JAMES T. PATTERSON
Considerado el asunto desde el presente, podría decirse que Estados Unidos quizás habría hecho mejor en desarrollar programas socioeconómicos bien financiados que apuntasen a mejorar la suerte de los que vivían oprimidos en Medio Oriente -y en muchos otros lugares del mundo-, medidas que, a largo plazo, habrían ayudado a apaciguar la inquina contra Occidente que estaba fermentando en el mundo árabe y musulmán. Asimismo podría haber emprendido con más determinación una batalla ideológica -como hizo durante la Guerra Fría- que fomentase las ansias democráticas de quienes habitaban naciones gobernadas por regímenes autoritarios. Con la perspectiva que brinda el paso del tiempo, resulta obvio sobre todo que el presidente y también el Congreso pudieron haber hecho más por subsanar los errores de relieve de los que adolecían los servicios secretos estadounidenses. Los acontecimientos posteriores pusieron de manifiesto que Clinton, que mantenía escasas relaciones con los altos mandos militares -y con Louis Free, director del FBI-, no supo disminuir las posibilidades de que la nación fuese víctima de actos terroristas.
Todo esto no significa, sin embargo, que su gobierno merezca una censura especialmente severa por su gestión antiterrorista. La ideología de los islamitas radicales, que provenía en parte de la furia acumulada en Medio Oriente a causa de una serie de episodios de la política exterior que había puesto en práctica Estados Unidos en la región -el apoyo al Sha en la guerra del Golfo, el respaldo brindado a Israel-, estaba muy enraizada, y probablemente era difícil de vencer a corto plazo. La amenaza que suponían grupos terroristas como Al Qaeda, si bien preocupante para los funcionarios de la Administración después de 1996, no era sino uno más de los absorbentes asuntos que quedaban por resolver en lo tocante a la política internacional y militar -la defensa antimisiles, Kosovo, Bosnia, Corea del Norte, Irak, Irán, Hamas, Hezbollah y la OLP- y acaparaban buena parte del tiempo y las energías del gobierno. Investigaciones posteriores en torno a los servicios estadounidenses de información sacaron a la luz memorandos que habían advertido entre los años finales de la década de 1990 y setiembre de 2001 de la inminente amenaza que constituían Bin Laden y Al Qaeda. Uno de ellos, titulado "Bin Laden está resuelto a atacar en suelo estadounidense", fue entregado al presidente George W. Bush durante una sesión informativa de los servicios secretos celebrada el 6 de agosto de 2001. Sin embargo, estos avisos llegaron dentro del torrente de información relativa al terrorismo que llegó a manos de funcionarios que habían de evaluar datos de todo género brindados por los medios propios de la era cibernética.
Siempre resulta más fácil atribuir responsabilidades una vez ocurrido un desastre como los secuestros aéreos de ejecución extraordinaria que dejaron al mundo anonadado el 11 de setiembre de 2001, que apreciar la complejidad y la incertidumbre a que tuvieron que hacer frente los gobernantes con anterioridad al suceso. A despecho de los trágicos sucesos de las embajadas de Kenia y Tanzania y la voladura del buque de guerra Cole, lo cierto es que los estadounidenses, incluida buena parte de los medios de comunicación, no prestaron demasiada atención a las actividades terroristas a finales de los noventa. Ni las autoridades encargadas de la inmigración, ni la Administración Federal de Aviación ampliaron las medidas de seguridad. (...) Lo más probable es que la adopción de medidas preventivas por parte de Estados Unidos no hubiese contado con un respaldo popular considerable a finales de los noventa o en 2000. Antes del 11 de setiembre, ni Clinton, ni Bush, su sucesor, se atrevieron a emprender ataques serios contra los talibanes, ordenar el asesinato de Bin Laden o imponer normas de seguridad de verdad severas en el interior del país con respecto a los desplazamientos, la inmigración o las libertades civiles.
El mayor obstáculo que habían de salvar quienes habían de luchar contra la amenaza del terrorismo era (...), la falta de imaginación.u
Una mirada prestigiosa
Patterson es considerado uno de los principales analistas y escritores sobre la historia de Estados Unidos. Además de profesor emérito de historia de la Universidad de Brown, Patterson viene siendo premiado con distintos galardones desde 1966.
La cuestión. ¿Qué hizo el presidente Bill Clinton ante el recrudecimiento del terrorismo islámico en su mandato?
La respuesta / El gigante inquieto
Esta semana se cumplieron siete años de los atentados del 11 de setiembre de 2001, la principal acción de la red Al Qaeda de Osama Bin Laden. El atentado, que dejó tres mil muertos, evidenció fallas en el manejo de la Inteligencia y en la manera de combatir un enemigo que ya había atacado en suelo estadounidense. En El gigante inquieto (edita Crítica, distribuye Planeta, 1.080 pesos) el fundamental libro sobre la historia reciente estadounidense de James T. Patterson, se analiza a los inquilinos de la Casa Blanca desde Carter a Clinton y se incluye un completo repaso de las polémicas elecciones de 2000, que ganó George W. Bush.