Fernán R. Cisnero
El taller, cuentan, era un lugar mágico donde su figura se paseaba con ojo censor y olfato atento a quien osara traicionar algunos de los principios de su arte. Sentía que tenía que cuidarlo: era el fruto de toda una vida que, como respondiendo a un llamado superior, dedicó a encontrar una manera de narrar el mundo, surgida desde su propia conciencia latinoamericana. Esa cosmogonía estampada en colores básicos y que atendía por el nombre de constructivismo, le dio a Joaquín Torres García un lugar de hombre universal. Cuando el genio sintetiza su misión en una obra, es difícil que el mundo no se percate. Así le otorgó a Uruguay una identidad pictórica. Torres García, el maestro, nos legó el orgullo de tener una forma de vernos a nosotros mismos.