La ciudad reinventada

Medellín pasó de ser la meca del narcotráfico y la ciudad más violenta del mundo a convertirse en modelo de funcionamiento y gestión. Su gente dice que en el resto de Colombia los envidian. Un paseo por la localidad que venció a su propia mala reputación.

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César Bianchi, en Medellín

En Uruguay se suele ridiculizar cómo los brasileños se ufanan porque todo lo que ellos tienen es "o mais grande do mundo". El que inventó esa humorada no pasó por Medellín, la capital latinoamericana de la grandilocuencia.

En Medellín están el edificio más grande, los mafiosos más grandes, las mujeres tienen los senos más grandes y, además, son las más lindas. Y no tienen el subterráneo más grande porque sencillamente es la única localidad colombiana que tiene metro y hasta metrocable, un sistema de funiculares diseñado para transportar a los habitantes de las montañas al centro en pocos minutos. Sus habitantes, los paisas, son los más simpáticos, los más amables y gentiles.

El orgullo paisa se exacerba cada comienzo de agosto cuando la ciudad organiza la Feria de las Flores -el evento popular por antonomasia- y recibe a turistas de toda Colombia y de todas partes. Esos días son capaces de demostrar que tienen la mayor variedad de flores del mundo. Las más bellas, las más coloridas.

Dan ganas de perdonarlos por vivir en superlativo cuando cualquier medellinense explica al forastero lo mucho que ha sufrido por ser paisa en la época de Pablo Escobar. Hoy son otra cosa, y en los días florecientes lo gritan en cada oportunidad que tienen.

Ni que se hubieran puesto de acuerdo.

huellas de identidad. Medellín está inserta en medio del Valle de Aburrá, a 1.524 metros sobre el nivel del mar. De tan cálido, sorprende: cuando en Montevideo había 12 grados, allá achicharraban 35, como si fuera un verano demasiado caluroso.

Entre la ciudad y su área metropolitana viven poco más de tres millones de personas: en ese dato se agotan las coincidencias con Uruguay. Para los habitantes de Medellín todo es chévere, todo está rico y si algo sale mal todos dicen qué pena, como si de veras sintieran la desgracia.

La catarsis la tienen a flor de labios. Esta sociedad todavía siente la necesidad de reivindicar su transformación. No es para menos: los homicidios aquí en el año 1991 fueron 6.349, a razón de 381 cada 100.000 habitantes. El año pasado la tasa bajó a 1.044, es decir 33 cada 100.000 personas, y hasta julio la cifra igualaba la de 2008. Parecen muchas muertes, pero no, es una ganga.

"Esto no es ni por asomo lo que fue", dice un paisa. "Ahora sí hay seguridad", dice otro comerciante en afirmación temeraria. Ya hace dos años Qué Pasa publicó que para una encuesta de la consultora colombiana Fundación Seguridad y Democracia sólo un 16% de los medellinenses dijeron sentirse inseguros, cuando en Barranquilla la cifra trepaba al 83%.

Se sacaron el mote de "Metrallín", adquirido gracias a los denodados esfuerzos de Escobar, "el" narco por excelencia, un hombre prestado del pueblito vecino de Envigado que llegó a ser más rico que Bill Gates y la hizo a Medellín tristemente célebre en el mundo entero.

Hoy se sienten más a gusto cuando son identificados como la localidad de las figuras regordetas de Fernando Botero, los 28 millones de dólares invertidos en Parques Biblioteca y la propia Feria de las Flores, que la dota de identidad.

La reinvención nació desde la política y el ex alcalde Sergio Fajardo es señalado por todos como el padre de la criatura. Fajardo hoy compite con el también antioqueño Álvaro Uribe en la carrera por la presidencia de Colombia dentro de un año. Al cierre de esta edición el Parlamento colombiano definía si aceptaba o no la reelección de Uribe.

Jorge Melguizo, secretario de Cultura de la actual alcaldía, resume la receta exitosa con transparencias y una oratoria sin fin: gran inversión en educación pública y cultura como "herramientas claves en el desarrollo de la ciudad y la sociedad". Entre 30 y 40% del presupuesto municipal fue volcado a la educación pública y 5% a la cultura. El porcentaje es mayor que el que destinó el propio Estado en esos mismos rubros para toda Colombia, apunta Melguizo.

