The Economist
En un día de junio, una atractiva figura política afroestadounidense visitó la Universidad de El Cairo e hizo un discurso impresionante. "Durante 60 años", dijo el visitante, "mi país, Estados Unidos, buscó la estabilidad a expensas de la democracia en Medio Oriente, y no conseguimos nada. Ahora estamos en una senda diferente. Apoyamos las aspiraciones democráticas del pueblo". Era 2005 y quien hablaba era Condoleezza Rice, la secretaria de Estado del presidente George W. Bush.
Para alguien en su posición, decir eso en un lugar como ese, testimonia el tremendo impacto que los ataques del 11 de setiembre de 2001 tuvieron en la manera estadounidense de pensar Medio Oriente. La llegada de Al Qaeda persuadió a los ideólogos neoconservadores de la administración Bush de que el terrorismo en nombre del Islam se alimentaba de la falta de democracia y pluralismo en el mundo árabe. A partir de eso, el interés nacional de Estados Unidos se apoyaba en persuadir a los regímenes autocráticos que antes Washington respaldaba, como Egipto, a que se convirtieran en democracias.
Cuatro años después del discurso de Rice, el sueño de que la democracia sería impuesta a los árabes por una fuerza extranjera, está hecho añicos. Más allá de lo que se vuelva Irak, la esperanza de que la salida de Saddam Hussein transformaría el país en un ejemplo democrático para los otros árabes, se terminó apagando. La invasión, y la guerra civil que la siguió, mató a tantos iraquíes que nadie en la región desea para sí ese experimento sangriento, caótico y destructivo.
Algunos analistas piensan que si algún cambio llegará en el mundo árabe será por el propio peso de una sociedad que está en pleno cambio, más allá del estancamiento político en el que viven. El extraoficial Plan B espera que en una sociedad en la que unos 200 millones de personas tienen menos de 25 años, el acceso a la tecnología se democratiza y los medios de comunicación aportan una idea de mundo impensada hace unos años, termine haciendo inevitable la modernización política.
Cuesta ser optimista. Los árabes siguen dominados por un cartel de regímenes autoritarios que practican el arte de la opresión. Seis países árabes, según un informe del Programa de Desarrollo de las Naciones Unidas (Pnud), tienen directamente prohibidos los partidos y el resto los restringe astutamente. Esos regímenes, además, han fallado en trasladar la riqueza del petróleo a la gente: el informe de la ONU concluye que dos de cada cinco árabes viven con dos dólares o menos al día. Y tampoco han conseguido que sus pueblos estén más seguros ya que los superpoderosos aparatos de seguridad interna convierten al Estado árabe en una amenaza para su propios ciudadanos. Y ahora están a punto de fallarles a su juventud. El Pnud reconoce que el mundo árabe debería crear 50 millones de empleos para 2020 para acomodar a la creciente y joven mano de obra; algo imposible con las actuales tendencias.
A eso hay que sumarle otros factores que cooperan con la inestabilidad.
Desde que Saddam Hussein invadió Kuwait en 1991, las divisiones entre los árabes se han vuelto más amargas. Egipto, el más grande de los países árabes, se negó incluso a concurrir a una cumbre de la Liga Árabe en Doha en abril. También está Israel: entre estallidos de violencia e interludios diplomáticos, la situación sigue en punto muerto.
Las guerras ocurren en todos lados, pero ¿qué hace que en Medio Oriente sean tan comunes?
Primero, el petróleo. A fines de la década pasada, Bin Laden le escribió una carta al mullah Omar, el líder los Talibán afganos, en la que señalaba que 75% del petróleo del mundo estaba en la región del golfo Pérsico y que "aquel que domine el petróleo, domina las economías del mundo". Esa es una verdad inalterable, y también lo son los intereses de las hambrientas potencias de la región y de más allá.
Segundo es el continuo y cada vez peor conflicto árabe, y últimamente también iraní, con Israel. Desde 1990, miles de árabes se vieron envueltos en una lucha voraz, debido a la intifada palestina que empezó después del colapso de la cumbre de Camp David de Clinton en 2000 y a las implacables mini-guerras de Israel en Líbano en 2006 y Gaza a comienzos de año.
La última gran causa de inestabilidad surge de los propios estados árabes. Las elecciones se han extendido en la región. Sin embargo, y dejando de lado el Estado imaginario de los palestinos, ninguno de los 21 países de la Liga Árabe podría seriamente reclamar ser una democracia genuina. En ausencia de democracia, los gobiernos árabes se apoyan en un extraordinario grado de represión para poder mantenerse en el poder. Y, a veces, el sistema de control se rompe.
