Eloísa Capurro
En una de las paredes de la dirección del Hospital Vilardebó cuelga una fotografía. Es una vista aérea de la institución, con sus jardines perfectamente organizados. También en la laptop del director, Lizardo Valdez, hay una de esas fotografías. Un grupo de enfermeras cuidando de los pacientes en lo que parece ser un almuerzo afuera, en los patios, tranquilo. Las dos fotografías son en blanco y negro.
"Estamos mejor que antes pero mucho peor de lo que quisiera", sintetizó Valdez. La institución comenzó una serie de cambios y obras como parte de un giro en su metodología (para 2007 las últimas obras representaron sólo el 8% del presupuesto). Pero sus paredes todavía reflejan agujeros y revoques caídos. Todavía hay mugre en el piso, baldosas rotas y otras que faltan. En los techos persiste la humedad y el musgo. En los pasillos hace frío y la calefacción que llega a las salas es gracias a tuberías viejas, de hierro. Hoy el hospital no está para fotos.
"Es muy desparejo el edificio", acotó la subdirectora de la institución, Andrea Acosta. La fachada del Vilardebó, bien pintada y arreglada, poco tiene que ver con la realidad que se encuentra en algunas de sus salas internas. Incluso su policlínica, con una entrada independiente, y la fachada de lo que será el nuevo centro diurno (dedicado a tareas de rehabilitación) parecen otro hospital. "Esta es una institución con más de 125 años, con todos los vicios de una construcción antigua que no ha sido conservada. La construcción del nuevo centro diurno, pensé que iba a ser más rápida. Pero cada cosa que picás se te cae la mitad del revoque, encontrás un caño que está podrido...", explicó Valdez.
La reubicación del centro diurno, que comenzó en junio de 2007 y todavía continúa, es parte de una nueva concepción del hospital. Una vez inaugurado el lugar, el Vilardebó quedará dividido en tres: en el ala este la parte de rehabilitación, policlínica y farmacia; en el ala oeste la emergencia; y en el centro la internación. "Esto nos va a permitir una emergencia más grande que pueda hacer un mejor diagnóstico de los pacientes a la hora del ingreso, para que no ingresen todos", dijo Valdez. Es que la dirección pretende comenzar a aplicar una finalidad que había sido ignorada: ser un lugar de internación donde el paciente pase, a lo sumo, un mes.
"Esto siempre fue un hospital de agudos", resumió el jerarca. Pero algunos pacientes entraban por unos meses y se quedaban años. "Hay una discusión histórica acerca de si tienen que existir o no los hospitales psiquiátricos que muchas veces adquirió características de todo o nada. Nosotros planteamos algo más dialéctico. Hay un grupo de pacientes que siempre va a necesitar del apoyo del hospital. A esos vamos a tratar de ofrecerles las mejores condiciones posibles. Y vamos sí, a tratar de que la mayoría no entre, que pueda ser sostenido desde la sociedad", explicó.
Pero con más del 50% de la población enviada directo desde los juzgados o de la misma cárcel, la meta parece difícil de conseguir. "Las situaciones judiciales alteran el número de funcionarios que tenés que tener en relación a una sala. También tenemos situaciones sociales, donde el paciente está en condiciones de egresar pero tenés dificultades para que vaya con la familia", explicó la subdirectora.
Por eso la institución ha desarrollado medidas paralelas. Junto con el Ministerio de Desarrollo Social (Mides) instaló, hace un año, una casa asistida en la calle Chimborazo donde hoy habitan ocho hombres con esquizofrenia seleccionados por el hospital. "Viven como si fuera un familia. Nuestra idea es multiplicar este tipo de experiencias. En lugar de estar en un hospital o en las colonias, estar en esos lugares que no tengan perfil de hospital", dijo el director. Allí los pacientes son acompañados por una cooperativa social de mujeres que controla que continúen su tratamiento y vayan a las consultas. Según Estrella Domínguez, encargada del departamento de Asistencia Crítica del Mides, la residencia ya ha tenido tres pacientes que de la casa, han ido directo a sus familias.
Mientras tanto el promedio de días de internación de un paciente llega a los 55 días. "Cuando entramos estábamos en 64 días. Quisiéramos llegar a un promedio de unos 30 días exceptuando los judiciales y creo que podemos llegar antes del fin del período", estimó. Para los judiciales, el tiempo todavía se mide en años.
