, fue asesinado. Pereira no presionó el botón de pánico y fue el propio pasajero que llevaba el que hizo la denuncia por la supuesta "bala perdida". El gremio de taxistas (Suatt) hizo paro y se le sumó la Unott, previo al Día de los Trabajadores.