Zonas rojas

La droga desdibuja las fronteras latinoamericanas y regiones y barrios son controlados por el narcotráfico en todo el continente

La base de coca se produce en Bolivia, Colombia y Perú. La marihuana sale de Paraguay y Bolivia. Otros países, como Venezuela y Ecuador, colaboran en la producción. Brindan apoyo logístico con lugares de aterrizaje para que las avionetas carguen combustible o prestan sus carreteras secundarias como rutas alternativas para el traslado de la materia prima hacia los lugares clandestinos de procesamiento. Y la mayoría de los países funcionan como lugar de tránsito, una escala necesaria antes de enviar la droga procesada a Europa o Estados Unidos.

La ruta del narcotráfico deja en evidencia que el territorio latinoamericano es un colador en el que escasean los controles y la droga entra y sale burlando todas las fronteras.

la sangría Colombia. El último estudio de la Oficina contra el Delito y las Drogas de Naciones Unidas sobre zonas cultivadas en el 2006 muestra que el área destinada a la hoja de coca alcanza las 78.260 hectáreas, lo que significa una disminución del 9% en comparación con el 2005. Y es una cifra muy inferior a las 163 mil hectáreas detectadas en 2000, cuando se registró el pico histórico más alto. Pero los cultivos ilícitos siguen presentes en 23 de los 32 departamentos de Colombia.

En departamentos como Magdalena, Meta, Guaviare, Nariño y Antioquia, las nuevas bandas de narcos, que surgieron tras la desaparición de los grandes cárteles, delinquen en alianza con la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarios de Colombia (FARC). La guerrilla financia gran parte del conflicto con los dividendos del narcotráfico, aunque ya no a la escala que lo hacía hace dos años y que le significó que los Estados Unidos las incluyera en la lista de los grandes carteles de la mafia desde el 2001.

La guerra por el control de las rutas, los cultivos y los laboratorios de cocaína ha desencadenado una ola de homicidios. En Medellín (Antioquia), durante el primer trimestre de este año hubo 169 asesinatos, un 12% más que en el mismo período de 2007. Medicina Legal registró 60 cadáveres no identificados por causas violentas hasta principios de abril y 45 desaparecidos de los que no se tenía noticia.

Cada zona muestra una realidad diferente. Al departamento de Nariño, ubicado en el extremo sur del país, no lo han dejado respirar el conflicto armado y el negocio de la coca.

Por los esteros del Pacífico se mueven negocios clandestinos como el ingreso de combustible y otros insumos que son usados para la elaboración de cocaína. Y luego para su salida desde Colombia hacia Ecuador.

Los llamados grupos emergentes, conformados por centenares de paramilitares, mantienen su presencia en las vecindades del río Patía y en la costa Pacífica. Allí se disputan con la guerrilla las áreas donde persisten los cultivos de coca.

En Samaniego se estima que unas 800 familias viven amenazadas y en riesgo de muerte por los campos minados por grupos armados.

El secretario de gobierno de Nariño, Guillermo García Realpe señala que hay unas 16.000 hectáreas de coca y amapola. La declaración contrasta con autoridades del Ejército y de la Policía que consideran que la frontera coquera se ha reducido y que la amapola ha pasado de 3.000 hectáreas a unas 350.

El obispo de Tumaco, Gustavo Girán, dijo que la fumigación indiscriminada de cultivos está causando hambre y enfermedades en zonas donde los cultivos legales están entre los cocales. "La fumigación y la erradicación manual han fracasado, porque el cultivo vuelve y se traslada. La gente de municipios como Barbacoas y Roberto Payán quiere pasar a cultivos lícitos, pero no tiene vías", afirma García.

El crecimiento peruano. En Perú, los pobladores de Leticia aún recuerdan con amarga nostalgia los tiempos de "bonanza" (fines de los 80 y principios de los 90) cuando el tristemente célebre Pablo Escobar dominaba la región.

Hoy, las FARC colombianas parecen haber reemplazado al mal llamado "Patrón". De acuerdo a la policía peruana, la cuenca del Putumayo tiene hoy, a diferencia de los 90, unas 3.000 hectáreas sembradas con hoja de coca. Esto quiere decir que actualmente se produce droga en el lugar. La cocaína que se elabora en esta zona va a parar a Colombia y Brasil.