PSIQUIÁTRICOS. La cifra de internados en el hospital oscila entre los 300 y 310 pacientes. La mayoría sufren trastornos de esquizofrenia y otros cuadros delirantes. Pero también se ven cuadros del humor (depresión, manías, bipolares), trastornos de personalidad, problemas de consumo de sustancias y retardo mental. Para la dirección, la prioridad es el primer grupo. "Es una enfermedad crónica, que medicada adecuadamente puede andar bien sin necesidad de internación", señaló el director. Por eso comenzaron un registro de los pacientes de este tipo atendidos por la Administración de los Servicios de Salud del Estado (ASSE) que hoy llega a los 5.000 pacientes a nivel nacional. "Si la persona falta, y no viene a la consulta, es una señal de alerta", agregó.
Algunos de los internados tienen familia pero la mayoría no. "Son pacientes que quizás no llegaron a formar una familia. Sus padres envejecen, mueren y esos pacientes quedan sin contención", explicó la psiquiatra Carina Aquines, quien trabaja en la sala 11 (de máxima seguridad) del hospital. Sus condiciones sociales, además, son las más precarias. "En realidad la población que llega al hospital es de clase baja, básicamente. Su recurso es el hospital. Hay pacientes en situaciones de calle o refugios que no tienen continencia a nivel familiar", señaló Mónica Rossi, psicóloga del centro diurno.
Un conocimiento más preciso del contexto de cada paciente, todavía está en el debe. "No se sabe con la precisión que quisiéramos. Pero hemos puesto una nurse por turno en el ingreso y egreso, además de una asistente social. Para saber si vamos a necesitar aportarle desde el hospital ropa o comida extra. Para que no suceda que, después de que está 20 días, nos damos cuenta de que necesita ropa. Adelantarnos", dijo Valdez.
Al momento del alta, el entorno social del paciente vuelve a jugar un papel importante. Los que no tienen familia "continente" (es decir, que se pueda hacer cargo de su cuidado), terminan derivados a casas de salud o incluso refugios. "El problema es que, por la característica del paciente, no pueden sostener esos lugares. Algunos han estado en refugios y se van porque dicen que no se sienten bien. Otros optan por estar en la calle", agregó Rossi.
Según los médicos, conseguir los fármacos necesarios para el tratamiento no es un problema. Y la endémica falta de abastecimiento en cuanto a frazadas o ropa de cama, parece estar terminando. "Se mejora día a día en cuanto a los implementos. En este momento nos faltan uniformes, equipos para los funcionarios. Pero para los pacientes se está tratando de mejorar el equilibrio de la vestimenta. Pero en todos los años que yo tengo, la ropa siempre ha faltado", opinó Marta Larrosa, presidenta del gremio de funcionarios.
Para tratar a estos pacientes hay 600 funcionarios. De ellos 62 son psiquiatras, 16 psicólogos, 15 médicos generales y más de 200 enfermeros. La relación médico-paciente es de aproximadamente dos o tres enfermeros cada 25 internados. "Se aproxima bastante al número que pensamos. Pero hay problemas como el ausentismo, que son muy importantes. En algunas salas hay tres enfermeros con veintipico de pacientes en la mañana, pero en los turnos de la noche eso se puede achicar. No es una cifra global", aclara el director y agrega que lo que la Organización Panamericana de la Salud (OPS), recomienda es un enfermero cada ocho pacientes.
El número de pacientes por sala es algo que también se ha regulado. El máximo es de 32 camas aunque, teniendo en cuenta la capacidad locativa de cada espacio, la cifra puede disminuir a 24 o 20. "Desde que nosotros estamos nunca más hubo colchones en el piso. Eso fue gracias a un trabajo ordenado, con los médicos de guardia trabajando bien y los médicos de sala dando el alta rápidamente", dijo. Para las emergencias, el hospital implementó un anexo con 10 camas que permanecen como refuerzo.
Aunque todavía tienen reclamos, esencialmente salariales, los funcionarios parecen estar más conformes. "Con este equipo de gestión el hospital ha comenzado a mejorar, no sólo en la fachada. Yo soy una funcionaria de 30 años y te diría que es una etapa buena para el hospital en general", dijo Larrosa.
Pero para los legisladores todavía falta. "Tiene algunos aspectos que ha mejorado y otros que se mantienen más o menos igual. Mejorar la parte edilicia está bien, pero hay que tener un abordaje un poco más integral. En los cuadros bajos fue donde más estuvimos. El de las mujeres está mejor. El de los hombres es pavoroso. La pregunta es si se puede estar mejor", sostuvo el diputado Álvaro Vega, de la comisión de Salud del Parlamento, que en mayo realizó una recorrida por la institución.
POR DENTRO. Qué Pasa pudo ingresar en dos ocasiones al hospital. La primera para ver el proyecto huerta, que desde 2005 se realiza en los jardines posteriores. La segunda, para una recorrida por las diferentes salas de la institución, junto al director y a la subdirectora.