Un ejemplo de eso se dio en Argelia en 1991. Después que el partido islámico opositor ganara la primera vuelta de las elecciones parlamentarias, los generales bloquearon la segunda vuelta, y así detonó una guerra civil que duró una década y se cobró 200.000 vidas. En la década de 1990, el terrorismo interno también acosó Egipto: movimientos islámicos radicales como Jihad Islámica y Jamaat Islamiya mataron a un millar de personas.
La inestabilidad política del mundo árabe está conectada con otro problema: la falta de un concepto de nación. Hace muchos años, el diplomático egipcio, Tahsin Bashir, llamó "tribus con banderas" a los nuevos estados árabes de Medio Oriente, aunque no incluyó a Egipto. Sigue teniendo razón. En países tan diferentes como Líbano e Irak, asperezas étnicas, confesionales o sectarias han derruido cualquier intento de construir una nación. Es por eso que Irak se dividió en fragmentos sunitas, chiitas y kurdos, después de la caída de Saddam, a pesar de años de adoctrinamiento patriótico. A Siria le podía pasar lo mismo si la minoría alawi a la que pertenece la gobernante familia Assad, pierde el control de este país mayoritariamente sunita.
Al repasar la lista de problemas, es necesario dejar claro que lo se dice "mundo árabe" es una cosa enorme y amorfa. Sería una distorsión retratar toda la región como una zona de permanente conflicto. Por más sangrientas que hayan sido, las guerras de Irak, Argelia, Sudán o en las fronteras de Israel, no interrumpieron la vida diaria. La mayoría de los árabes sólo ven la violencia a través de las pantallas de sus televisores, aunque las poderosas emociones que les provoca ver esas imágenes pueden tener consecuencias mundiales. Muchos países árabes pueden mirar atrás y ver elementos de progreso de los que estar orgullosos incluyendo, en algunos países, una creciente prosperidad y una lenta pero constante expansión de la libertad personal.
TÍMIDAS PROTESTAS. El asesinato en Líbano de Rafik Hariri, un popular ex primer ministro, levantó grandes protestas de libaneses que señalaban directamente a Siria como responsable. Esas movilizaciones espontáneas -una de las más grandes manifestaciones de "poder popular" que haya visto el mundo árabe- fueron conocidas como la "revolución de los cedros". Con el correr de los meses, Assad, el presidente de Siria, se vio obligado a retirar sus tropas de Líbano, donde habían estado 30 años.
Ese nivel de protesta no se ha repetido en ningún otro país árabe. Pero el hábito de la protesta está ganando terreno. Hace tres años, en una disputa entre el gobierno y el Parlamento por una ley electoral, manifestantes estudiantiles acamparon en las afueras del Congreso en Kuwait. En la península de Sinaí, beduinos que reclaman derechos sobre tierras al gobierno egipcio, realizaron sentadas en la frontera con Israel. Y el 6 de abril de 2008 los estudiantes se unieron a una huelga de obreros textiles.
El espíritu de la protesta árabe también alcanza la blogósfera. Como los jóvenes iraníes, los árabes están volcándose a redes sociales como Facebook, subiendo sus videos a YouTube y escribiendo blogs, algunos de ellos altamente políticos. Cuando Arabia Saudita envió una delegación sólo masculina a los juegos de Beijing, las mujeres sauditas organizaron una protesta y subieron sus imágenes a internet. Para celebrar el día de la mujer en 2008, una valiente activista saudita, Wajeha al-Huwaider, usó Youtube para mostrar un video de ella quebrantando la ley que prohibe que las mujeres conduzcan autos. Wael Abbas, una blogger egipcia, ha utilizado su sitio para mostrar videos de la Policía golpeando a manifestantes y torturando detenidos.
Sin embargo, se está muy lejos de tener evidencia de que el mundo árabe está en una condición "pre-revolucionaria". "Está pasando algo, es nuevo, es interesante, pero que de allí veamos una revolución, no", dice un analista egipcio.
TIEMPO DE CAMBIOS. Una revolución política es una cosa pero una revolución social, es otra.
Un cambio fundamental es que la sociedad árabe goza de un inédito acceso a la información y, especialmente, al debate. Aún a fines de la década de 1990, ver televisión en el mundo árabe era desolador. Lo que hacían pasar como cobertura de noticias eran solemnes discursos de presidentes y emires recibiendo a visitantes extranjeros o inaugurando obras.