"¿Qué palabras definían a Medellín?", pregunta un power point a un grupo de periodistas extranjeros del cambio que ha sufrido la ciudad. "Narcotráfico", "violencia", le contesta la que sigue. "¿Qué palabras queremos que definan en el futuro a Medellín?", insiste otra placa (y uno supone que eso preguntó Fajardo a sus colaboradores oportunamente): "Transformación, optimismo, modernización, convivencia, educación, cultura".

Hay que desconfiar: es el discurso de un político. Pero algo de cierto debe haber porque los medellinenses se la creyeron muy bien. Lo dicen todo el tiempo, están orgullosos del cambio y las 20 muertes semanales o la amenaza del regreso de los sicarios no los inquieta para nada.

Por acá están muy conformes con los dirigentes políticos. Un cartel enorme en el centro de la ciudad muestra al presidente colombiano y una leyenda: "¡Felicidades Uribe, eres un berraco!" Aunque parezca un insulto, los autores del enorme afiche lo tildan de "crack". La empatía con la clase política va más allá: durante la Feria de las Flores los paisas hacen suyo el eslogan turístico local: "El único riesgo de venir a Medellín es que te quieras quedar". Lo repiten como un mantra sin advertir el dudoso éxito del mensaje. ¿Querer quedarse sería peligroso, entonces?

El movimiento político que lideró Fajardo en 2004 se llama Compromiso Ciudadano y estuvo integrado por académicos, profesionales de ONG, empresarios y líderes de organizaciones comunitarias. En 2007, los paisas eligieron que continúe en gestiones hasta 2011.

La inversión en Parques Biblioteca -varias en barrios carenciados- parece ser una alegoría del cambio todo. La alcaldía destinó 5,6 millones de dólares a cada uno de los cinco parques de la ciudad, y ya promete cuatro más. Más de 80.000 usuarios asisten cada semana. En todo el año sólo cierran el 25 de diciembre y el 1° de enero, ni siquiera dejan de abrir los domingos y feriados. Fueron construidos en espacios públicos de 12.000 metros cuadrados cada uno. Cada biblioteca tiene 20.000 libros y laptops con banda ancha y wi-fi. "La táctica es así: los hacemos tropezar con los libros. Alguno terminan leyendo", dice Melguizo.

Una tarde de martes se puede ver en un parque biblioteca a un grupo de damas mayores mal vestidas en un aula tipo universitaria, tan pomposa como las que muestran las películas de Hollywood. Son un grupo de prostitutas estudiando, explica un funcionario.

Frente al hermoso Parque de los Pies Descalzos está el "Edificio Inteligente", dos torres de concreto y vidrio que también son un motivo más para que el paisa se golpee el pecho. Alguna vez fue el más alto de toda Colombia.

Otra clave del renacimiento y una mayor equidad: el metrocable, fundado hace cinco años, ahora acerca a los 12 vecindarios más alejados de Medellín. De todos modos, la sociedad paisa se divide en segmentos socioeconómicos numerados del uno al seis. Alguien que vive en una zona de estrato uno es pobre, alguien que vive en estrato seis es rico y en estrato cinco, casi rico. Parece que así lograron cierta armonía: unos en las montañas, otros en El Poblado y todos contentos.

El metro de la ciudad, otro mérito municipal, es rápido y no es común encontrar un papel tirado. Nadie grita, no hay vallenatos ni bachatas sonando desde parlantes de mp3 o mp4. Acá todavía los pasajeros siguen escuchando música con los auriculares en el transporte colectivo.

El otro gran orgullo local no tiene ninguna vinculación con una apuesta municipal. Son las mujeres paisas.

SIN TETAS NO HAY PARAÍSO. Hasta el taxista menos locuaz se jacta de las mujeres de su tierra. Preguntan fanfarrones si acaso uno ha visto féminas más apetecedoras en otros sitios, esperando un "no, como acá no".

Hasta en eso la ciudad antioqueña todavía no se puede librar del fantasma de Pablo Escobar. En Medellín una mujer con los senos pequeños es casi una paria.

Con escotes diseñados para fisgones, las nuevas generaciones de paisas copiaron a las mayores, que en los años noventa se agrandaban el busto para satisfacer la vista de los traquetos que las dejaban vivir bajo su ala narcoprotectora. Ellas se operaban y vivían por y para el mafioso, que las exhibía en el centro, en el barrio rico de El Poblado y en la disco Mango`s.