La entrada al Vilardebó da alguna pista de lo que será por dentro. La fachada central aparece bien pintada y cuidada, pero apenas uno gira la cabeza hacia la emergencia (eso es hacia la izquierda) ya se aprecian los ladrillos cubiertos de musgo, los jardines apenas recuperados y una fuente de la que ya no sale agua y en cuyo centro hay una escultura partida al medio y a punto de caerse. En cada ventana hay rejas.
La cabina de atención al público y los carteles de orientación, con la firma del laboratorio Gautier, son legados de la actual dirección. "Esto te parecerá mínimo pero conseguir los carteles, tomó meses", explicó Valdez.
Luego de pasar la vigilancia, se ingresa a un patio abierto donde están las oficinas administrativas. Hace frío y la dirección se calienta con dos estufas eléctricas, una para el despacho y otra para la secretaría.
En el patio, donde las paredes están casi todas pintadas de blanco, ya se comienzan a ver baldosas rotas. Y una iglesia en el centro, donde todavía se da misa, como se puede. "Estas cosas son una lástima. Sería necesario que alguien de la Comisión de Patrimonio arreglara estas cosas, como la fuente. Porque para nosotros eso es costoso y no es una prioridad. Hoy nos importa que los pacientes estén bien", opinó la subdirectora.
A los costados de la iglesia dos rejas separan el sector femenino del masculino. No tienen candados. "Antes se tenía la impresión de estar entrando a una cárcel. En cada lugar había cadenas con candados y vigilantes que las abrían y cerraban", relató el director.
Allí dentro están los internos. "¿No tiene algo de tabaco?" preguntó una paciente al entrar por primera vez al sector femenino. En los bancos del patio, las mujeres estaban sentadas de a una por banco, con la cabeza a gachas y la mirada perdida. Durante la recorrida con Valdez, más de una vez hubo que frenar el paso ante los pacientes que, reconociéndolo, se acercaban a pedirle una entrevista, el traslado a otro hospital, que le dieran el alta.
En el piso había colillas de cigarrillos, papeles, mugre y manchas blancas producto de las palomas que, según el director, son imposibles de erradicar. En los techos las manchas de humedad, el musgo y las cañerías herrumbradas son constantes. Valdez explicó que tuvieron que echar a la empresa de limpieza, porque apenas limpiaba. Durante la recorrida, se pudo comprobar que un equipo de la nueva empresa, recorría también el hospital tomando nota del trabajo por hacer que, sin duda, será mucho.
La mayoría de los pacientes visten ropa con las siglas "HV" o "HIV": Hospital Vilardebó (aunque las autoridades no aclararon por qué se utiliza una sigla referida al virus del sida). Y en una sala de ropería se controla cada prenda que reciben los que ni ropa propia traen. "Hace dos semanas que no cambian las sábanas", se queja una interna al vernos pasar.
En cada sala hay un puesto de enfermería y una televisión con cable. Las camas son de metal, alineadas en dos hileras enfrentadas y con sábanas blancas. El director quiere que ahora cada sala tenga sábanas de diferentes colores. "Son más difíciles de robar. Eso es algo que se da mucho, pero hemos logrado minimizarlo", explicó. Es cierto lo que dice, no hay olor a hospital.
En los pasillos del sector hombres se ven dos tipos de pacientes: los que deambulan solos y los que van en grupos. Los últimos despiertan sospechas. Es que dentro de la población judicial que es enviada al hospital, donde está la única sala psiquiátrica penitenciaria, hay muchos que son plenamente conscientes de lo que hicieron.
"Para declarar la inimputabilidad del individuo, los peritos lo evalúan bajo los efectos de una sustancia, cuando están perseguidos, con miedo, ansiosos. Pero luego ingresan, pasan más tranquilos, están medicados, mejoran. Y nos damos cuenta de que no es inimputable", relató la psiquiatra Aquines.
Mientras Qué Pasa visitaba el sector hombres, un paciente era dado de alta. Junto a su familia abandonaba con paso lento la institución. "A los pacientes les cuesta irse. Acá hay condiciones dignas de cama, abrigo, alimentación. Entonces irte a donde vivís que capaz es en una situación de pobreza extrema...", explicó Valdez. Otros que quedaban, gritaban desde las ventanas a sus compañeros, todavía abajo, en las salas de seguridad. Es que, una vez que están compensados y con autorización del juez, un paciente judicial puede pasar a la sala 10 (donde se realizan tareas de rehabilitación) y luego a una sala abierta.
