La casa del horror

| Entre decenas de denuncias de abusos que se hacen públicas, el caso de Artigas, donde un padre violó a su hija de 15 meses y provocó su muerte, aparece como uno de los más crueles y estremecedores de los últimos años.

Adela Dubra, EN ARTIGAS

En el barrio Atahualpa de Montevideo una niña de 13 años, después de ver en televisión el caso de Pamela Silva, juntó valor para contarle a sus padres que hacía tres años que el abuelo la violaba; hicieron la denuncia y el sexagenario fue procesado. En Nuevo París, Valentina Ibáñez, de 19 años, mandó a su padre preso porque la violaba desde los 12. Había tenido tres hijos con ella. En San José, una mujer denunció que su hija de 13 era abusada por su ex pareja y, en el mismo departamento, en la misma semana, una mujer que tenía a su cargo a una niña de 4 años denunció que a la pequeña la abusaba el padre.

En los últimos 20 días los casos de abuso sexual a menores salieron de las comisarías y recintos reservados para acaparar informativos de televisión y titulares de los diarios. El hecho que se hagan públicos -porque siempre existieron- actúa como detonador para que niños y niñas violentadas se animen a contar sus experiencias. Además, médicos, maestras y profesionales de áreas sociales están más alerta y receptivos. Y también los padres.

El efecto dominó sigue: en Tacuarembó, una niña de 10 años, en Artigas, uno de 11, en Rocha, una niña de 5, en Paysandú, una adolescente de 16. Padrastros, abuelos, vecinos, amigos de la familia -en el 85% de los casos el abusador está en el círculo íntimo de la víctima- son denunciados y se suceden los detalles escalofriantes y así aparece, en un examen de orina de una niña de 5 años, rastros de semen.

Pero pocos tan crueles, y que conmovieran a la sociedad, como el que sucedió en Artigas, donde un padre violó dos veces a su hija de 15 meses, que terminó muerta.

Aquellos que tuvieron a la niña en sus manos cuando todavía respiraba, las que intentaron reanimarla durante una hora, las que vieron las lesiones en su cuerpo aún están impresionados. "Son de las situaciones en que uno tiene que controlarse: todos los que trabajamos en el caso sentimos mucha impotencia y rabia", dice el forense Enrique Gómez y refleja el sentir de los profesionales involucrados en el caso. "Me lo quería masticar al tipo", dijo otro. Muchos artiguenses están indignados y también culpan a la madre y a la abuela de Belén Espinosa, que no salen de su casa desde que fueron agredidas.

El padre, Alexander José Espinosa Domínguez, de 37 años, está preso en Lavalleja. Pese a algunos pedidos de que no se tengan cuidados con él y se lo deje librado a la ira de los demás presos, pese a las voces que salen a hablar, una vez más, de castración, las autoridades no quieren que se repita lo que ocurrió con un hombre que consentía la violación de su hija y fue asesinado a golpes en la cárcel de Tacuarembó el mismo día que ingresó.

"No es de acá", dicen. Espinosa hacía tres años que había llegado a Artigas. Y sólo así se entiende que, pese a que el hombre tenía antecedentes y denuncias por acoso sexual, vivía como un vecino más, pegado a un placita con hamacas y toboganes. Ese desconocimiento de su pasado, esa posibilidad que tuvo de empezar otra vez, podría explicar por qué se fijó en él Judith, una maestra rural de 29 años. La familia de ella sí es de Artigas: es hija única de Blanca, una mujer viuda hace varios años. Las compañeras de estudios de Judith la recuerdan como una chica retraída y tranquila, buena estudiante. Como en su ciudad no le fue fácil conseguir trabajo se fue a Montevideo, donde trabajó como maestra en dos escuelas, en Malvín Norte y en el Cerrito de la Victoria. En Montevideo conoció a Espinosa. Se juntaron, se fueron para Artigas y ella quedó embarazada.

