Es que el back derecho uruguayo ponía, como siempre, en sus intervenciones, esa firme franqueza de todas sus actitudes: la firme franqueza de su melancolía o de su risa, de su error o de su acierto, la misma sinceridad con que nos cuenta episodios de la concentración en los que nunca se menciona, no por falsa modestia sino por ceñirse a su verdad. Él fue a jugar al fútbol y a poner todo su empeño en ganar cada uno de los partidos que hubo que disputar; en eso concentró su atención y sus energías, y por eso las anécdotas de su viaje son únicamente anécdotas de juego. Como internacional, concurrió al Campeonato del Mundo a defender prestigios: el de su país, y el suyo propio. Hizo respetar siempre los colores que vestía; en la cancha las cosas tenían que ser puestas en su lugar, y ante el tesón y la calidad de sus intervenciones cayeron afianzando esos prestigios las esperanzas de españoles y brasileños para alimentar y finalmente realizar las nuestras. u
(Extracto de un artículo sobre Matías González publicado por El País a una semana de la conquista del campeonato mundial en Maracaná en julio de 1950).