Caminando por los pasillos comienzan a aparecer los vidrios rotos, más mugre en el piso y hasta cartones cubriendo algún agujero en puertas y ventanas. Pero la situación empeora a medida que uno baja, hacia los cuadros de seguridad.
LA SALA 11. Las salas de seguridad, de hombres y de mujeres, se encuentran frente a los jardines posteriores. Dividiéndolas, hay una estructura en riesgo de demolición y en los pasillos hacia la sala 11 varios cables salen de una caja herrumbrada. Están así nomás, a la vista.
Allí las camas son de hormigón, para evitar que sean utilizadas como cortes. Pero igual algunos se las ingenian. En los cajones del escritorio de su despacho, el director guarda varios cortes, de los que son confiscados regularmente por los guardias en sus requisas. Así, semanas atrás, dos pacientes lograron fugarse. Tras decir que se sentía mal, un recluso atacó con una cuchilla al guardia de seguridad, corrió por el patio y saltó el muro. Otro lo siguió. "Esto es un hospital, no es una cárcel. Y cuando el paciente te pide asistencia, hay que irlo a atender. Si la persona en ese momento consiguió tener un corte y lo usó, y bueno... Nosotros pedimos a los funcionarios que no corran riesgos", declaró el director quien mostró uno de esos cortes, pero no dejó sacar fotos. Valdez no quiere que todo el hospital sea estigmatizado por lo que sucede en las salas de seguridad.
En la sala 11, la de seguridad masculina, cuatro enfermeros vigilan detrás de una reja, cerrada con candado, el movimiento del patio. Son 37 pacientes los que hoy están allí, monitoreados a través de cámaras de seguridad. Se intentó entrar en una de las salas, pero el ambiente "estaba complicado". Allí una cámara, incluso de fotos, puede crear un alboroto difícil de resolver.
Lo que sí se pudo observar fueron los cuartos de contención, donde habitan por un cierto tiempo pacientes en crisis o aquellos recién llegados. Son tres pequeñas habitaciones, una especie de celda para dos, y en ese momento estaba llenas. "Quiero mi libertad", grita uno de los pacientes.
En la sala 16, la de seguridad para mujeres, la situación parece más tranquila. Los cuartos de contención allí son más grandes, con rejas renovadas por el Mides, y están vacíos. En las salas las pacientes descansan, piden fotos, charlan y alguna barre la habitación. Las autoridades dicen que allí nunca hay superpoblación; en la sala 11 a veces hay lista de espera para entrar.
Cada puerta, o reja, se cierra con candado. Y ahora también el comedor. Una vigilante nos informa que dos pacientes intentaban fugarse por allí. "Tenemos que entender que es como si fuera el hospital penitenciario. Pensar que no existan fugas sería muy loco, sería chocarnos con la frustración todo el tiempo", resumió Aquines.
Ese día las pacientes comerían entre las migas y los papeles del día anterior, que todavía conservaba la larga mesa de hormigón.
OTRO HOSPITAL. Entre tanto gris, dos proyectos intentan hacer del Vilardebó un lugar de rehabilitación: la huerta y el centro diurno.
El primero se realiza desde 2005 en los patios traseros del hospital. Allí donde, cuando las autoridades entraron, habían pastizales que cubrían los troncos de los árboles. "Se sacaron más de 20 camiones de basura", dijo Valdez.
En ese lugar, 30 pacientes por día tanto judiciales de la sala 10 como ambulatorios y de salas abiertas, se reúnen para cosechar frutas y verduras. Semanas atrás inauguraron un horno de barro que les permitirá hacer pan. "Los pacientes con muchas internaciones y recaídas no trabajan. Entonces intentamos fomentar ese hábito. Es algo que se logra de a poco, y no con todos", explicó la socióloga Sueli Sención.
La adherencia al trabajo es tan fuerte que algunos pacientes vuelven a la huerta, incluso luego de abandonar el hospital. "Lo importante es que rescaten sus aspectos sanos", explicó la psicóloga Claudia Seroni.
Pero la rehabilitación sigue incluso cuando el paciente ha sido dado de alta. En el centro diurno, que esta administración intenta derivar a otra parte del hospital (mejor pintada y más adaptada a sus necesidades), hay talleres de música, cerámica, teatro y hasta una radio.
Hoy atiende a 50 pacientes, algunos desde hace años. "La idea es que estén acá de seis meses a un año. Pero a veces tenemos que extender los plazos. Cuando son pacientes con tanta carencia a nivel familiar, nos cuesta mucho planificar un egreso. El centro diurno es su vida", dijo la psicóloga Mónica Rossi.