Hoy la moda que tan bien graficó la novela (antioqueña, claro) Sin tetas no hay paraíso devino en chicas quinceañeras que piden tetas nuevas como regalo de cumpleaños. Ahora solo es cuestión de gusto, de estética, parece. Antes eran funcionales.

Según estimaciones del cirujano plástico Felipe Martínez, se realizan 3.000 operaciones de implantes mamarios por mes a la nada despreciable oferta de 2.200 a 3.000 dólares el par de siliconas. El auge quirúrgico se dio como efecto dominó tras el repunte del negocio del tráfico de la droga: en la década de 1980 había en Medellín 20 cirujanos plásticos y hoy hay 100, más 50 médicos estéticos. Mientras en el continente asiático hay un cirujano cada 500.000 habitantes, en Brasil hay uno cada 20.000 y en el paraíso colombiano de las mamas uno cada 35.000 personas, informa Martínez.

El resultado de esa manía salta la vista. Lo difícil es distinguir en la calle cuál es una chica común y corriente que sólo sigue la moda y cuál es una "prepago", como llaman a las prostitutas VIP de por acá.

Durante la Feria de las Flores las paisas caminan por su ciudad como si el piso fuera una pasarela. Muestran sus atributos (falsificados, en muchos casos) como vanagloriándose.

"Yo me pondría. No gigantescas, pero de un tamaño normal sí", confiesa en un café Isabela Echeverry, una adolescente de 15 años que va a colegio privado por las mañanas y entrena en un cuadro de fútbol femenino todas las tardes.

Isabela es delantera y la capitana del club Formas Íntimas. El equipo más popular de fútbol femenino de Antioquia lleva el nombre de su auspiciante, una marca de tangas, cullotes y soutiens. En un gesto de agradecimiento, los dirigentes bautizaron al equipo con el nombre del esponsor: toda una excentricidad paisa en tiempos en que la dignidad vale menos que el dinero del financista.

Incluso hubo un plantel de fútbol masculino que se llamó Formas Íntimas. Duró poco. La presidenta Liliana Zapata dice que fue porque se priorizó el plantel de niñas. Es de imaginar que más de un recio jugador no toleró por mucho tiempo la sobredosis de humillaciones y chascarrillos.

LOS NO COLOMBIANOS. Hay un rumor que nadie se atreve a confirmar con datos de rigor. Dicen que hace unos 25 años, cuando el cártel de Medellín vivía su apogeo, el joven dirigente Álvaro Uribe junto a un grupo de pares de "estrato seis" iniciaron con suma discreción y celo una movida política para independizar a Antioquia del resto del país. La profesora de Historia, Amparo Murillo, no recuerda la participación de Uribe pero dice que se trató de un afán regionalista por crear una Antioquia Federal para enfrentar el poder político bogotano. Como una autonomía a medias, como golpear bien fuerte la mesa para reclamar autoridad.

Varias fuentes dijeron que hoy el resto de los colombianos mira con recelo a los paisas. Como si se mofaran de ellos porque parece que se creen mejores que los demás.

Zapata, la entrenadora de Formas Íntimas, fue más lejos en su argumentación. "El país entero está contra nosotros. Nos envidian. Aunque suene petulante: Medellín es la mejor ciudad de Colombia. Acá la gente es más amable. Usted viaje y compare", invitó.

Son tan buenos huéspedes que por poco irritan. No paran de preguntar a los visitantes qué les pareció la ciudad, qué les pareció su gente, y específicamente, las mujeres paisa. "A que le dieron ganas de quedarse, pues señorcésar. ¿No?" La cartelería ayuda exagerando el gesto de amor a la camiseta: "Quiere a Medellín", "Obra con amor", "Sigamos construyendo la ciudad que soñamos".

Durante la amigable semana festiva, el Club Deportivo Formas Íntimas organizó un torneo internacional llamado Copa Feria de las Flores 2009. Formas y la selección Sub 17 de Antioquia fueron dueños de casa. También participaron las selecciones juveniles de Venezuela, Perú, Chile y Estados Unidos.

En detalles como estos también se nota que los antioqueños quieren ser el nuevo País Vasco de América del Sur. Colombia como selección no compitió, pero hubo dos planteles de Medellín, dos formaciones paisas.