"Él era un hombre que uno nunca hubiese dicho. Si para el cumpleaños del año de la nena fuimos todos a la casa, varias familias de la cuadra", dice Zenen, una vecina que tuvo relación con ellos. "La Judith era medio pachorra, no mala muchacha, pero un poco como desinteresada de todo, quizá en parte por su gordura. Él era de ofrecerse para hacer los mandados, dispuesto, después del cumpleaños de Belén nos trajo torta". Por más que no tenía un trabajo fijo, daba la impresión, según los vecinos, de querer salir adelante y decía haber dejado el alcohol. Puso un mediotanque y vendía chorizos al pan en la puerta de la casa; después, con la moto, consiguió trabajo repartiendo fiambres y vino y milanesas que él mismo hacía.

Como Judith llegaba cerca de las ocho de la noche, la iba a esperar con la nena a la parada del ómnibus. "Estoy totalmente desnorteado, no tengo nada para decir. Uno nunca hubiese dicho. Vendía bien, venía acá, de cara lavada y jamás tuvo una palabra fuera de lugar con mi mujer ni con nadie. Un gordo sencillo y sin vueltas", dice Julio Villalba, su patrón en el reparto.

Han corrido muchos rumores estos días en Artigas. Que se escuchaban gritos en la casa últimamente, que tiempo atrás en lo de ellos había mucho alcohol y droga. Sobre eso, un vecino que ronda los 40 apunta que "el gordo tomaba y se fumaba un `cuete`, como todo el mundo. Pero era un loco tranquilo. Lo veías en la moto, laburando. Y después veíamos pasar a la abuela con el cochecito todos los días, que venía a buscar a la nena y la llevaba". Lo que sí recuerda Zenen es que "lo único raro, que mi marido decía: `Qué miedo le tiene a la Policía este muchacho`, eso sí es verdad, porque si por alguna razón aparecía la Policía él venía corriendo a preguntar en qué andaban".

De algún modo, las cosas parecían ir mejor que en otros tiempos. Judith, la madre, por fin había conseguido quedar fija como maestra en la escuela de Tomás Gomensoro, a más de 100 kilómetros de la ciudad. Él estaba trabajando en el reparto. Habían juntado unos pesos y comprado una cama más grande para la niña.

La casa donde Belén Espinosa fue violada por su padre el jueves 15 y viernes 16 ahora está vacía y la gente intenta pasar lejos de ella.

El lunes 19, la abuela, Blanca, estaba en su casa como todos los días, cuidando a su nieta. A Belén le encantaba lo que ella le cocinaba y había almorzado bien. Juntó hojas de un árbol, jugó con el gato, daba unos saltitos cuando de pronto cayó sentada sobre el piso. La abuela vio que se puso pálida, transpiraba; le metió los dedos en la boca para auxiliarla. Paró un auto y la llevó hasta Gremeda, una de las mutualistas de la ciudad.

Allí ingresó cerca de las cuatro y media de la tarde, todavía con vida. Los médicos y enfermeras no entendían qué le estaba pasando a esa niña: estaba en estado de shock, en hipotermia, con bradicardia y la abuela que hablaba del golpe y del gatito. Le preguntaron si había tomado algún remedio, si había veneno en la casa que ella pudiera haber ingerido accidentalmente, buscando alguna pista. Cuando la dan vuelta para aplicarle una vía, todavía sin entender porqué esa niña se estaba muriendo, ven una dilatación anal de entre tres centímetros y medio a cuatro y las nalgas con un enorme hematoma.

El padre llegó a los gritos preguntando qué pasaba. Al forense le llamó la atención que cuando le comunicó en el hospital que su hija había muerto no le preocupó tanto como cuando le dijeron que había sido violada: "¡No puede ser, no puede ser! Si ella está con la abuela, no puede ser", gritaba.