Todo eso cambió en 1996, cuando el emir de Qatar, el jeque Hamad bin Khalifa, estableció la cadena de noticias Al Jazeera en su capital, Doha. A cambio de que no se refirieran demasiado a Qatar, se autorizó al nuevo canal a difundir información sobre el resto del mundo árabe. Con un grupo de periodistas entusiastas, principalmente palestinos, lo hicieron con interés y estándares profesionales.
Después de 1996, dice el palestino Wadah Khanfar, director general de Al Jazeera, "todo explotó"; el mundo árabe entró en un período de "anarquismo cognitivo". La consecuencia de esto, de acuerdo a Marc Lynch, un académico de la George Washington University en Washington DC, fue el nacimiento de un "nuevo público árabe". Después del fenómeno de Al Jazeera, piensa, los árabes no van a soportar la vieja tradición de consenso forzado. Están haciendo que sus líderes se expliquen como nunca antes. Y aunque no es un sustituto para una democracia electoral, está construyendo los cimientos de una política con "una esfera pública con voz crítica".
Si las cadenas de televisión iniciaron la senda, la prensa la siguió. Aquellos diarios oficiales que solían copar todo el mercado ahora encontraron competidores privados con ganas de decir las cosas que ellos callaban. Aún los regímenes más autoritarios están empezando a percatarse de que no es posible suprimir toda la información y borrar toda crítica. Sarah Leah, directora de Human Rights Watch para Medio Oriente y África del Norte, volvió de una reciente visita a Libia informando sobre una nueva glásnost. Aunque el régimen mantiene firmemente el control, hay diarios a los que se les permite escribir sobre temas sensibles, e incluso uno tiene una página editorial que expone las fallas burocráticas y de corrupción.
Naturalmente, esas libertades tienen sus límites cuidadosamente vigilados. Al Jazeera y Al Arabiya, su rival en Riyadh, tienen mucho cuidado en no ofender a sus sponsors qataríes y sauditas. Son vulnerables a la alta política árabe: Al Jazeera ha bajado el tono de sus críticas a la monarquía saudita, quizás a pedido de la familia real qatarí. Y está el peligro de que las libertades otorgadas por un autócrata se terminen imprevistamente.
El Syrian Media Centre, una organización privada de control, le dijo a Reuters en mayo que el gobierno sirio bloqueó 225 sitios de internet en 2008; habían sido 159 en 2007. Eso incluye varios diarios y portales árabes, Amazon, Facebook y YouTube. En abril, Human Rights Watch hizo que notar una nueva ley de medios en Emiratos Árabes Unidos podría reforzar las restricciones a la libertad de prensa.
Otro cambio con implicancias políticas es que el nuevo público árabe que se vuelca hacia medios como Al Jazeera es más educado que nunca. En los últimos cinco años, reconoce Vincent Romani en un trabajo para el Crown Centre para Estudios de Medio Oriente de la Universidad de Brandeis, los países del Consejo de Cooperación del Golfo gastaron 50 mil millones de dólares en educación superior en un esfuerzo por integrar sus sociedades a la economía global del conocimiento. Qatar atrajo a media docena de universidades estadounidenses y dos australianas a su Ciudad Educativa en Doha; la Ciudad Académica de Dubai ya tiene sucursales de 32 universidades extranjeras; y la saudita Universidad Rey Abdullah de Ciencia y Tecnología tiene previsto abrir antes de fin de año gracias a una donación personal de la corona de 10 mil millones de dólares.
Si esa "fiebre bajo la superficie" termina transformando la sociedad y la política árabes, ¿qué dirección puede tomar ese cambio? Es un error asumir que una mayor libertad de expresión lleva invariablemente hacia un destino liberal. Por el contrario, los conservadores árabes tienen un historial de explotar las nuevas tecnologías de telecomunicación tanto o más que los liberales.
Mucho antes que internet, los imanes radicales hicieron un uso brillante de los videos para difundir sus enseñanzas, opacando los sermones de los clérigos más moderados. Muchos Hermanos Musulmanes, uno de los grupos más radicales, son bloggers activos. Y los mensajes que aparecen en los canales satelitales no son siempre muy amables con Occidente. En algunos países árabes, incluso, la democracia y el liberalismo empujan en direcciones encontradas. Hay lugares donde la presencia de la mujer se sigue dejando de lado precisamente para prestarle más atención al conservadurismo social de la oposición islámica.