En Formas Íntimas se lució una aindiada lateral izquierda que subía por la banda con ductilidad y criterio, moviendo su trencita de Pocahontas. Dania Londoño, de 28 años, participó de la Feria de las Flores como jugadora de fútbol y también como silletera.

de mulas a showmen. Los silleteros son campesinos que viven todo el año de la floricultura en las montañas de Santa Elena, esperando su gran día, el 7 de agosto. Llegado el ansiado momento, son las estrellas del show: deben caminar dos kilómetros y medio cargando las silletas (siietas, dicen ellos), un armazón de hasta 100 kilos con hasta 60 variedades de flores autóctonas sobre sus espaldas, con sogas amarradas a los hombros y la frente para repartir el peso.

Mientras desfilan evidenciando muecas de sufrimiento, el público vitorea lo que para cualquier turista foráneo es algo muy parecido a una tortura.

Dania sigue la tradición familiar de los Londoño, una de las dos familias que han escrito la historia silletera de Medellín. Y Dania es silletera porque su mamá es, y su abuela fue. Es así: la posta se va pasando de generación en generación y no hacerse cargo es casi una herejía imperdonable.

Mientras el jueves 6 un puñado de primos, tíos y sobrinos pegan florcita por florcita, turistas que hablan inglés y otras variantes del castellano filman a las artistas domésticas. Otros escuchan salsa mientras empinan botellas chicas de cerveza o comienzan a empecinarse con el aguardiente.

A media tarde del día previo al desfile, Dania tiene que terminar dos obras personales y una silleta emblemática que apenas si es un espumaplast con forma de corazón. Quedará re chévere cuando se vean la niña columpiándose y el niño jugando bajo el texto "Transforma mi vida en un parque de felicidad".

Al otro día a las dos de la tarde y bajo un calor infernal, centenares de niños, hombres y mujeres desfilan por una calle asfaltada cargando en sus espaldas las plataformas de madera con sus bellezas naturales, una suerte de collage floral.

Nadie se queja: los silleteros sudan ¿contentos? luciendo sus obras con hortensias, pensamientos, claveles, calas, pimpollos, astromelias, rosas y más que los van doblando con su peso. Incluso, giran sobre su cuerpo cuando el público les pide "¡vuelta, vuelta!" para sacarles fotitos con los celulares y las cámaras digitales.

El paisa cree que están disfrutando de sus 15 minutos de fama, ofreciendo a los curiosos sus silletas rebosantes, con moraleja incluidas. Ellos parecen contradecirlos con mohines de dolor. El cuadro se completa con un helicóptero que en lugar de rociar a la gente con agua, deja caer pétalos de flores.

La escena (sin la parte de los pétalos llovidos) recrea la época de la colonia, cuando los indios cargaban en sus espaldas a los nobles españoles que no sabían cómo lidiar con los montañosos caminos de Antioquia. Los señores se sentaban en un cajón triangular de madera, y los indígenas, ayudados por una faja de cabuya que colgaban de su frente, los transportaban sin preguntar mucho. Así se desarrolló la cultura de la arriería: las mulas llevaban las mercancías como los indios a los españoles, y como hoy los campesinos floricultores caminan encorvándose para ofrendar las flores que cargan.

La silleta que resultó victoriosa este año medía dos metros de diámetro, era muy colorida y tenía un mensaje: "Un niño que toca un instrumento jamás tocará un arma". La cargó Diego Antonio Londoño, hijo de don Oscar, un veterano que deja entrar a todo el mundo a su casa mientras prepara su obra, les habla del primer desfile, allá por 1957, y todavía convida con arepas, fríjoles y chicharrones.

Todos los años las silletas más grandes, las más lindas, las más elocuentes en sus metáforas, ganan unos 1.300.000 pesos colombianos (unos 625 dólares) de parte de la alcaldía.

También le pasa a los silleteros. Está claro: todo lo exagerado en Medellín merece su reconocimiento. Ser la ciudad de "lo más" parece ser el gran consuelo colectivo, mientras intentan olvidarse de Escobar.

Por la crónica

La visita del periodista de Qué Pasa a Medellín se dio en el marco de un taller de crónicas con el argentino Martín Caparrós y en el contexto de la Feria de las Flores. Asistieron 14 cronistas de toda América Latina. El evento fue organizado por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano.