La ley del narcotráfico impera a lo largo del Putumayo y en especial en la Triple Frontera, formada por Santa Rosa (Perú), Leticia (Colombia) y Tabatinga (Brasil), con vendettas, asesinatos, tiroteos y hasta algunas masacres.

Los primeros días de mayo del 2007, un grupo de comandos fue recibido por una lluvia de plomo al aproximarse a unas pozas de maceración construidas en las cercanías del caserío Mantaro (Huánuco), ubicado en el extenso Valle del Huallaga. Tras repeler el ataque descubrieron lo que esperaban: tres laboratorios rústicos de pasta básica de cocaína. Pero en medio del bosque hallaron una señal inesperada. En el tronco de un árbol, a manera de advertencia, se había tallado una hoz y un martillo junto a las inconfundibles siglas: PCP (Partido Comunista del Perú, el nombre oficial de Sendero Luminoso).

Sin proponérselo, la Policía dio con la prueba definitiva que vincula a las esmirriadas huestes subversivas (unos 150 hombres) con el tráfico de drogas. Hoy serían un cártel más que controla una zona del Huallaga, gracias a su poder de fuego y experiencia de combate para evitar que sus cultivos y laboratorios sean destruidos.

Los lugares que tanto narcos como senderistas han convertido en refugios para sus turbios negocios serían: Aucayacu, Anda, Río Frío, Cerro Azul, Pavayacu, Primavera, Huamuco (en el Alto Huallaga), Pólvora y Pizana (Bajo Huallaga).

El río Monzón es uno de los afluentes del Huallaga. El valle que forma este caudaloso torrente está en plena ceja de selva, por encima de los mil metros de altura. Esta condición geográfica le da a la hoja de coca que allí se siembra una calidad insuperable. El potente alcaloide que concentra la hoja le permite un rendimiento extremo. Eso y el hecho de que desde 1984 no haya control policial en la zona han convertido al Monzón en monoproductor de coca. Hoy cuenta con unas 12.000 hectáreas sembradas del cultivo ilícito.

El tránsito sin aduana. En Venezuela, los cálculos del Departamento de Estado estadounidense indican que anualmente transitan por ese país entre 200 y 300 toneladas métricas de drogas.

Los medios de transporte preferidos por los grandes grupos de traficantes son los aéreos, debido a la escasa vigilancia de los cielos venezolanos, especialmente en las regiones sur y oriental del país. Pequeñas avionetas hacen vuelos casi rasantes por la llamada "ruta amazónica", que conecta a los Llanos Orientales colombianos con los estados Bolívar, Monagas y Delta Amacuro, siguiendo el curso del río Orinoco.

Las aeronaves aterrizan para cargar combustible en pistas clandestinas ubicada en fincas adquiridas por supuestos paramilitares del grupo Aguilas Negras, ex miembros de las Autodefensas Unidas de Colombia. Luego lanzan los alijos de drogas en la costa caribeña.

En la franja fronteriza de los estados Apure, Táchira, Bolívar y Zulia existen enclaves donde operan grupos ligados a las FARC. Allí no sólo aterrizan los aviones sino que también son ocultadas víctimas de secuestro, como la mamá del grandeliga Ugueth Urbina, Maura Villarreal.

La ex presidenta de la extinta Comisión Nacional contra el Uso Ilícito de Drogas, Mildred Camero, señaló que de estos grupos las FARC ha logrado el control más sólido sobre áreas de la frontera, debido a su afinidad con el gobierno de Hugo Chávez.

Y el ex jefe antidrogas de la Guardia Nacional, coronel retirado Jairo Coronel, explicó que con la atomización de los carteles de Medellín y Cali, las organizaciones venezolanas comenzaron a operar con sus contrapartes colombianas mediante esquemas de alianzas provisionales, basadas en su capacidad logística y en sus relaciones con funcionarios corruptos.

A diferencia de Venezuela, en Ecuador el narcotráfico utiliza una estrategia de carrusel. La espiral se inicia en la zona norte de Sucumbíos, fronteriza con Colombia, donde poblaciones como Puerto Nuevo y Puerto El Carmen son el punto de acopio de la base de coca.

