Fernán R. Cisnero
Le adjudicó un país a su cuerpo alto y a su rostro algo aburrido. "Je suis la France", decía Charles De Gaulle, el atildado y egocéntrico líder francés que mantuvo el rumbo de Francia en los tiempos adversos de la guerra con sus envalentonados discursos desde Londres. Al volver a casa, se retiró a terrenos un tanto más calmos que los de una política francesa que debía lidiar con los fantasmas de Vichy. En 1958 la nación volvió a convocarlo (al grito de "Vive De Gaulle") para salir del pantano de la guerra de Argelia. Lo logró dándole la independencia con la convicción de los que nacieron para liderar. De Gaulle era así: todo parecía hacerlo con dignidad y aplomo. Diez años después soportó el empellón del "Mayo francés" que lo vio como un abuelo anticuado y de mano dura, un dique que frenaba la llegada de la imaginación al poder. Tenían un poco de razón porque a esa altura De Gaulle, a los 78 años, tenía esa distancia que le da al temperamento saberse el último de una generación que conoció la gloria.