Desde las 9 hasta las 15, el centro está abierto para los internos que, además de asistir a los talleres, son controlados por un equipo de psicólogos y psiquiatras. Los resultados allí obtenidos, se suman al tratamiento farmacológico que llevan adelante en la policlínica del hospital. "Al incorporar tareas de rehabilitación se genera un tratamiento integral y no sólo desde el punto de vista farmacológico. Les das las herramientas para que ellos se puedan manejar y sostener más. Para que no se descompensen y vuelvan a ser internados", opinó Rossi.
Pasos que se vuelven fundamentales en un hospital que, lentamente, intenta sacarse el estigma de ser un eterno depósito de pacientes.u
El plan de salud del gobierno
"La salud mental en Uruguay tiene un debe tremendo. Salud Pública se construyó en base a lo que había, no con un plan. Ahora el arreglo de esto viene por la vía de diseñar un plan", dijo el diputado Álvaro Vega, de la comisión de Salud de Diputados. Hace cuatro meses, la Administración de los Servicios de Salud del Estado (ASSE) creó la División de Salud Mental y Geriatría, la cual preside Lizardo Valdez, el director del Hospital Vilardebó. Antes sólo funcionaba el programa de salud mental del Ministerio de Salud Pública. "El plan nacional de salud mental se escribe en 1985, enfocado en la participación de las familias, trabajo interdisciplinario, hacer énfasis en la salud además del cuidado de la enfermedad. Su instrumentación fue lo que tuvo dificultades", dijo.
Pacientes
Electroshock
Los médicos psiquiatras utilizan dos métodos para el tratamiento con los pacientes psiquiátricos: farmacológico y la electroconvulso terapia o electroshock. "Se utiliza para cuadros psicóticos agudos o descompensaciones agudas de cuadros crónicos. Tienen menos efectos secundarios que los fármacos y, a diferencia de la creencia popular, el paciente sale más rápido", explicó la psiquiatra Carina Aquines, del hospital. Tanto en salas abiertas como en salas de seguridad, son 10 sesiones que se realizan, una por día y con días de descanso en el medio, bajo el consentimiento de la familia.
Otra evaluación
Los pedidos de nuevas pericias por parte del Instituto Técnico Forense, son usuales en el hospital Vilardebó. "Hay situaciones donde se finge", admitió el director de la institución, Lizardo Valdez. "Algunos pasan a estar acá casi de por vida. Y si ese tipo en lugar de ser un paciente psiquiátrico, es un tipo con un perfil de trastorno de personalidad, es decir de personalidad carcelaria, va a estar permanentemente haciendo líos en la sala. Eso es lo que nos pasa", agregó. Hoy la institución se encuentra elaborando un procedimiento que permita agilizar las repericias.
De puertas para adentro
Al caminar por los pasillos del hospital Vilardebó no se observan episodios de violencia. Pero existen. Los funcionarios lo saben, los médicos también. "Tenés que luchar contra eso, ser muy ágil y estar muy atenta", dijo Marta Larrosa, presidenta del gremio de los funcionarios.
También el consumo de sustancias, como pasta base o cemento, es algo habitual. "Para nuestra población el tema de consumo es sobreañadido a la patología de base", explicó la psicóloga Mónica Rossi.
El consumo también se ve en los pacientes judiciales. "Muchos jueces los mandan para desintoxicar", dijo la psiquiatra Carina Aquines, quien trabaja en la sala 11 del hospital. El tema es que no existe en este hospital un programa para la rehabilitación del paciente. La desintoxicación se puede hacer en cualquier lugar. Es mantenerlo contenido, lejos del consumo y medicado para sostener esa abstinencia. Pero después de 15 días, el paciente ya no está intoxicado", agregó.
Cuando las fiestas son un problema
Según la psiquiatra Carina Aquines, quien trabaja en la sala 11 del hospital Vilardebó (sala de seguridad), las fiestas son el momento más complicado del año para trabajar. "La familia pesa mucho, la soledad. El hospital trata de hacer cosas especiales en la comida o las horas de tele, pero son momentos en que hay más trastornos de conducta, están más agresivos y hay mayor demanda", explicó. Es entonces cuando la necesidad por recuperar la libertad se siente más. "El paciente nos solicita saber de su causa judicial y hay que hacer una rehabilitación continua, porque nosotros no conocemos la marcha de su causa. Respondemos que no sabemos y eso genera mucha ansiedad, mucha frustración. Pero es verdad, no sabemos", dijo. Es que las penas tienden a alargarse en el hospital. "Muchas veces por un hurto o un delito menor están más tiempo en nuestra sala que en la cárcel. Eso el paciente lo sabe", explicó.