Cada sábado, como si se tratara de una feria, llegan allí cargamentos del alcaloide. Los militares ecuatorianos, junto con la Policía, sostienen que en esa primera parte del tráfico están comprometidas las FARC colombianas, especialmente el denominado Bloque Sur, que controla el departamento del Putumayo colombiano. Los insurgentes son los encargados del acopio de la base y de organizar su traslado hasta Esmeraldas, provincia costera ecuatoriana.

La droga viaja por carreteras de segundo orden de Ecuador, desde la Amazonia, para luego regresar a Colombia, a través del departamento de Nariño. Al otro lado de la frontera se encuentran los laboratorios más grandes para el procesamiento de clorhidrato de cocaína, con una producción de 600 toneladas al año.

El estupefaciente refinado retorna vía fluvial o terrestre a Ecuador para ser enviado al exterior. Dentro de esa cadena, Ecuador es un punto estratégico para el acopio en Santo Domingo, Quito, Guayaquil. La droga se envía a los mercados internacionales desde los puertos marítimos de las provincias de El Oro, Guayas y Manabí o por los aeropuertos de Quito y Guayaquil.

En Brasil, las favelas son el símbolo más evidente del poder de los narcos. Las amenazas surgen mientras el coche de la Policía se aproxima a uno de los accesos del Complejo del Alemán. En lo alto del conglomerado de 12 favelas -enclavadas en el macizo que se extiende por los barrios de Ramos, Inhaúma, Bonsucesso, Olaria y Penha, en el suburbio de Rio-, traficantes invaden la frecuencia de radio de los policías. En una demostración de poder, intentan intimidar a los agentes, llamándoles "gusanos" y diciendo que los matarán si suben la colina.

El dominio territorial ejercido por los traficantes en la región es sostenido por armas de guerra. Metralletas antiaéreas y fusiles, como el AK-47 (ruso) y el Aire-15 (estadounidense) son cargados por jóvenes en las calles de la comunidad.

El ex secretario nacional Antidrogas, Walter Fanganiello Maierovith señala que los narcos brasileños controlan puntos de distribución, pero dependen de otros grupos que dominan el cultivo de las drogas en países como Paraguay (de donde sale un 80% de la marihuana que aprovisiona la región sudeste), Colombia y Bolivia (productores del 90% de la cocaína y de la pasta base), y las rutas de transporte controladas por una cuadrilla paulista.

En el caso de Chile, el principal enemigo es su propia geografía. Sus vecinos del norte, Bolivia y Perú, son dos de los tres líderes mundiales en la producción de cocaína. En los 215 kilómetros de frontera con Perú y los 914 kilómetros con Bolivia, hay 106 pasos no habilitados, según la policía chilena. Son lugares por donde se puede cruzar de país en país evitando los controles fronterizos que previenen la entrada de droga.

"La droga está entrando muy fácilmente. En Colchane, por ejemplo, los burreros pasan a 200 ó 300 metros del paso habilitado, sin que nadie pueda hacer nada", dice el senador Jaime Orpis, creador de la Corporación "La Esperanza", que se dedica a la rehabilitación de drogadictos.

A la Fiscalía le preocupa más el tránsito de las sustancias que el consumo. "Países como Perú, Bolivia y Colombia envían droga a Europa desde Chile. Y como no somos un país productor, las cargas que llevan los barcos no son objeto de sospecha. Pero cuando se encuentran las cargas en el extranjero afecta muy negativamente la imagen del país", dice Guerra.

En Argentina, la captación del poder territorial por parte de bandas de narcotraficantes no se verifica en grandes ciudades sino en algunos barrios marginales de Buenos Aires, y en el gran Rosario y el gran Córdoba, en el interior del país.

Por la violencia que exhibió en su lucha por el control de la villa 1-11-14 en el barrio del Bajo Flores, Buenos Aires, con 15 muertos producto de la lucha entre facciones, los peruanos de la banda de Marco Estrada González despertaron el interés de las autoridades.

Un gigantesco operativo realizado en el barrio de emergencia, donde las calles se convierten en pasillos, las puertas disimulan pasadizos secretos y un grupo de guardias advierte mediante silbidos y un sistema de timbres la presencia de extraños, permitió detener a media docena de acusados, pero en su mayoría eran los eslabones más delgados de la cadena de distribución. Eran "soldados", dealers de esquina y ninguno de los responsables de la banda.