Cientos de alicorados en la fiesta

Dicen que Medellín es la ciudad donde se bebe más alcohol en toda Colombia. Hasta en eso es "lo más". Y claro, durante la Feria de las Flores, se toma más que el resto del año: es "la" fiesta paisa y hay que celebrar. Durante la Feria de 2008 se vendieron un millón de botellas de aguardiente y ron (sus bebidas preferidas), a razón de dos botellas cada cinco paisas, según averiguó el periodista peruano Renzo Guerrero. Se calcula que se generaron nueve millones de dólares por concepto de venta de bebidas alcohólicas durante los días de feria. Según le dijo a Guerrero la antropóloga Luz Marina Vélez, siete de cada 10 medellinenses prefieren el aguardiente al ron y a cualquier otro tipo de licor. Ellos no dicen alcohol, dicen "licor", y una persona ebria no está alcoholizada, sino alicorada. "Es una bebida rural que se tomó la ciudad. Sirve para calentar cuando hace frío", informó Vélez, abstemia.

Tres millones que madrugan por dinero

Medellín es ciudad y municipio, capital del departamento de Antioquia. Está situada en la parte noroccidental de Colombia. Es la segunda ciudad más poblada del país, luego de la capital, Bogotá. Sumada a los nueve municipios que conforman su área metropolitana, suma 3.300.000 habitantes, según el portal Wikipedia. Es uno de los principales centros financieros e industriales del país y cuenta con representaciones estatales y municipales. Su gente es por demás trabajadora: las jornadas laborales en Medellín comienzan a las 7 de la mañana o incluso antes, y terminan a las 18 horas. Como le dijo el cirujano plástico Felipe Martínez a la colega argentina Fernanda Mainelli: "Acá se madruga y se trabaja 12 horas al día. A la gente le gusta mucho el dinero y los juegos de azar. Hasta los setenta estaba extendida la idea de que la plata se ganaba trabajando y desde los ochenta dejó de importar cómo se ganaba ese dinero...".

Campesinos desfilando

Medellín fue fundada en 1635, al crearse varios asentamientos que no lograron superar las condiciones favorables que ofrecía el valle del río Aburrá, según recuerda el comunicador y escritor Juan Diego Mejía. Durante el siglo XIX, el comercio fue la actividad principal de la región hasta que la minería empezó a ganar adeptos en el empresariado local. Fue tras la crisis del año 1929 que el progreso se instaló en Medellín, cuando leyes de protección aduanera favorecieron la fundación de empresas. Enrique Olano es señalado como el gran responsable del desarrollo urbanístico de la ciudad en la primera mitad del siglo XX, a través de la Sociedad de Mejoras Públicas de Medellín. Olando, un acaudalado que hoy sería calificado como de estrato seis, se preocupó por revivir la tradición de los antepasados paisas que dominaron la dura geografía del territorio. Así nace la iniciativa de la Feria de las Flores, en mayo de 1957. El filántropo Diego Echavarría, de la oficina de Fomento y Turismo local, organizó una festividad que consistía en tablados musicales y populares (que continúan hasta hoy en la programación), bailes exclusivos y exposiciones florales. Ese mismo año otros pobladores creyeron que sería "bonito" organizar un desfile de campesinos con sus flores a cuestas. Así tuvo inicio, entonces, el desfile de silleteros, explicó Mejía.

El diente de Gardel

Lo contó Hugo Machín en crónica publicada en este suplemento en junio de 2007. Resulta que a mediados de los años cincuenta un argentino de sombrero gris gardeliano solía merodear el aeroparque Olaya Herrera de Medellín, donde en 1935 murió Carlos Gardel. Turista que aparecía por el lugar donde se accidentó fatalmente Gardel era abordado por el hombre. A veces decía que había sido guitarrista del "Zorzal", otras veces un simple admirador. Inventaba anécdotas junto a Gardel a cambio de alguna propina. Cuando el forastero era demasiado crédulo, se animaba a sacar de su bolsillo una pieza dental. "Un diente del Mago: lo único que pude recoger en el sitio", decía. Y ahí nomás, cuando el turista ofrecía comprárselo, comenzaba el regateo. "No, es lo único que conservo de él", solía decir en un principio. Hasta que se dejaba convencer por unos, digamos, 40 dólares. Durante 20 años el porteño vendió unos 1.300 dientes. "Todos los dentistas de Medellín trabajan para mí", se vanagloriaba. La historia la narró por primera vez el periodista argentino Rogelio García Lupo y la retomó Carlos Martínez Moreno.

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