Esa noche se hizo la autopsia. Aunque todavía esperan el resultado sobre una posible intoxicación (la niña estaba sobremedicada), el forense Enrique Gómez está seguro de la causa de la muerte: "La caída sentada lo que hace es agregarle una dilatación más en la zona anal, que tenía la lesión. Eso desembocó en un paro cardíaco reflejo a punto de partida de una cardioinhibición vasovagal por la penetración, que es causa directa de la muerte".

Las niñas violadas mueren en el momento por un paro cardíaco o fallecen horas o días después por un sangrado interno o externo, producto de la rotura de los órganos. Este caso no fue así, porque, según la confesión de Espinosa, fue una violación progresiva; al principio utilizó su dedo y crema. La primera vez que la violó fue en el mismo cuarto donde estaba su concubina, que dormía en la cama contigua.

Pese al desconcierto del primer momento y a que estuvieron declarando durante horas, la madre y la hija estuvieron en el velorio y el entierro de la niña. Dicen que la madre, en el velorio, todavía no entendía: "El Alex no puede haber hecho eso". El comisario Sergio Bastos permitió que el padre se despidiera del cuerpo de la niña en la morgue antes de que saliera rumbo al velorio y, una vez que había sido enterrada, lo llevaron al cementerio.

A la salida del juzgado se reunieron unas 200 personas y hubo clima de linchamiento. Espinosa Domínguez fue procesado con prisión imputado de dos delitos de violación y un delito de homicidio especialmente agravado a título de dolo eventual y en régimen de reiteración real. En principio, es imputable.

En la calle también agredieron a la madre y a la abuela. "Ella tiene que haber sabido", "¿qué madre no se da cuenta de una cosa así?" es lo que dicen los taximetristas, la mujer que atiende en la panadería. Los oyentes del programa Sin límite que conduce el periodista Javier Bertalot en La Voz de Artigas fueron muy duros con ambas: "Ellas son cómplices", "esa madre tendría que irse de Artigas porque es horrible tener que mirarla a la cara", "¿dónde está lo que ella aprendió para ser maestra?", dijeron los escuchas, la mayoría mujeres.

Los expertos en el tema aseguran que el mecanismo de negación de parte de la madre es una constante en estos casos (ver recuadro). "A todos nos despertó sospechas que la madre no hubiera detectado nada. Pero hay explicaciones, la muchacha trabajaba todo el día, llegaba a las 8 de la noche, después de 13 horas fuera de la casa", dice el forense.

Por más que madre e hija no quieren hablar con nadie, Qué Pasa logró un breve intercambio en la casa donde ahora ambas viven juntas. Allí están las cosas de la bebé, su cochecito, el bolso con la muda, un par de zapatitos rosados. No tienen muchas fotos de Belén, porque cuando el festejo del año, la máquina falló. "No queremos hablar. Nos sacaron lo que más queríamos, nuestro mayor tesoro", dice la abuela. Quieren que se haga justicia. Y recuerdan a Belén: que era simpática con los vecinos, que le encantaba jugar con el gato y los perros y con agua, que tenía rulitos en la nuca. En un rincón está la varita con la que le gustaba perseguir al gato y están las tapas de las ollas, que le divertían. Era una niña buena y no daba trabajo, aseguran todos.

La abuela Blanca habla; Judith, la madre, llora en silencio. La abuela repite que la niña tenía adoración con ella, que le gustaba comer el tuco que ella le hacía. La madre calla.

En un momento en que la hija no está la abuela dice: "Yo nunca lo quise" y el único comentario referido a la violación y a modo de explicación dice: "Creíamos que estaba con una alergia". Viven ellas dos solas y en la casa contigua, la bisabuela de la niña. Tres mujeres solas. El hombre murió hace más de 10 años. La madre y la abuela están en libertad sin perjuicio; están a disposición de la Justicia.

En Artigas se las considera gente de trabajo, quizá algo ingenuas, desconfiadas de Montevideo ("para qué habrá ido ella allá, allá lo conoció", dice la abuela) y se puede llegar a adivinar por qué confiaron en este hombre, que, pese a que algunos lo definan como "el gordo buen tipo" tiene un historial oscuro.