La organización de Marco, según sumarios en trámite, pugna por extender su territorio a otros barrios empobrecidos de la ciudad, lo que generó peleas entre bandas, tiroteos y homicidios. En esas barriadas, habitadas por gente humilde, ya es costumbre convivir con el narcotráfico, que se cuela en sus familias y acaba con la vida de sus hijos. Allí se comercializa el paco, como se conoce en Argentina a los residuos de la pasta base de cocaína.

Donde hay paco, hay cocinas (laboratorios clandestinos) para refinar la pasta base. Un fenómeno nuevo en la Argentina, país de paso de la droga, donde la cocaína llega refinada desde las fronteras del norte, ingresa a Buenos Aires y es reenviada a Europa, principalmente por barco, o a los Estados Unidos, adherida al cuerpo o ingerida en cápsulas por las "mulas" que las transportan por avión de línea.u

Participaron en la elaboración de este reportaje: Hernán Cappiello, La Nación de Argentina; Sérgio Ramalho, O Globo de Brasil; Matías Bakit y Andrea Sierra de El Mercurio de Chile; Redacción de Justicia, El Tiempo de Colombia; Otto Vargas M., La Nación de Costa Rica; Redacción Judicial, El Comercio de Ecuador; Silvia Otero, El Universal de México; Pablo O`Brien, Unidad de Investigación de El Comercio de Perú; José A. Sánchez Fournier, El Nuevo Día de Puerto Rico; Fabián Muro, El País de Uruguay y Javier Ignacio Mayorca, El Nacional de Venezuela

Los números detrás del negocio

Los cálculos del Banco de la República de Colombia registran que por lo menos 1.300 millones de dólares entraron al país por narcotráfico en 2006, luego de descontar costos de colocación en los mercados ilegales. Esa cifra, agrega el Banco Central, puede ser el promedio desde 1990.

México: líder en tránsito

Los narcotraficantes mexicanos han consolidado su poder en América Latina, a través de alianzas con las organizaciones criminales de países como Colombia, Guatemala, Honduras y Nicaragua. Esto les permitió mantener su hegemonía en las rutas de trasiego de drogas hasta Estados Unidos, donde son los principales distribuidores de narcóticos, aún por encima de los capos colombianos, sus principales socios.

Así lo revelan los más recientes informes del Departamento de Justicia de Estados Unidos, de su agencia antidrogas (DEA) y de la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes (JIFE), que han documentado el creciente poder de los cárteles mexicanos, así como la forma en que operan en países latinoamericanos.

El gobierno estadounidense estima que casi el 90% de la cocaína que llega a su país pasa por el corredor América Central-México, donde organizaciones como la Federación -la alianza de los cárteles de Sinaloa y Juáre z-, así como la del Golfo, controlan las rutas de paso de los cargamentos de droga en territorio mexicano.

La JIFE revela que los narcotraficantes mexicanos utilizan el corredor centroamericano, "a medida que han ido reemplazando a los grupos colombianos en los Estados Unidos".

La economía de la droga

n Los precios de la hoja de coca suben debido a la presencia de un nuevo actor en la región: los carteles mexicanos. Estos traficantes revolucionaron el mercado peruano de las drogas a partir del año 2000 al encontrar en el Huallaga, y en otras cuencas cocaleras, condiciones mucho más favorables para adquirir cocaína que en Colombia.

La fuerte presión que ejercieron "los charros" para hacerse de droga peruana produjo el segundo boom del narcotráfico en el país y por consiguiente los precios de la hoja de coca y sus derivados se pusieron por las nubes. En 1999 una arroba de coca se compraba a 23,50 dólares. Hoy se cotiza a 32,20 dólares, un incremento del 37% en siete años.

Pero lo que resulta realmente llamativo es que, desde entonces, los márgenes de ganancia por cultivo de una hectárea de hoja de coca tuvieron un fuerte incremento: de 146 dólares en 1999 pasaron a 2.758 dólares el 2006: 1.800%.

Mientras que en los años 90 se extraía una tonelada por cada hectárea sembrada, hoy se cosecha 2,8 toneladas. Por otra parte, los costos de producción han disminuido.

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