Cuatro años después de aquel discurso de Condoleezza Rice, otro afroestadounidense, el presidente Barack Obama habló en la Universidad de El Cairo. Al igual que Rice, elogió los valores democráticos. Pero hizo un matiz. "Cada nación le dará vida a ese principio a su propia manera, basado en las tradiciones de su pueblo", dijo. "Estados Unidos no presume de saber lo que es bueno para los demás". Lo que dejó claro es que ese nuevo acercamiento deja claro que si el mundo exterior no le puede traer paz y democracia, la solución debe surgir del propio mundo árabe.
Y no se necesita ser un analista para darse cuenta que hay un conflicto en décadas de quietud política y el rápido cambio social. En algún momento las demandas de trabajos y perspectivas de los jóvenes, junto a la educación masiva, ideas globales, y los medios de comunicación, podrían mutar en demandas de una voz y de ahí a mayores libertades. ¿Cuánto más podrán dominar unos regímenes autocráticos a una creciente ola de exigencias? Predecir el desastre del mundo árabe es todo un deporte.
Edward Said y la culpa de Estados Unidos
"En los más de 50 años transcurridos desde que Estados Unidos asumió el dominio mundial, y más después del fin de la guerra fría, ha ejercido una política hacia Medio Oriente basada exclusivamente en dos principios: la defensa de Israel y el libre flujo del petróleo, y ambos se oponen directamente al nacionalismo árabe. En todas las formas significativas, con pocas excepciones, la política estadounidense ha sido de abierta y despreciativa hostilidad hacia las aspiraciones del pueblo árabe, pese a lo cual, desde la declinación de Nasser, ha tenido pocos opositores entre los gobernantes árabes". Edward Said. El palestino Said, quien falleció el en 2003, es considerado uno de los principales intelectuales palestinos. Este es un fragmento de su artículo titulado "La condición árabe".
Algunos líderes árabes: Poderosos, millonarios y con mano dura
Egipto: Hosni Mubarak
Mubarak, quien ha gobernado Egipto por 28 años y ya tiene 81, habría sufrido un ataque cerebral, después de la muerte de su nieto favorito. Mubarak no ha nombrado sucesor. Podrían quedarse con su puesto, su hijo, Gamal, y el jefe de los servicios de inteligencia, Omar Suleiman. Ambos seguirían la misma línea de Mubarak.
Libia: Muammar Khadafi
El carismático Muammar Khadafi viene imponiendo su idiosincrática versión del "socialismo islámico" desde 1969. Ha promovido un acercamiento a Occidente pagando culpas y mostrándose más dócil que otrora. La sucesión es complicada. Por ahí anda su hijo Seif al-Islam, quien tendría una visión política liberal.
Siria: Bashar Al Assad
Ajeno por completo a la política, Assad sucedió a su padre, Hafez al-Assad quien gobernó Siria por 29 años hasta su muerte en 2000. De Bashar se esperaba más flexibilidad. Su gobierno es vinculado por las potencias occidentales a los movimientos extremistas palestinos. La retirada de Líbano fue su peor momento político.
Arabia saudita: rey Abdullah
Su fortuna es de 21 mil millones de dólares, y es rey desde 2005, cuando murió su medio hermano, el rey Fahd. Ha venido sorteando el difícil desafío de ser el principal aliado de Washington en la región sin irritar a su pueblo. Enfrenta una fuerte oposición fundamentalista a la que acalla con métodos que se saltean los derechos humanos.
Marruecos: Mohamed VI
Está al frente de una monarquía constitucional que rige a más de 30 millones de árabes. Es un monarca joven (nació en 1963) en el trono desde 1999. Su padre era el rey Hassan II. Tiene una de las fortunas más grandes del mundo, una costumbre de los reyes árabes. Ha promovido reformas que enojaron al fundamentalismo islámico.
Una cultura alejada del mundo
No es difícil pintar un panorama oscuro de los errores árabes, basándose en una mala performance en inversión, productividad, comercio, educación, desarrollo social e incluso cultura. El total de las exportaciones de los productos manufacturados de todo el mundo árabe es menor que la de Filipinas (que tiene menos de un tercio de su población) e Israel (con una población menor que Riyadh). Entre 1980 y 2000, Arabia Saudita, Egipto, Kuwait, los Emiratos Árabes Unidos, Siria y Jordania, todos juntos, registraron 367 patentes en Estados Unidos. En el mismo período Corea del Sur registró 16.328 e Israel, 7.652. El número de libros traducidos al árabe en todo el mundo árabe es un quinto de los que Grecia traduce al griego.