Según dijo en el interrogatorio, Espinosa fue violado a los cinco años y según su relato, cuando se lo contó a su padre este lo golpeó y lo trató de "maricón". Siempre según su versión, jugó al fútbol profesional en Argentina, tuvo una pareja que lo habría introducido en el mundo de la cocaína y años después, en una pensión en Montevideo, se conoció con Judith.

Espinosa había sido procesado sin prisión. En julio de 2005, su madre, argentina, entonces de 54 años, lo denunció en la comisaría de Las Piedras. Ella y su esposo compartían la casa con su hijo, que según dijo, era alcohólico y consumidor de droga. Al regresar ella de un viaje a Argentina, su hijo no la dejó entrar a la casa. El juez ordenó que se fuera de la casa, ubicada en el asentamiento Corfrisa, el más conflictivo de Las Piedras. Vivía con ellos una nieta de 15 años, hija de Alexander, que según su abuela también se drogaba y ella notó actitudes sospechosas, como que dormían en un mismo colchón; por eso habría sido denunciado por su ex esposa ante la Comisaría de la Mujer, porque él, en estado de ebriedad le había dicho que tenían relaciones.

Al parecer, la historia de Espinosa con el alcohol era larga. Qué Pasa confirmó que asistió a dos reuniones de Alcohólicos Anónimos en Artigas y allí contó que en Argentina había asistido a Narcóticos Anónimos. No siguió yendo. A varias personas él les había hablado de su época de jugador de fútbol, que habría dejado por la droga. Lo que "el gordo" contaba y la gente creía, cuando hablaba de su hija con ternura, cuando contaba sus planes, cuando aparecía con el pedazo de torta de cumpleaños, todo se hizo pedazos.

Y reveló el rostro más perverso de Uruguay. Ese en el que se denuncian 159 abusos a menores al año. En el que los niños son abusados por sus personas más cercanas, por aquellos a los que se les confía su crecimiento y su educación, por los que duermen en la habitación contigua y en su monstruosidad terminan con la inocencia de toda una sociedad. u

preocupado

n "No se lo escuchó decir: `qué horrible, mi hija está muerta`", dijo a Qué Pasa,

Sergio Pereira, jefe del INAU en Artigas y que estuvo en uno de los interrogatorios a Espinosa. "Más bien estaba preocupado por si iba a ser condenado por esto", recordó Pereira.

Saber dónde estamos parados

En Uruguay prácticamente no se ha hablado del tema, pero varios países cuentan con un registro de abusadores sexuales: Gran Bretaña y Francia los utilizan y España lo está discutiendo. Uno de los países que está puntero en el tema es Estados Unidos, donde es de uso corriente revisar el registro de abusadores. En estas bases de datos aparecen fotos de los abusadores, su dirección exacta y su nombre. El sitio www.sexualoffenders.com recoge la información que el Estado hace pública y la organiza para que sea de fácil acceso al usuario. Para saber cómo es la situación en determinado barrio de la ciudad, solo hay que ingresar el código postal y una dirección de mail. Por otra parte, el Estado tiene sus propios sitios.

Bajo el título La vida de cada niño es preciosa. Por favor proteja y mantenga a nuestros niños a salvo el sitio www.prevent-abuse-now.com/register.htm brinda información.

"Hay que abrir el debate en Uruguay sobre la posibilidad de tener un registro. Es otra cultura, pero debemos tener la capacidad de ver todas las puntas de este fenómeno. Tenemos que empezar a saber para poder apoyar", dice por su parte Robert Parrado, psicólogo y director de Renacer, la única ONG dedicada a rehabilitar victimarios.

"Que la sociedad conozca dónde vive un abusador con trabajo y tiempo lleva a la tolerancia. La meta es que no vuelvan a cometer el delito y así se avanza hacia la rehabilitación. Tiene que empezar a discutirse".

Comentario. "Esa madre tendría que irse de Artigas porque es horrible tener que mirarla a la cara".

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